diciembre 31, 2016 10:29 am

La profesión de periodista es, para quienes la ejercemos, uno de los aspectos fuertes y prioritarios de la vida de relación con la sociedad de la nación. Es una conjugación de conocimientos, experiencias, desafíos y compromisos que sobresalen de otras profesiones. En donde “todo está en juego” desde el prestigio, hasta la vida.

Muchos consideramos que el regreso a la democracia implicaba, en el lejano octubre de 1983,  el regreso a ejercer el periodismo con libertad, sin censura, opresión y amenaza de perder la vida. De eso ya se había encargado con saña el mortífero paso de la última dictadura militar. El tiempo enseñó a los argentinos que cierta dirigencia política interpretaba y ejercía la democracia con sectarios antojos muy lejos de leyes y constitución. Artero punto que perforó una vez más al periodismo de la nación. De allí en más ciudadanos y periodistas, fundamentalmente estos últimos, cayeron en la cuenta que la libertad de prensa era (¿es?) un millonario negocio para algunos empresarios y una fenomenal manera de llegar o “tapar cosas” del dirigente político hacia la gente. Para otros medios y sus periodistas se transformó en el permanente objetivo de informar como manda la ética profesional y la constitución.

Dos casos emblemáticos le dejaron claro al país que, cuando el periodista investiga todas aquellas cosas que emanan pestilente tufillo a corrupción, es ese enemigo que hay que aplastar a como dé lugar. La metodología es tan múltiple como maquiavélica las mentes que la ejecutan. El primer ejemplo, muy duro por cierto, es el asesinato de Mario Bonino. El 11 de noviembre de 1993 el cuerpo del colega fue encontrado flotando en las turbias aguas del riachuelo. Su muerte se produjo tras su exposición pública denunciando persecuciones y malos tratos que recibían trabajadores de prensa de distintos medios. Asesinato que envolverá para siempre la impunidad de quienes lo ejecutaron, quienes lo enviaron a ejecutar y el momento de su ejecución.

El otro caso que dejó en claro que aún en democracia se secuestra, tortura y se quita la vida a un periodista es el ocurrido en la madrugada del sábado 25 de enero de 1997 cuando era brutalmente asesinado José Luis Cabezas. El reportero gráfico había sido encomendado a cubrir los pasos del poderoso empresario Alfredo Yabrán. De él había que obtener esa imagen de un personaje que nadie había retratado porque el propio pope se había encargado y pagado para que ello jamás se produjera. En alguna oportunidad habría expresado que “sacarme una foto a mi es pegarme un tiro en la frente”. Cabezas había obtenido la ansiada imagen del multimillonario de empresas de servicios, que escondía la trata de personas, narcotráfico, tráfico de armas y lavado de dinero. Actividades que desarrollaba con absoluta protección impune de los poderes judiciales y políticos de turno. Fue muy duro para los periodistas argentinos ver como Alfredo Yabrán era recibido en la casa Rosada por el entonces presidente Carlos Menem y su ministro del interior Carlos Vladimiro Corach, en medio de manifestaciones reclamando justicia por el asesinato del trabajador de prensa. Manifestaciones que se multiplicaron por todo el país de tal magnitud que obligó a la justicia a enjuiciar a: Horacio Braga, José Auge, Sergio González y Héctor Retana, delincuentes que formaban la denominada banda de los horneros. Los otros condenados fueron los policías bonaerenses Sergio Camaratta, Aníbal Luna y Gustavo Prellezo. También Gregorio Ríos, jefe de seguridad de Yabrán. En el presente, ninguno de ellos está en la cárcel, mientras que Alfredo Yabrán se quitó la vida en 1998 cuando iba ser apresado para su juzgamiento por el ser el autor ideológico de asesinato del reportero gráfico.

En algunas semanas se cumplen 20 años del asesinato de José Luis Cabezas. Doloroso punto que marca un nuevo tiempo para la vida de la prensa argentina. Punto donde todos los periodistas nos involucramos de una manera u otra para enfrentar las permanentes embestidas de cierta  clase de dirigencia política que aún hoy sigue en turbios manejos y negociados con oscuros empresarios. Los últimos 11 años de vida de país son ese contundente ejemplo. Por eso hoy la justicia trabaja a destajo para esclarecer, imputar, procesar y juzgar a cada funcionario y empresario que delinquieron con el patrimonio y en muchos casos con la vida de ciudadanos de la nación. Por eso hoy, la muerte teñida de asesinato del fiscal federal Alberto Nisman no quedará impune. Mucho menos desvinculados los que lo enviaron a matar y quienes, además, pretendieron tapar el asesinato masivo de argentinos en la mutual judía de la AMIA. Todos los elementos fueron investigados en importantes trabajos de una prensa denostada y con vilipendio desde el poder, a punto tal de colocarle leyes para encarcelarla y hacerle rozar el delito de sedición o atentado contra la figura presidencial.

La democracia argentina encerró el asesinato de periodistas. Pero también encierra esa imagen de convicciones de los periodistas argentinos, única e irrepetible ente los ojos de una golpeada Latinoamérica. Allí donde llegó el clamor sin fronteras de que:…”sin justicia no hay democracia, no se olviden de Cabezas”.

Daniel Gallardo – Periodista y Productor de Estudio Cooperativa 91.7 y Diario El Ciudadano

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