febrero 13, 2015 8:41 am

De todos los horrores que puede sufrir el ser humano –que no son pocos-, el desamparo es sin duda uno de los peores, sino el peor. Morirse de hambre es quizá el resultado del desamparo más ominoso. Por eso, también, de todas las virtudes, la compasión es una de las más nobles que puede tener una persona. Morir por desnutrición es morir de hambre.

Una tragedia que está ocurriendo ahora
Una muerte por hambre en la Argentina es una verdadera tragedia. Nos enteramos, esta semana, que ya son cinco los niños que han muerto en Salta por esta causa. Según
información que nos llega –por citar un caso- el 20 de enero pasado un niño wichi de dos años, murió por desnutrición en el hospital de San Ramón de la Nueva Oran, en Salta. Había ingresado al hospital en brazos de su madre que, asimismo, está embarazada y que, estamos seguros, es también una víctima del desamparo.

Esto no ocurre sólo en la provincia de Salta. Nos enteramos a través de los medios periodísticos sobre la muerte, el 6 de enero de este año en Chaco, del niño Nestor Femenía. Después de haber sido asistido en dos hospitales de esa provincia y luego de una larga agonía y afectado por diversas patologías y, principalmente, por un agudo cuadro de desnutrición.

Cinco, seis, siete casos en pocos meses en todo el país, la cantidad es apenas un dato estadístico. Porque sabemos que esto ocurre y se repite en otros puntos del país y, en algunos casos, tiene solamente una repercusión local. Una muerte más de un niño desamparado. Una sola muerte por desnutrición debe ser un escándalo. Pero en nuestro caso sabemos, para el espanto de todos, que no son casos puntuales y los registros existen para la consternación de los que leemos las noticias.

Las madres de esos niños, que en la mayoría de los casos también son desnutridas, carecen de las herramientas necesarias para evitar esos desenlaces. El Estado es responsable de solucionar este problema que no se remedia sólo con planes sociales (hacerles llegar dinero) que, por otra parte, les llegan –cuando llegan-, a través de punteros políticos, sin preparación social, humanitaria ni sanitaria adecuada y que usan su discrecionalidad y no actúan sobre la base de una verdadera política de Estado.

Morir por desnutrición es morir de hambre, algo realmente inaceptable en un país que, sabemos, puede alimentar a cuatrocientos millones de personas. La Iglesia, a través de monseñor Jorge Lozano, presidente de la Pastoral Social, ha advertido hace poco sobre este urgente problema: “Hay situaciones de desnutrición infantil en varios lugares del país, que nos muestran una realidad muy dura”.

Política de Estado urgente
Es el claro ejemplo de la necesidad de una política de Estado urgente y de emergencia. El que sufre hambre no puede esperar. El niño que está naciendo en este preciso momento necesita ya de la alimentación adecuada. Sin ella, es una vida que se nos está escapando de las manos, un ser humano que carecerá de un cerebro desarrollado que le permita resolver los problemas que le planteará la existencia. Si en sus dos primeros años de vida no recibe el alimento necesario, su cerebro no se desarrollará normalmente y estará condenado a ser un marginal. Esta es la durísima realidad que debe dolernos y que debemos atender en forma urgente.

Los funcionarios nacionales, provinciales, de cualquier partido político al que pertenezcan, deben tomar conciencia que esto no es un tema para hacer campaña electoral, ni a favor ni en contra de nadie. La muerte de un niño por desnutrición no es una muerte más, es una verdadera tragedia. Tal vez, de las peores tragedias que puede sufrir una sociedad. Porque deja al descubierto el abandono y el desamparo en que se encuentra una parte de esa sociedad.

Se debe replicar en forma urgente una política de Estado a nivel nacional de la forma en que está funcionando la organización del doctor Abel Albino, médico pediatra que ha declarado, ya hace tiempo, que nos debemos una política integral en este sentido. Su programa es simple, apunta a satisfacer las necesidades de las víctimas de este flagelo, promueve el esfuerzo de la familia junto con las instituciones –para no caer en el asistencialismo-, fortalecer la autoestima que permite salir del estado de pobreza y ofrece un programa de investigación que accede a cuantificar el impacto de las estrategias a implementarse.

Nada impediría la ejecución urgente de un programa como este, que no implica grandes sumas de dinero, sino la férrea voluntad y el uso de los recursos de manera inteligente y eficaz. De este mendocino que estudió en Tucumán, nos sorprende y emociona su lema “Pedes in terra ad sidera visus” (Con los pies en la tierra y mirando las estrellas). Es hora de convocar a los que más saben. No hay tiempo que perder.

La Argentina necesita un programa efectivo y apolítico que comprometa a todo los estamentos del Estado nacional. Una organización competente y un plan coherente. Insistimos en la urgencia y en la necesidad de tomar conciencia, porque esa gente no puede esperar. No se trata ya del futuro y no se trata de un problema que debemos encarar al mediano o largo plazo, se trata del presente, porque afecta a grupos de personas que están sufriendo en este preciso momento y que no están en capacidad de actuar por sí solos; no tiene ninguna posibilidad de solucionar ellos mismos el problema. Son víctimas de años de ausencia del Estado.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de “El Momento es Ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.

 

Dejá tu opinión

comentarios