Malcorra Brasil

abril 22, 2016 12:35 pm

Muchos años atrás, los parques de diversiones que visitaban mi provincia tenían una extraña atracción: la casa de los espejos. Bastaba con ingresar por sus pasillos para divertirse o asustarse con el efecto distorsionado que nos devolvían los diversos tipos de espejos de nuestra imagen. Vernos más altos, más gordos, estirados, deformados, eran algunas de las múltiples posibilidades.

Este parece ser el caso cuando se sostiene que Brasil, en su actual y peculiar situación, bien puede ser el espejo en el que puede verse reflejada la Argentina, ya sea la de nuestro pasado o la de nuestro futuro.

Tal como en la casa de espejos de nuestra niñez, inevitablemente, las imágenes resultantes bien pueden aparecer distorsionadas. En principio, porque así como el Brasil es un gigante geográfico, nosotros, si bien somos grandes, no ingresamos en esa categoría. Además, la brasileña es una sociedad bien diferente a la nuestra.

Ellos nacieron a la vida independiente sin el trauma de una cruenta guerra de independencia. Pues, fue el príncipe regente don Pedro, hijo del rey de Portugal, quien al aceptar la petición de los brasileños de ser su gobernante zanjó el problema proclamándose su emperador.

Nosotros, por el contrario, para poder serlo necesitamos de una larga gesta que tuvo que llegar hasta Lima para poder sacudirnos del yugo colonial.

Más acá en el tiempo

Nuestras historias posteriores, más allá de sus similitudes, también evolucionaron en forma bien diferente. Por ejemplo, nosotros disponemos de una importante clase media desde mediados del siglo pasado, ellos, parecen haberla creado recientemente, en estos últimos años. Justamente de la mano de quienes hoy ellos mismos cuestionan.

Los brasileños, hasta hace muy poco, parecían estar destinados a un destino peraltado entre los grandes del mundo. Nosotros, los argentinos, por el contrario, venimos dando muestras de estar condenados a una lenta decadencia, matizadas –cada tanto– con otras espasmódicas de un eminente resurgimiento.

Podríamos seguir, pero esta no es nuestra intención, pues queremos comparar, concretamente, el actual proceso político brasileño, el que muy probablemente terminará con la remoción de su actual presidente, Dilma Rousseff, con lo sucedido con la salida de nuestro presidente constitucional número 43, el doctor Fernando de la Rúa, en abril del 2001.

Lo primero y más importante es admitir que el proceso que se está desarrollando en Brasil, por lo menos por lo visto hasta este momento, es uno enmarcado en la legalidad de los mecanismos legales de su plexo constitucional.

Por el contrario, la salida del presidente De la Rúa fue producto de uno que bien podría categorizarse como un “golpe blando”, pues tal como lo sostiene el creador del término, el politólogo norteamericano, Gene Sharp, hay golpe blando cuando, en lugar de usar un medio duro como sería el poder militar para desalojar a un gobierno del poder, se utilizan otros considerados blandos, tales como la incentivación de los conflictos existentes y la promoción del descontento mediante la generación de factores de malestar, como lo pueden ser el desabastecimiento, la inseguridad, la manipulación del dólar, el lockout patronal y las denuncias de corrupción a través de los medios de comunicación.

Por su parte, el escritor Ceferino Reato, en su libro Doce noches, referido a la caída de De la Rúa, señaló que la existencia de golpes de estado no tradicionales son difíciles de determinar. De hecho, en su trabajo reúne opiniones en los dos sentidos, pues los testimonios de los políticos consultados por el autor permiten tanto confirmar como refutar la existencia de un golpe blando en ese caso particular.

Pero, más allá de si efectivamente el gobierno de De la Rúa cayó por su propio peso o fue impulsado al vacío, es evidente que las instituciones de la República no funcionaron como debían ante esa emergencia, o –al menos– no supieron o no quisieron utilizar los mecanismos previstos en nuestra Carta Magna para hacerlo. De hecho, no se impulsó contra el presidente un juicio político como es el caso del Brasil de hoy. Para colmo de males, la previa renuncia de su vicepresidente dificultó –notablemente– la elección de su sucesor, cayendo nuestro país en el descrédito de aquello de “cinco presidentes en una semana”.

Primero, la ley

Pero tan importante como tener presente nuestro pasado es tratar de prepararnos para lo que pueda depararnos el futuro; en este sentido, se han alzado –en estos días– algunas voces que pretenden anticipar para nuestro país un escenario similar al brasileño si, por ejemplo, se profundizaran las múltiples investigaciones sobre la corrupción actualmente en curso y si tal o cual persona fuera procesada o detenida.

Al margen del carácter francamente extorsivo de tales proposiciones, las que merecerían un análisis en sí mismo, es necesario resaltar que una cosa es que un funcionario sea sometido a los mecanismos previstos en las leyes vigentes para su remoción y otra muy distinta es intentar desplazarlo invocando la representatividad del pueblo.

Lo primero se enmarca en el necesario balance de poder que hace al funcionamiento de todo sistema republicano; lo segundo es un acto de sedición que exige, por parte de quienes ejercen el poder de cualquiera de las instituciones del Estado, del uso de todos los recursos disponibles en sus manos para conjurarlo.

No hacerlo, a la par de una grave negligencia en el ejercicio del poder, constituiría un acto de traición a la Patria. Espero que llegado el caso, no volvamos a repetirlo.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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