palmira

mayo 22, 2015 8:39 am

Anclada en el tiempo, surge como una fábula del desierto un majestuoso oasis que invita a la imaginación a cada uno de los viajeros que pasan por ese lugar. Son las ruinas de la ciudad de Palmira, situada a 215 kilómetros de Damasco, capital de Siria, y a la misma distancia entre el Mediterráneo y el Eúfrates.

Este enclave fue por largo tiempo un “vergel” donde los comerciantes y viajantes saciaron su sed gracias a fuentes acuíferas subterráneas, convirtiéndose así en un oasis y en punto de encuentro del comercio de medio oriente, cuyas caravanas transitaban desde el Mediterráneo a la ciudad de Emesa (la actual Homs).

Gracias a su ubicación estratégica en la Ruta de la Seda y a sus múltiples influencias culturales: árabe, helenística, persa, romana; Palmira se convirtió en uno de los más importantes Estados de la Península Arábiga durante la Antigüedad.

Fundada, se cree, 2.000 años antes de Cristo, fue conquistada por Alejandro Magno en el siglo IV a. de C. En el siglo I se convirtió en una provincia romana, con Antioquía como capital. Su florecimiento llegaría durante este periodo y como consecuencia de la decadencia de la ciudad nabatea de Petra.

Tras la captura en el año 260 d. de C. del emperador romano Valeriano, en la guerra contra los sasánidas, Palmira defendió las fronteras bajo el mando del gobernador Septimio Odenato. Asesinado en 267, su viuda Zenobia, en nombre de su hijo Vabalato, estableció en Palmira la capital de un reino que se extendió por Siria y el Líbano. La resistencia de la reina y los relatos sobre su sorprendente belleza la convirtieron en una figura mítica. Mantuvo su independencia durante cuatro años frente al acoso de Roma, consiguiendo extender su área de influencia hasta Egipto.

Pero su reinado fue prácticamente efímero. Derrotada y hecha cautiva por el emperador romano Aureliano, que se dice, enloquecido por su rebeldía y anonadado por su extrema belleza, cuenta la historia, la hizo tirar de un carro encadenada con cadenas de oro durante su marcha triunfal; pero después fue perdonada, retirándose a una villa en Tibur(actual Tivoli,Italia). Tras una segunda revuelta de sus habitantes, Palmira fue arrasada en una cruenta represalia en el año 273.

Hasta hace tres años, cuando comenzó la guerra civil en Siria, Palmira era un importante foco de interés para el turismo, atraído por su rica y única historia y por la calificación de Patrimonio de la Humanidad que le otorgó la Unesco en 1980. “El oasis de Palmira alberga las ruinas monumentales de una gran ciudad que fue uno de los centros culturales más importantes de la Antigüedad. Sometidas a la influencia de diversas civilizaciones, la arquitectura y las artes de Palmira fusionaron en los siglos I y II las técnicas grecorromanas con las tradiciones artísticas autóctonas y persas”, explica en su web la organización. El conflicto bélico en el país, obligó a la Unesco a incluir Palmira en la lista de monumentos en peligro (en la que se encuentran también Alepo, Damasco, Bosra y el Castillo del Crac de los Caballeros, entre otros).

Destacan dentro de las ruinas de Palmira monumentos como el “Santuario de Bél”, la divinidad suprema, asimilada luego con Zeus por griegos y romanos, que está situado al final de una columnata de 1,2 kilómetros de extensión. Entre los templos también están el Santuario de Nebo, dios de los oráculos, de la sabiduría y de la escritura; y el Santuario de Baalshamín, de origen cananeo, vinculado con la lluvia, la tempestad y la fertilidad.

Entre los edificios laicos, la ciudad de Palmira conservaba un teatro romano, que comenzó a ser restaurado en 1950 y cuyos trabajos concluyeron en 1990; la necrópolis, unas termas atribuidas a Diocleciano, así como los restos de un campo militar, y el castillo árabe en una zona más elevada. Y también no muy lejos el Museo Arqueológico, inaugurado en 1961.

Hoy, este faro de la historia de toda la humanidad yace bajo una creciente amenaza. Es de vital importancia comprender que no sólo la historia de esa región se encuentra en peligro sino también uno de los afluentes del cual bebe la memoria universal, es de extrema urgencia que la comunidad internacional tome medidas enérgicas y resolutas para preservar este invaluable patrimonio.

Cuando se arrasó hace muchos siglos esta urbe, los conquistadores romanos entendieron la enorme importancia de preservar el legado cultural de Palmira, fue así que el espíritu de Zenobia quedó impregnado en su amada ciudad hasta nuestros días. Pero si el Estado Islámico logra izar una vez más la bandera del fanatismo, el miedo y la ignorancia todo este legado se perderá para siempre, extirpando dolorosamente un porcentaje de la historia de la civilización.

No dejemos a la bella y valiente Zenobia abandonada ante la oscuridad creciente y que desaparezca su singular huella en, tal vez,  “la última mirada a Palmira”.

reina zenobia y Palmira

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