pATRIA

julio 15, 2016 9:51 am

Ya en su poema 1966, el genial Jorge Luis Borges nos advertía que “Nadie es la Patria. Ni siquiera el jinete / que, alto en el alba de una plaza desierta, / rige un corcel de bronce por el tiempo”.

Mucho menos pueden arrogarse esta pertenencia nuestros dirigentes políticos. Por más que hayan sido electos democráticamente y aunque nos gobiernen maravillosamente. Lo que no viene siendo el caso, por lo menos hasta ahora.

La Patria somos todos y de eso no cabe duda alguna. Todos debemos ser dignos del antiguo juramento que honraron esos guerreros a los que alude el poeta. Mucho más cuando vemos cómo la gente de a pie, cada tanto y cuando siente la necesidad de ello, sale a ocupar las calles y las plazas. Ya sea para protestar o para celebrar, ya sea para hacer la paz o para ir a la guerra.

En este sentido, muy probablemente, nuestra sociedad sea una de las más participativas del mundo. Una natural herencia de aquel mítico “el pueblo quiere saber de qué se trata”, consolidado a lo largo de 200 años de marchas, contramarchas, puebladas, cacerolazos y festejos diversos.

Por este motivo, nuestros dirigentes deben tomar debida nota de que los argentinos marcharán con ellos a la cabeza o simplemente sin ellos. Pero, en última instancia, siempre marcharán en la dirección de lo que asuman como su destino.

La destrucción de la concordia

La administración anterior se caracterizó por la sobreactuación de creerse una suerte de vanguardia esclarecida de lo nacional y lo popular. Hoy sabemos cuál era la realidad de esa pretensión.

Con repetidas y viejas consignas ideológicas se dedicó a sembrar la discordia entre nosotros y a crear el fenómeno cultural que hoy se conoce como “la brecha”. Amparada en el formalismo de lo “políticamente correcto” se dedicó a fulminar a quienes se atrevían a no pensar como ellos. En realidad, su prédica sólo fue efectiva para romper un nivel de lógica armonía entre nosotros, eludiendo la necesidad de construir un grado de consenso mínimo y olvidándose de que la concordia y no la discordia es el ámbito natural de la política.

Por suerte, durante estos días algo ha cambiado, pues hemos vuelto a festejar nuestras fiestas patrias, concretamente el Bicentenario de nuestra Independencia, con el debido débito a la premisa que titula esta artículo. Teniendo en mente que la Patria somos todos.

Por primera vez en muchos años, nuevamente, asistimos a la sagrada unión del pueblo con sus símbolos patrios y con sus instituciones fundacionales. Y, lo que es muy importante, con nuestros dirigentes políticos en su rol de guías y no de dueños de nuestro devenir histórico.

En este sentido, toda pasión tiene su liturgia. Y el patriotismo no es la excepción. Es a través de las ceremonias que lo conforman que tomamos conciencia de los valores de nuestra argentinidad y renovamos la fe en nuestro proyecto de vida en común.

Cómo recuperar el orgullo

Ya hemos dicho que nadie cree que las banderas de ceremonias o que los uniformes históricos que encabezan un desfile sean la Patria misma. Pero sí sabemos que son un potente símbolo que permite mantener vivo el orgullo nacional en el corazón de las masas. Un encarnación que garantiza que el mejor de los futuros será posible más allá de las dificultades del presente. Simplemente, porque fuimos capaces de hacerlo en el pasado.

Una semana atrás habíamos pedido justamente esto. La realización de un desfile cívico-militar para la celebración del aniversario de nuestra Independencia nacional. Porque creíamos y seguimos creyendo que esto era necesario hacerlo.

En su momento, argumentamos que como decían los poetas latinos, el orgullo de un pueblo se basa en el recuerdo de las glorias guerreras de sus armas. Él lo templa y les da el coraje para encarar las nuevas empresas. Y sostuvimos que estamos como estamos, entre otras cosas, porque hemos perdido ese sano orgullo que no es producto de un belicismo enfermizo ni de un pueril jugar a los soldados.

Es otra cosa. Es la posibilidad de reconocernos, nosotros, los argentinos, como un proyecto colectivo de vida en común de cara al resto de los pueblos del mundo.

Los desfiles se han realizado en la capital y en cada una de las provincias. Probablemente, no hagan mucho por la preparación militar, pero han sido ceremonias que han materializado ese vínculo sagrado entre el Estado y su pueblo con sus instituciones fundacionales.

No es poco lo que se ha hecho, tampoco todo lo que nos falta por hacer. Como en el transcurso de una verdadera odisea, como en una larga travesía, seguramente deberemos sortear otros previsibles obstáculos. Pero, esta vez, la hoja de ruta parece ser la correcta. Y se ha roto la inercia de que una Argentina genuina es posible.

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