FormatFactoryOHC

agosto 19, 2015 3:46 pm

Para conocer otra historia de amor y dedicación, El Ciudadano fue hasta el barrio Corazón de Jesús, en la zona conocida como El Bloque –en el departamento Maipú– para charlar con Gladys, quien transformó el dolor de la violencia doméstica en un puente para llegar a otros que no la están pasando bien.

La violencia como punto de partida

La mujer tiene un merendero en su casa al que asisten chicos de la zona, pero esta actividad se dio como consecuencia de otra. “Esto empezó porque hacíamos reuniones de mujeres por violencia de género hace cinco años y nos reuníamos acá. Yo fui víctima de violencia de género, tomé unos talleres que organizaba la agrupación Juana Azurduy, y nos ofrecieron llevarlos a los barrios, por lo que pedí que los trajéramos a mi casa”, relató  Gladys, en relación a la actividad comunitaria que comenzó hace tiempo, para ayudar a otras mujeres como ella.

Ahora, si nos preguntamos cómo pasó de ayudar a otras mujeres, a ofrecer la merienda a cientos de niños, Gladys recordó que quienes  llegaban hasta su casa para participar de los talleres, lo hacían acompañadas de sus hijos y, muchas veces, a espaldas de sus parejas. También contó cómo al principio se les ofrecía “algo para tomar con un pedazo de pan”, y que con la ayuda de la gente y el correr del tiempo se transformó en una taza de leche y algo rico y casero para que los chicos merendaran.

La responsable de Carita Feliz recordó sus inicios y relató: “Fue bastante difícil porque hay muchísima violencia de género, pero los maridos empezaron a ponerse malos con sus mujeres y conmigo, algunas dejaron de venir, pero los niños siguieron concurriendo”. De esa manera, comenzó una actividad que lleva más de cinco años en el barrio y donde en algunos momentos ha llegado a tener hasta 120 niños que, religiosamente, pasaban por el “Mende”, como le dicen los chicos, para tomar la media tarde.

Salir de la violencia

Antes de meternos de lleno en la actualidad de Carita Feliz, preguntamos por aquellas mujeres que hace tiempo llegaron a su casa buscando ayuda para salir de una situación de violencia doméstica y la respuesta no fue del todo alentadora: “En algunas mujeres sirvió mucho ese granito de arena y decidieron empezar otra vida, denunciando y saliendo adelante solas y, a veces, las veo o vienen para acá. En otras no. Algunas mujeres prefieren quedarse al lado de una persona violenta por miedo a quedarse solas o a no poder salir adelante, otras no se alejan por comodidad”, se lamentó la mujer casi con resignación por no haber podido ayudarlas a todas, o quizás con esa sensación de haberlo logrado, ya que Gladys pudo salir de ese círculo de violencia, formar una nueva pareja y mantener a su familia unida.

Inicio de una costumbre

“Al principio fue muy cuesta arriba y para poder ofrecer la merienda salíamos a pedir y encontrábamos gente que nos daba y otra que no, algunos nos daban un sermón por no compartir la idea de lo que estábamos haciendo. Al que no le nace ayudar no lo hace”, dijo Gladys con seguridad, y continuó: “Después de unos seis meses de haber empezado nos hicieron una nota en Canal 9 y mucha gente se comunicó con nosotros para ayudarnos y recibimos muchas donaciones y después fueron quedando menos, pero siempre aparece alguien que se entera de nuestra tarea y nos ayuda para que le demos la merienda a los chicos. Gracias a Dios, nunca dejamos de dar la leche”, aseguró Gladys, quien reconoce que por algunos problemas de salud ha tenido que bajar de cinco a tres días la actividad del merendero.

Además de la posibilidad de tomar la media tarde, los chicos reciben apoyo escolar y hay clases de tejido para las mamás que deseen aprender.

La solidaridad empieza por casa

“Mi mamá siempre fue de hacer mesas grandes porque nosotros éramos muchos y se sumaban amigos de mis hermanos. Nos criaron siendo solidarios, mirando al que teníamos al lado. Yo trabajé en un jardín maternal hace más de 15 años y, gracias a eso, terminé de decidir que quería hacer esto. Tenía una directora con un corazón inmenso y con ella hice el curso de auxiliar docente para poder trabajar ahí”, detalló la mujer, y recordó que en esa misma época fue mamá de un chico con parálisis cerebral, el cual requiere cuidados y atención especial. Aún así, nunca dejó de hacer cosas por los demás. “Nunca pensé que el merendero iba a durar tanto, pensé que se me iban a ir las ganas de ayudar, pero no”, remató la responsable del espacio.

Gladys tiene seis hijos, cinco varones y Antonella, quien también participó de la charla con El Ciudadano, mientras Carmen, la profe de tejido, enseñaba a las mujeres. Si bien el concepto de solidaridad aparece en la conversación desde el inicio, la joven es quien mejor lo definió, como una conducta aprendida para ser replicada. “Cuando yo era chiquita vivíamos en Guaymallén y con mis hermanos íbamos a merenderos de la zona donde además nos daban clases de apoyo”, recordó y que dentro del merendero familiar les da una mano a los niños que necesitan apoyo en sus tareas.

“Mamá se hace, no se nace”

Así describe esta señora de las cuatro décadas (como le gusta definirse) el simple y hermoso acto de ser madre, pero también desde que empezó con esta actividad se ha encontrado con muchas mujeres que no están dispuestas a aprender nada para servir a sus hijos y mucho menos a los de los demás.

“Las mamás están todas invitadas  a colaborar, a participar y aprender a tejer, por ejemplo. Una vez, un señor me dijo que si yo lograba que vinieran diez mamás a participar, él colaboraba todo el mes, y pensé que iba a poder pero no pude. Después de eso, muchas mamás hasta dejaron de mandar a sus hijos”, relató Gladys y contó cómo algunas de ellas hasta le han dicho que no estarían dispuestas a servir a niños porque son hijos de personas que se prostituyen o que roban, entre otras hacer cosas, sin saber que algunas de esas mamás criticadas han venido a colaborar sirviendo a sus hijos”, contó Gladys.

Al mirar hacia atrás, relató que hay familias que están igual que hace años, pero también hay algunas que han mejorado su condición social y, en ese caso, algunas mujeres han venido a agradecerme que les haya enseñado a cocinar, a amasar o simplemente que les hayamos dado una mano cuando estaban pasando por un mal momento”. En el caso de los niños, la mujer reconoció que ha visto cómo sus enseñanzas han dado frutos. Los chicos son más respetuosos con quienes tienen a su lado, mejoran sus hábitos, incluso algunos, que ya son más grandes, luego de estudiar o trabajar pasan a verla y de paso toman una tacita de leche.

Amiga, tía, cómplice

A Gladys no le gusta que la vean como una segunda mamá, ya que cada chico tiene la suya, pero reconoció que muchos de los niños y adolescentes que han pasado por su casa la ven como a una amiga, le confían cosas que quizás no hablan con sus padres o maestros y la pasan a ver para su cumpleaños, para el Día de la Madre, incluso para las Fiestas de fin de año.

Después de años de esta dedicación a los niños del barrio, y ante la pregunta de si tiene algún sueño, los ojos de Gladys se iluminaron y respondió que los chicos que ella recibe en su casa nunca han ido de vacaciones, ni siquiera de campamento, y que en algún momento le gustaría contar con medios para llevarlos, aunque sea un par de días, a algún lugar donde estén en contacto con la naturaleza y vean algo distinto. “Una vez me llevé a cuatro chicos con sus mamás al Carrizal; no lo conocían y volvieron encantados, pero eso me gustaría poder hacerlo con todos los niños”, cerró.

Para colaborar con el merendero Carita Feliz se pueden comunicar con Gladys al número 2616338470.

Dejá tu opinión

comentarios