RAúl Alfonsin

marzo 22, 2016 9:47 am

A lo largo de la historia económica argentina hay frases que han marcado a fuego los tiempos, al punto de sintetizar por si solas su época. Hay que pasar el invierno, el que apuesta al dólar pierde, el que depositó dólares recibirá dólares, remiten por su propio peso a circunstancias de recuerdo amargo y trance difícil.

Pero hay una que es muy descarnada, que marca el fin de una esperanza colectiva, tal vez la primera gran desilusión de la etapa democrática. “Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”, dijo con tristeza el entonces ministro de Economía, Juan Carlos Pugliese, un hombre ya casi anciano y recordado como ejemplo de coherencia y honestidad; una de esas raras avis de la política de antaño que concitaban el respeto y la estima hasta de sus adversarios políticos. Corrían los tiempos de Raúl Alfonsín.

La historia malversada que se enseñoreó en la Argentina de los últimos tiempos ha distribuido heroísmos y cobardías a medida de un “relato” cuya validez se desvanece con la luz de los hechos, pero vale recordar que aquel fue el único proyecto político que en verdad enfrentó a las corporaciones más poderosas de su tiempo. A la iglesia católica con la sanción de la ley de divorcio vincular; a las Fuerzas Armadas con el juicio a las juntas y la Conadep; a los todopoderosos sindicatos, denunciando el pacto militar sindical y luego enviando una ley para democratizarlos y que los afiliados elijan a sus representantes para terminar con la histórica burocracia sindical; y a los “capitanes de la industria”, el poder económico más concentrado de aquellos tiempos.

La iglesia respondió alineándose con el peronismo –rasgo que continúa y sobre el que no es necesario abundar. Las fuerzas armadas con dos intentos de derrocar al presidente. Los sindicatos con 13 paros generales y más de cuatro mil (si, cuatro mil) huelgas sectoriales. El poder económico respondió con un golpe de Estado que terminó con el gobierno.

En los días que corren, tal vez el recuerdo de aquellos tiempos encuentre correlato con la realidad. El gobierno convocaba a un esfuerzo para recuperar la economía del país, y la respuesta del capital concentrado fue hundirlo sin importar los costos. En 2016, el gobierno de Macri confió en que, con medidas de aliento a las inversiones, con un cambio de signo político y con su propia imagen sería suficiente para que los tenedores liquiden dólares, los empresarios contengan las subas de precios, y regresen divisas fugadas vaya a saber en qué condiciones. Hasta ahora lo han dejado esperando.

Tal vez la convocatoria al optimismo de la campaña, el discurso promocional, se dio de bruces con la dura realidad de una de las condiciones sine qua non del capitalismo, esa de que el proceso de acumulación de ganancias prima sobre todo, incluso la patria. Tal vez el macrismo pecó de ingenuo, pero de los millones prometidos por los exportadores de granos se liquidó la mitad, pese a la baja o quita de retenciones. De los industriales poquito, pese al levantamiento del cepo.

Macri habló con el corazón, pero los bolsillos no se conmovieron. Lo puso en palabras con crudeza uno de los constructores de la alianza gobernante, Ernesto Sanz, cuando dijo que “algunos empresarios se merecen un Guillermo Moreno”.

Una vez más, la economía parece ser la espada de Damocles del gobierno, que no logra contener la inflación disciplinando a los formadores de precios con concesiones –de ahí que Sanz extrañe el látigo- ni que los grandes capitales alivien la situación invirtiendo y creando empleo. Es cierto que la confianza lleva tiempo, pero no parece sobrar en vista de la inquietud colectiva y las miradas parecen dirigirse cada vez más al frente externo, buscando el ingreso de “aires” salvadores mediante el pago de y la seducción fronteras afuera.

Mientras asistimos a las crudas imágenes de parvas de divisas que se fueron por cuevas financieras pisadas por los zapatos del poder, una cruel ironía.

Volviendo a la historia, es recordado el episodio de Carlos Pellegrini, cuando siendo presidente convocó a sus amigos millonarios para que suscribieran un empréstito patriótico y salvaran al país de la ruina. Seguramente Macri tendrá muchos amigos millonarios, pero le será muy difícil en la Argentina de hoy que le respondan con el corazón. Hasta ahora lo han hecho con el bolsillo.

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