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enero 26, 2016 4:55 pm

El atardecer de un día de enero se refresca en una charla lúcida y sincera con un músico de mundo, que encontró su lugar en la calle mendocina. Y es ahí donde se puede disfrutar de su arte, el mismo que él define como “medicina para el alma”. La música lo salvó y en su simpleza deja entrever que las cosas importantes de la vida son aquellas en las que uno pone el corazón.
José León Duarte nació hace 30 años en Comodoro Rivadavia y fue justamente ahí donde descubrió la música. “Cuando tenía 12 años asistí poco tiempo a un coro y tomé clases de teclado, como yo tenía uno muy chiquito, me dijeron que tenía que comprar un piano más grande. Le comenté a mi mamá que necesitaba uno más grande y ella me dijo que le iba a decir a mi papá. Él viajaba mucho porque era marinero y camionero, un tipo rudo que tenía las características de ambos laburos y mi mamá una laburante de administración, que tampoco estaba muchas horas en casa, por lo que de pequeño yo ya pasaba mucho tiempo solo”, recordó el joven en cuanto a su primer acercamiento a la música.
Poco después, un amigo le dijo que era mejor tener una guitarra, así la podía llevar siempre con él y le prestó una. “Estaba rota y sólo tenía tres cuerdas, la toqué y me encantó y en esa guitarra hice mi primera melodía, así que le dije a mi mamá que quería una guitarra”, relató el músico que estudia la Licenciatura de Música Clásica para ese instrumento.
Una guitarra y un adiós
“Un día llegué de la escuela, estaba mi papá, lo saludé y me fui a mi habitación que estaba muy ordenada y con la guitarra nueva y brillante sobre la cama. Me puse a tocar sin sacarme el guardapolvo. Me gusta recordar que le di las gracias a mi papá por el regalo”, explicó León y agregó: “Ahí pasó algo bien loco, algo muy particular que me marcó para toda la vida. Después de ese gesto tan bonito de ese hombre tan rudo y distante que era mi papá, él se fue a trabajar en el barco pesquero y no volvió nunca más, el barco desapareció en altamar. Yo estaba sacando mis primeros acordes casualmente de una canción que habla de una estrella de rock, cuando mi mamá me dijo que el barco de mi papá había desaparecido, que había que esperar porque podía venir dentro de una hora o dos, un día… Y así pasaron los días y las semanas, y como hay historias de gente que apareció después de un mes, tenía esperanzas, pero no”. Del barco en el que partió su padre sólo se encontraron algunos elementos y un pedazo de madera con el nombre del mismo, el bote salvavidas con los chalecos y los cajones de pescado “como en una película”, dijo el artista.
Tiempos difíciles
Corría el año 1998 y la vida se puso difícil en medio de la crisis, José dejó la escuela y empezó a trabajar con un sonidista dentro del mundo de la música. Años más tarde, terminó sus estudios en una escuela nocturna, trabajó en otros rubros también, y una vez que su mamá consiguió un trabajo en el que podía jubilarse, él cuando tenía 25 años viajó y se instaló en Mendoza donde estaba uno de sus hermanos mayores, con la idea de estudiar Música en la universidad, mientras trabajaba en cosas que no le gustaban y se preparaba junto al maestro Federico Tomba.
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A rodar la vida
“Lo de tocar en la calle surgió cuando ya estaba en Mendoza, en uno de los primeros años en la universidad un compañero me comentó que trabajaba en Chile de garzón (mozo) y que eso le ayudaba a estar tranquilo económicamente una gran parte del año. Decidí ir a Chile a probar suerte y ahí descubrí este mundillo del artista callejero. Los muchachos que se subían a las micros tocaban una canción y se iban con una sonrisa y te dejaban con una también, e inmediatamente me animé, no se escuchaba mucho por el ruido del tránsito y como toco música clásica, son rasguidos muy suaves y sutiles, pero la gente del país vecino en ese momento lo recibió muy bien, me dio mucho ánimo y decidí dedicarme a eso y fui varios veranos a tocar en la calle. Viña tiene un aire a Comodoro Rivadavia, por eso me gusta”, resumió el joven.
Arte callejero
“Varios veranos estuve aprendiendo el arte de trabajar y hacerlo en la calle y me gustó mucho. Fue un ida y vuelta de buenas vibraciones y, al fin este año, luego de recorrer Brasil compartiendo con unos amigos que viven en comunidad, y después de ese verano completo me dediqué a trabajar en la calle, después de haber entendido que el artista tiene un don precioso y que está en uno compartir ese mundo de sensaciones”, explicó el hombre y además sostiene: “Esas vibraciones que pueden ser como una medicina, está bueno compartirlas. Cuando entendí eso, tuve el trabajo más hermoso del mundo”.
Mendoza bohemia
Llegar a cualquier lugar del mundo y encontrar arte en vivo es como toparse de frente con el alma del lugar y su gente. Algo similar les debe ocurrir a quienes disfrutan de una comida en la vereda de alguno de los restó donde José toca música clásica con su guitarra. Cada día pasa horas tocando para desconocidos que le abren su corazón. José elige dónde tocar. “Mi música es muy tranquila, muy ambiental y por eso busco lugares donde haya gente grande donde pueda apreciar la música de Piazzolla, Bach o algún estudio de guitarra y compartir ese mundo de sensaciones que yo voy a mostrarles. Toco a cualquier hora y para cualquier persona”, explicó y agregó que sigue estudiando cuando llega a su casa. Lo que gana, depende de la buena voluntad de quienes escuchan, y ayuda a vivir a quien eligió ganarse el pan tocando en la calle. “La parte económica es una consecuencia, es aprender a cada paso y saber que el instrumento es tu guía y tu ayuda para superar todo lo que aparezca en el camino. La vida del caminante no es siempre fácil y siempre divertida, es interesante y puede ser lo más hermoso que te pase en la vida, un viaje, un camino, una persona o un concierto”, aseguró.
 
Al final hay recompensa
Sabido es que el desgaste es grande, pero ante la pregunta: ¿qué te llevás del público?, la respuesta es bonita, tan bonita como esta historia: “El público es muy agradecido. Me llevo la mirada del que se emociona, el baile de las niñas que cuando escuchan música clásica bailan, el comentario del nene que me pide Piñón Fijo, la emoción de la señora o la del señor que perdió a su papá mientras toco Adiós Nonino. Me llevo el abrazo, la sonrisa y la emoción”.

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