Niza

julio 22, 2016 7:14 am

Ya no cabe duda alguna. La seguidilla de atentados en Levante, pero también en Occidente lo certifican. Al optimista “fin de la historia” que siguió a la caída del Muro de Berlín y que auguraba una globalización feliz y uniforme, debería seguirle, hoy, un ominoso: “Volver al pasado”. Y no precisamente al más luminoso de la humanidad.

Parece imponerse la fragmentación, tal como sucediera tras el colapso del Imperio Romano de Occidente y que diera paso a la Edad Media. La vemos esparcirse en las otrora sólidas uniones regionales, en asociaciones nacionales y hasta en el interior de los Estados. La consigna parece ser la de reivindicar lo local, ya sea que tenga éste un formato nacional, cultural, racial o religioso.

Esta multiplicación de actores acrecienta la variedad de relaciones entre ellos. Obviamente, de paso, la posibilidad de conflictos. Sean estos de vieja data o de nuevo cuño.

Algunos de ellos se están manejando dentro de los carriles civilizados de lo institucional. Como el proceso de la salida de la Gran Bretaña de la UE, pero que preanuncia su propia disgregación interna. Otros mantienen sus características violentas, como la larga guerra civil que enfrenta a los seguidores sunitas o chiitas del islam.

Como telón de fondo algunos aspectos globalizadores se mantienen, como la cada vez más omnipresente y potente tecnología de las comunicaciones. La que, paradójicamente, no hace otra cosa que no sea potenciar las posibilidades de hacer más fáciles y cómodos a los procesos de fragmentación.

Todo ello, combinado y mezclado en diversas capas va expandiendo el desarrollo de un enfrentamiento que ya adquiere características globales. Uno que no es uniforme ni tiene el mismo ritmo, pero que se verifica en todos lados por igual.

Ya no hace falta para que el mismo se experimente mediante el enfrentamiento de ejércitos armados. Ni siquiera que los que combaten tengan armas en sus manos o en sus arsenales, pues basta un avión o un camión lanzado a toda velocidad para causar daños catastróficos.

Hoy por hoy, la guerra está al alcance de todos. Ya sea en su forma de agresor o, en la más probable, de víctima. Esta omisión del principio de distinción bélico clausewitziano, progresivamente, va transformado a la guerra en un mero acto criminal, a la par de que impulsa a que los crímenes se libren como verdaderos actos de guerra.

Las categorías convencionales de combatientes y no combatientes en los conflictos armados y consagrados por las convenciones de La Haya y de Ginebra van siendo reemplazadas por las de inocente o culpable, creyente o infiel, colaborador u opositor. Los resultados están a la vista.

Los nuevos actores

Ya son legión los Estados bajo asedio por una multiplicidad de actores no estatales. En algunos casos, los atacantes se enrolan en las fuerzas de las nuevas legitimidades impulsadas por el integrismo islámico. Son los casos de Levante, pero también el de estratégicas regiones de China, Rusia, Pakistán y la India. Sin mencionar, dicho sea de paso, que todos ellos son poseedores de tan poderosas como inútiles armas nucleares.

Ni en el interior mismo de las ciudades norteamericanas los ciudadanos pueden considerarse seguros y libres de no ser objeto de estas nuevas formas de violencia.

Por su parte, en América del Sur los agresores adquieren las formas de los carteles de la droga, sean éstos mexicanos o colombianos. También, la de los mineros o madereros ilegales que horadan las cuencas del Amazonas y del Orinoco en busca de fáciles ganancias. Cuando no de simples bandas de delincuentes que asolan a las ciudades de la región.

En muchos casos, la corrupción estatal es el necesario condimento suicida de esta tendencia que ha hecho del Estado un botín a ser saqueado por sus propios administradores. Incentivando con su clientelismo las informalidades del trabajo, la economía y las finanzas en negro. Necesario caldo de cultivo para las organizaciones criminales de todo tipo.

En otros, como parece ser el caso turco y el iraní, se utiliza al Estado para marchar en dirección contraria a las tendencias que llevaron a su creación. Pretendiendo construir con el mismo una sociedad confesional o restablecer un viejo imperio.

Los más lúcidos entre los Estados han advertido la maniobra y se preparan para enfrentarla. Lo que los coloca, necesariamente, ante los cuernos de un dilema: el que se dirime entre los extremos de las exigencias de la seguridad con los derechos de las libertades individuales. No importa cuánto lo expliquen. Todos intuyen que un entorno más seguro solo podrá darse con serias restricciones a nuestra intimidad.

Conflicto moral

En definitiva, lo que parece estar en crisis no es sólo el Estado, también nuestro relajado estilo de vida. El Presidente de Francia parece intuirlo cuando les pide a sus compatriotas que se enrolen voluntariamente en sus fuerzas militares. La tierra que vio nacer el lema de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, parece recordar que éste no se afianzó sin la ciudadanía militante impulsada por su famosa revolución y defendida por el Gran Corso mediante la levée en masse en los campos de batalla de toda Europa.

Nos guste o no, se trata, en el fondo, de un conflicto moral entre los que queremos vivir en un mundo de derecho regulado por normas obedecidas y aceptadas por todos, y otros que sostienen que pueden imponernos sus ideas por la fuerza y que están dispuestos para lograrlo a tomar nuestras sociedades por asalto.

Las concepciones de lo políticamente correcto, del multiculturalismo y del garantismo jurídico son las vallas intelectuales que se interponen en las mentes de los decisores políticos occidentales y propios para asumir las medidas que el sentido común impone. Vale decir, sencillamente, defenderse.

Lamentablemente, para ellos, parecer ser que el pueblo llano ya no está dispuesto a esperarlos y se apresta a elegir líderes que les den la razón. Tal como es el caso de los EE.UU. y de varios países europeos y sudamericanos.

Sucede, que como lo expresara Maslow en su famosa pirámide: la seguridad viene antes y es más importante que nuestros afectos, que el reconocimiento social y que nuestra autorrealización.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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