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octubre 25, 2016 10:01 am

Sabido es que una sociedad con pobre educación dará como resultado no sólo menor desarrollo y equidad para sus habitantes, sino también una democracia de baja calidad. Lo advierten los especialistas y no cabe ninguna duda sobre ese aserto.

Durante muchos años la Argentina no dio prioridad a la educación transformándose este hecho en un problema crónico. Precisamente para intentar revertir la precaria situación que en ese aspecto vive el país, la semana pasada se realizó ‘Aprender 2016’, una evaluación propuesta para relevar información sobre dos dimensiones: los “aprendizajes alcanzados” –capacidades, contenidos y conocimientos–, y las “condiciones de aprendizaje” –el clima y el contexto, el modo de empleo de nuevas tecnologías y las percepciones generales sobre el proceso educativo– entre otros ítems.

La prueba escolar se desarrolló en un clima de conflicto con los gremios del sector, y –lo que es peor– fue saboteada por un sinfín de profesores que difundieron por las redes sociales algunas preguntas del cuestionario a pesar de que hay normas que lo impiden, y hasta tergiversaron el fondo de la cuestión. Aunque, no seamos ingenuos, muchas opiniones reflejaron una motivación política más que académica.

Lamentablemente, también fue resistida por algunos padres, que ni siquiera sabían de qué se trataba realmente la prueba y en ese desconocimiento llegaron a aconsejar a sus hijos que “no la respondieran” o “escribieran cualquier cosa”, enredándose, quizás sin saberlo –o a lo mejor sí– en una innecesaria discusión ideológica. Algo así como enojarse con una radiografía porque el hueso está quebrado.

¿Realmente queremos otra educación?

Las críticas ponen al descubierto que, a contramano de la creencia generalizada, no existe una demanda real por una mejor educación, requerimiento al que se podría definir como meramente declamativo. Increíblemente, parece que en el fondo la gente está “satisfecha y contenta”, ya que no se ven manifestaciones por la calle pidiendo mejor educación.

Es más, un promedio del 80% de los padres dice que la educación está muy bien, y sólo un 17% cambiaría de colegio a su hijo buscando una mejor enseñanza. Paradójico por donde se lo mire: ¿será que todos los alumnos que no aprenden de la manera correcta son huérfanos? ¿O será que nadie los reconoce como hijos?

Sin embargo, hablar de escuela secundaria hoy en la Argentina significa, lamentablemente, hablar de atraso y deserción. En nuestro país, apenas el 43% de los estudiantes la terminan en tiempo y forma. Uno de cada tres repite durante los dos primeros años, mientras que los que siguen y estudian con sobreedad tienen seis veces más probabilidades de abandonar. Así, ¿a quién le cabe duda de que el círculo se cierra de la peor manera?

Otro dato súper negativo es que la Argentina se ubica en el puesto 11 sobre 13 países latinoamericanos en cuanto a porcentaje de egresados de la escuela media, según informa la Unesco. Naciones como Perú (70%) y Chile (68%) tienen resultados más altos, y también México, Bolivia, El Salvador y Paraguay. Demasiados malos resultados para un nivel educativo de enorme importancia, el “eslabón más débil de la cadena educativa”, según Guillermo Jaime Etcheverry, miembro de la Academia Nacional de Educación.

Por otra parte, según se desprende de la realidad, el futuro de cada chico dependerá, en gran medida, del lugar en que haya nacido o el tipo de escuela al que haya asistido. Sobre eso, un informe del Centro de Estudios de la Educación Argentina muestra que el nivel de abandono en las escuelas públicas duplica al de las privadas y también que hay diferencias entre los distritos: los de mejores desempeños (Capital y La Rioja) duplican la tasa de graduación de Misiones, por ejemplo, donde apenas el 30% de sus alumnos termina la secundaria en el tiempo previsto.

Para colmo, mal que nos pese, parece que la escuela media es solo una larga preparación para el viaje de egresados, es decir, cinco años casi sin sentido. ¿Será por eso que el 53,6% de los chicos de 15 años no supera el nivel mínimo de lectura; el 66,5%, la comprensión de Matemática, y el 50,9%, la capacidad de entender Ciencia? Precisamente esas cifras de la prueba internacional PISA, antes denostada por “extranjera”, ubicaron al país entre los peores de América.

Responsabilidad compartida

Más allá de que algunas de las preguntas podrían calificarse como erróneas, de acuerdo a la opinión de algunos padres y educadores, el sentido de la prueba es claro: conocer realmente cómo aprenden los chicos, cómo enseñan los docentes, en qué ámbito se desarrollan las actividades y de qué manera se podrían solucionar los problemas que hoy acosan al sistema educativo.

La prueba pasó y ahora vienen las conclusiones. Es de esperar que en ellas se apoyen los cambios que, aunque sean lentos por su complejidad, merece la sociedad en su conjunto. Pero para que eso ocurra, no sólo es necesario que el Estado se involucre. También los sindicalistas deben comprometerse sin sectarismos ni mentiras demagógicas y los padres –de una buena vez– tienen que dejar de mirar para otro lado y hacerse los desentendidos.

De otro modo, el panorama seguirá siendo oscuro para las futuras generaciones. Apiadémonos de ellas.

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