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septiembre 20, 2016 4:48 pm

El fútbol argentino transita una de sus peores etapas, esto no es ninguna novedad. Lo que poderosamente llama la atención es que a los descalabros institucionales y dirigenciales, ahora se haya sumado una corriente formadora que ha tomado la drástica y penosa decisión de jugar muy mal “a la pelota”. De esto, casi con seguridad, costará volver.

Mucho atrás en el tiempo han quedado esos años gloriosos con el paseo de varios equipos por los torneos del fútbol argentino. Los de Independiente de Avellaneda y River Plate de la década del 80, los de Boca y Vélez de Bianchi; o los del “Víctor”, el “Cochina” Olguín o el “Pancita” Videla en nuestro Gimnasia y Esgrima, por citar sólo algunos ejemplos. Ya no volveremos a ver a ningún Bochini, a ningún Riquelme ni a ningún “colchón” Herrera. El fútbol ha cambiado rotundamente. Desafortunadamente para mal.

Hoy los entrenadores ya no forman ni jugadores ni personas, se limitan a poner en cancha 11 muchachos con el objetivo primordial e innegociable de correr todas las pelotas como si fueran las últimas de sus vidas, con enjundia, actitud; y cualquier otro calificativo de ocasión. Pero aparece un mensaje tácito, implícito (implícito?) casi de inmediato: “no importa si no hilvanamos una jugada o hacemos tres pases seguidos entre nuestros compañeros, hay que meter, meter y meter…”

Gimnasia y Maipú se enfrentaron en el parque en situación de la tercera fecha del Torneo Federal A. El marco era magnífico: temperatura agradable, estadio coqueto, dos equipos que en la previa se perfilan siempre como candidatos a obtener un sacrificado ascenso, y un campo de juego en inmejorables condiciones, que seguramente debe ser la envidia de varios. Tan bien se veía el “verde césped” del Legrotaglie, que un amigo al ingreso a la cancha soltó, casi como un presagio: “acá si jugás mal es porque querés, o sos muy malo”

Ambas cosas sucedieron. El partido en líneas generales fue por momentos de tintes terroríficos, y hasta, en esos momentos, se llegó a poner en duda si lo que estábamos viendo correspondía con el deporte que habíamos ido a ver. En muchas oportunidades uno incluye como atenuante en el análisis futbolístico de una contienda, el estado del campo de juego; y aunque suene reiterativo, en este caso esto no era una excusa. Entonces resalta la determinada intención de jugar mal al fútbol, con jugadores que no entienden absolutamente nada y que se limitan, en su gran mayoría, a correr y destruir las mínimas intenciones que puede aportar el rival de turno. Un verdadero bodrio, por donde se lo mire. Gimnasia intentó un poco más, eso es cierto, con Arce, Navarro y el “Mago” Oga como surgidos de otra época. Pero no alcanzó. La decisión de no jugar ya había sido tomada, mucho tiempo atrás. Del Deportivo Maipú no se puede rescatar absolutamente nada. Tres jugados, tres empatados. Ese será su palmarés, para orgullo de su DT, que casi con seguridad no le servirá para conseguir ningún objetivo si mantiene este desprecio por el juego asociado. No arriesga absolutamente nada, no sabe cómo hacerlo, le queda muy lejos el arco rival. Maipú se quedó en el tiempo, en esa era de las chicanas bolicheras, de esconder balones, de hacer tiempo deliberadamente todo el partido, y de modificar un par de veces un cambio para ganar minutos de pura mediocridad. Nada de nada, demasiado pobre su juego para la categoría que representa.

Cuando nos aprestábamos a irnos, alcanzo a divisar en el sector sur el nombre del estadio mensana: “Víctor Antonio Legrotaglie” lucía el cartel…

La pucha, Maestro! Perdónelos, irremediablemente no saben lo que hacen…

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