Jardin Arco Iris

junio 8, 2016 4:56 pm

Hace una semana, para muchos era un miércoles más, pero para la comunidad del jardín Arco Iris era ‘el día después’. El día en el que había que enfrentarse a la realidad y descartar la posibilidad de que la madrugada hubiese sido sólo un mal sueño.

Para los habitantes del barrio Campo Pappa, ese miércoles significaba, ni más ni menos, que enfrentarse a la terrible sensación de pérdida. Con esa idea y esa misma tristeza, El Ciudadano llegó hasta el pedemonte mendocino para descubrir que a veces en los peores momentos, uno encuentra a la mejor gente.

El día después

Es difícil entrar a un espacio educativo en el que hasta ayer hubo risas, talleres y oportunidades y encontrarse, cara a cara, con la destrucción, las paredes tiznadas y muchos sueños convertidos en cenizas. Pero no es lo único, porque si bien el robo, los destrozos y las llamas acabaron con gran parte del predio, en pie quedó un par de aulas que pertenecen al Centro de Actividades Educativas. En ese espacio hay un grupo de mujeres, unas pelan papas, otras se encargan de cortarlas, otra de las damas está a cargo de las ollas enormes y otra mujer se encarga de llenar con comida los envases que traen los chicos. El espacio es reducido, pero la esperanza y el corazón son más grandes que cualquier palacio.

Allí están, manos a la obra, como todos los días pero amuchadas en un aula las mujeres que habitualmente trabajan de forma voluntaria para que más de 270 niños se lleven el almuerzo a su casa; claro que no están en su cocina porque el fuego arrasó con todo, claro que tampoco están los niños porque todo el mobiliario incluidas las cunas de los bebés se transformaron en polvo.

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Están tristes pero estoicas, con la mirada brillante pero con la certeza de que hay mucha gente buena en el mundo aún… Bety, Lula, Paula, Nery y más tarde se sumaría Hilda, a una charla sincera, sin desatender su actividad. Son voluntarias y saben que si se dejan vencer por el dolor muchos chicos no comen, son mujeres y van para adelante.

El trago amargo en primera persona

“Me fueron a golpear la puerta de mi casa, mi hija se despertó y me dijo que se estaba quemando el jardín, no le creí pero cuando sentí la sirena de los Bomberos salí corriendo”, así arrancó el relato Bety, quien se sumó hace unos años como colaboradora. Su hijo pasó por esas aulas y hoy es uno de Los Triunfadores, el proyecto de reciclaje que también lleva adelante Coloba.

Los nietos de Bety también son parte de Arco Iris y ella está agradecida por ello. Paula empezó como auxiliar docente voluntaria y tanto disfrutó esa experiencia que se puso a estudiar para ser maestra. Nery se sumó en esa mañana gris con los ojos empañados, Lorena es la otra cocinera del lugar y quien durante la entrevista hizo sus aportes, pero estaba pendiente de que no le faltara comida para los chicos. Hilda, con una tristeza enorme, contó que cuando llegó al barrio hace más de diez años, fue un día a conocer el jardín y nunca más se fue de ahí.

Todas y cada una de ellas, como el resto de los voluntarios, tienen una historia fuerte relacionada al Arco Iris, lo sienten propio y lo vivido 24 horas antes de esta entrevista les estruja el corazón.

Enseñar para incluir

“En el jardincito se aprende de todo”, afirmó Bety, una de las cocineras y quien resultó ser la más charlatana de todas. “Hay distintas actividades, hay talleres de artesanía, huerta, carpintería, soldadura, radio comunitaria, además están los chicos que cantan y también hay danza”, entre todas reconstruyen el listado de oportunidades de aprender que brinda la Fundación Coloba, a través del jardín Arco Iris, donde hay niños que tienen entre 45 días y 18 años, pero cualquier persona que desee aprender puede hacerlo sin importar su edad. “Acá puede venir toda la familia”, dijo Paula y casi a coro agregaron: “las puertas están abiertas siempre para todos”.

Oportunidades

Acá hay gente todo el día, los chicos vienen a contra turno de la escuela a recibir apoyo escolar o a aprender en alguno de los talleres; los que no tienen clases y los que no van a la escuela vienen también a veces y se pasan el día completo haciendo actividades. Acá desayunan, toman la merienda y se llevan el almuerzo para compartir con su familia”, explicaron las voluntarias. “La idea es que estén acá aprendiendo una actividad o un oficio y no sólo para que no estén en la calle, sino para que tengan un futuro distinto”, afirmaron las mujeres que le pusieron el hombro y el alma a una obra que atiende no sólo las necesidades del Campo Pappa, sino de otras zonas también .

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“A este jardín vienen también chicos de barrios vecinos, algunos más alejados como la Estanzuela, el Barrio Suárez, el dique Maure, vienen personas de los puestos, algunos vienen de lejos y otros en su carretela”, explicaron las damas.

Batallas ganadas

Los expertos calculan las pérdidas en dinero, en materiales que van a necesitar, calculan lo que necesitan en función de todo lo que se destruyó. Ahora, estas damas calculan las pérdidas de otra manera. “Por acá ha pasado más de una generación, por eso el daño que nos han producido es muy grande”, aseguró Bety, mientras Paula agregó: “El jardín te motiva a seguir estudiando, acá hay docentes que fueron alumnas del jardín y hoy trabajan en este mismo lugar”.

“Vale la pena ver chicos que estaban acostumbrados a la calle y que hoy van a la escuela, valió la pena que después de haber recibido tantos insultos hoy nos digan ‘seño’; nos insultaban y nosotras seguíamos dándoles su vianda, haciéndoles cariño, tratándolos bien y respetándolos como niños y se acostumbraron a ser respetados…”, dijo con orgullo y emoción Bety. Claro que esta cocinera habló de esas cosas que para muchos son difíciles de meter en una planilla de cálculo, porque hablan de esos momentos y oportunidades que cambian la vida de las personas para siempre.

Como el Ave Fénix

“El daño que han hecho va más allá del daño material”, aseguraron tristes, pero convencidas de que lo importante no se roba ni se quema. “Nosotras salimos adelante porque somos una comunidad que recibimos mucho apoyo de la gente, que sabe que trabajamos a pulmón y que todo nos ha costado. Ver el jardín es ver el futuro de un montón de niños que podrían estar en la calle, y lo que han hecho es mucho daño, pero como somos personas que estamos acostumbradas, vamos a salir adelante. El apoyo de tanta gente que nos está ayudando es lo que te motiva a que todo se pueda. Igual no te deja de doler, porque es muy triste”, reflexionó Bety.

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La charla se ve por momentos interrumpida porque por el lugar está revolucionado, pero también porque cada tanto alguien desde el patio dice que recibieron una donación, gente que al conocer la noticia del robo e incendio en este emblemático lugar no dudó en dar una mano. Mientras permanecimos en el jardincito de la Fundación Coloba, llegaron personas con las manos llena de esperanzas, algunas bolsas de cemento, donaciones de alimentos y hasta los que fueron a ofrecer su trabajo en forma voluntaria. De lo que no se dieron cuenta es que fueron a ofrecer su corazón a un espacio que lucha desde hace 30 años por la verdadera inclusión.

¿Cómo ayudar?

Para quienes deseen colaborar con el jardín Arco Iris pueden comunicarse con los teléfonos: 261-6141282 y 261-3347199, o bien, depositando dinero en la cuenta corriente del Banco Nación 2605 – 5ª sección Nº 6340316236, perteneciente a la Fundación Coloba, con el cual se comprará no sólo lo necesario para reconstruir el jardín, sino también los elementos necesarios para que tanto niños como adolescentes continúen con sus actividades en un espacio cedido por el Ministerio de Seguridad.

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