cris

octubre 6, 2014 6:07 pm

Dicen los que saben que la política exterior es la única que importa. Este debería ser el contexto para interpretar lo sucedido a nivel nacional durante la semana pasada, aunque, lamentablemente, deba descartarse para suponer la trama contraria. Vale decir que el cambio en nuestro sistema de alianzas internacionales, dramáticamente puesto en escena por nuestra Presidenta, se trate -en realidad- de una jugada interna destinada a mantener su iniciativa desde el campanario local.

Si alguna vez nos consideramos parte de Occidente y hasta -más recientemente- llegamos a ser funcionales a los intereses de los EEUU al enemistarnos y, luego, amigarnos, con su archienemigo Irán, al son de su estrategia y al margen de nuestros intereses nacionales. Hoy, no solo parecemos estar dispuestos a la ruptura. También, a convertirnos en los adalides regionales de un antiimperialismo declarativo, tan inútil como pasado de moda. En pocas palabras: una rabieta cargada de despecho.

Ya que como dijo acertadamente un candidato de la oposición, “debemos ver al mundo más como una oportunidad antes que como un peligro”, ya que ni siquiera nuestros nuevos socios potenciale, China y Rusia, en su rol de competidores con la potencia hegemónica, incurren en tales excesos verbales. Su pragmatismo les dicta una política de competencia; pero una de respeto y de cooperación, si es que esto último sirve a sus intereses geopolíticos concretos.

Mientras tanto, la región sigue su marcha con mucha mayor normalidad. Chile no se altera por la resiliencia de sus reducidos grupos anarquistas, a los que espera aplicarles todo el peso de la ley, mientras que Brasil marcha seguro, aunque con cierta inquietud, a dirimir su próximo liderazgo político bajo una clara consigna: mantener el progreso obtenido pero no a costa de convalidar la corrupción política.

Por su parte, el Califato y su rápida expansión sigue siendo la noticia a nivel internacional más importante y ya no son pocas las voces que alertan sobre dos temas preocupantes. El primero de ellos se basa en la historia remota del problema y pone el acento en la capacidad expansiva del Islam. Una religión que supo impulsar, en su glorioso pasado, una vasta conquista territorial, por lo que las alarmas empiezan a sonar en todo el Levante y en la propia Europa.

Un tema que viene reforzado por las consecuencias visibles de una crisis humanitaria fenomenal causada por los cientos de miles que escapan de las huestes del Califato, pero los  que, a la par, pueden ser los mensajeros anticipados de su llegada.

Lo segundo, es asumir que la estrategia liderada por los EEUU para contener al Califato está condenada al fracaso. Aún, cuando se supere pronto su limitación de no contar con una pata terrestre. Sucede que la opinión pública norteamericana no está dispuesta a soportar otra costosa intervención en el Levante pues ya conoce -por anticipado- el sabor de sus amargos frutos: la llegada de bolsas negras conteniendo a sus jóvenes muertos en un país lejano.

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