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mayo 3, 2016 7:57 pm

Hoy comenzó a discutirse en la Asamblea Nacional (AN) el polémico proyecto de reforma laboral de François Hollande, ya modificado, en su consistencia original, tras un largo trimestre de agria contestación sindical y estudiantil.

Myriam El Khomri, ministra del Trabajo, presentará el penúltimo proyecto de reforma, modificado sustancialmente tras un largo trimestre de jornadas de protesta, sindicales y estudiantiles, que han movilizado a miles de manifestantes contra el proyecto de reforma, desde principios de año. Modificado y desguazado el proyecto original, el proyecto de reforma sigue sin satisfacer, tampoco, a una parte sensible de la izquierda socialista.

Hollande tendrá que hacer nuevas concesiones, para evitar que el proyecto “descarrile” definitivamente, víctima del millar de enmiendas parlamentarias que han presentado diputados comunistas, ecologistas, socialistas, centro y conservadores. El debate que comienza en la tarde de hoy debe prolongarse durante un trimestre, como mínimo, si Hollande no se ve forzado a utilizar un método de excepción para imponer su proyecto sin ningún voto parlamentario.

El proyecto original pretendía “liberalizar” el mercado del trabajo y crear el “Código laboral del siglo XXI”. Todas las medidas simbólicas han sido suprimidas y fragmentadas, para intentar calmar a los sindicatos y las organizaciones estudiantiles, que amenazan con prolongar “indefinidamente” sus protestas, a lo largo de toda la primavera, antes del voto parlamentario. La “liberalización” prometida ha quedado en “la nada misma”, sustituida por un vacío que el debate parlamentario deberá matizar en unos términos que satisfagan a los sindicatos y la izquierda socialista, eventualmente.

El “Código laboral del siglo XXI” se confirma como una nueva fórmula del más tradicional y burocrático modelo francés de “Papá Estado” con la salsa o el barniz ideológico que finalmente impongan las enmiendas parlamentarias.

Tras el debate parlamentario en la Asamblea Nacional (AN), el proyecto aprobado debe pasar al Senado, en segunda lectura, donde sufrirá nuevas matizaciones, antes de poder ser aprobado definitivamente. Proceso parlamentario-burocrático que bien ilustra el “arcaísmo inmovilista” del modelo estatal francés, agravado, en esta ocasión, por el inmovilismo tradicionalista del presidente Hollande.

 

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