armas nucleares

agosto 7, 2015 8:41 am

El pasado 6 de agosto se cumplieron 70 años del lanzamiento y detonación sobre la ciudad de Hiroshima (Japón), del arma más mortífera creada por el ingenio humano, dando término a la Segunda Guerra Mundial y abriendo la puerta al comienzo de uno de los aspectos más dramáticos de la denominada Guerra Fría: el pulso entre Estados Unidos y la Unión Soviética por construir  un arsenal nuclear cada vez más mortífero.

La doctrina de la disuasión del enemigo en este antagonismo entre las dos grandes potencias sólo contemplaba, en caso de desatarse la conflagración, el triunfo inapelable pero ficticio de alguna de las partes, junto a la consecuente “aniquilación” de la civilización humana.

Sin embargo, el denominado “equilibrio de terror” que garantizaba el triunfo de la “destrucción mutua asegurada” llevó a una proliferación de este tipo de armamento que, por primera vez en la historia de la Humanidad, garantizaba la capacidad de destruir el planeta.

Según las estimaciones, en 1986 se llegó al momento de mayor número de cabezas nucleares operativas, cerca de 55.000. Desde entonces, con la caída del Muro de Berlín en 1989, el número ha descendido hasta algo más de 15.000. Aunque,  su eliminación completa está encontrando dificultades y adolece de una predisposición total.

En 1949, cuatro años después de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, la URSS dispuso también de su bomba atómica. Aunque la proliferación fue un mano a mano entre Washington y Moscú, el resto de potencias con asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU también desarrollaron armamento nuclear: Reino Unido, en 1952; Francia, en 1960, y China, en 1964.

En 1968 se firmó el Tratado de No Proliferación, por el que el “club atómico” quedaba reducido a las grandes potencias y estas se comprometían a ayudar a otros países al desarrollo civil de la energía nuclear si renunciaban a su uso militar. El tratado no lo suscribieron algunos Estados, entre ellos los que secretamente buscaban también acceder a los secretos de la bomba atómica.

Se estima que por entonces Israel dispuso ya de armamento nuclear (nunca lo ha reconocido). En 1974 India llevó a cabo sus primeras pruebas nucleares, aunque desarrolló su arsenal a partir de 1998. Ese mismo año, y como respuesta al paso dado por su enemistado vecino, Pakistán pasó a engrosar la lista de países con bomba atómica. En la década de 1980 Sudáfrica también la tuvo al alcance de la mano, aunque con el término del apartheid renunció a ese arsenal. Lo mismo ocurrió con Bielorrusia, Kazajstán y Ucrania, que habían heredado cabezas nucleares al desmembrarse la URSS.

Si bien los últimos quince años han estado marcados por un “renovado” compromiso internacional para la no proliferación, a partir de 2006 Corea del Norte llevó a cabo diversas pruebas de armamento nuclear. Por su parte Irán ha protagonizado una prolongada pulseada con occidente para llegar a poseer la bomba atómica.

El acuerdo firmado por Teherán en julio de este año, en principio aplaza entre diez y quince años esa aspiración iraní, pero no pocos observadores estiman que el deseo de alzarse en potencia regional llevará a Irán a disponer de armamento nuclear. Si se produce esa escalada, probablemente Arabia Saudí también se lanzaría a ese objetivo, reproduciendo la rivalidad del caso India-Pakistán.

A lo largo de las últimas décadas, estadounidenses y rusos han llegado a diversos acuerdos para limitar el número de sus armas nucleares. En 1972 el acuerdo SALT I significó una reducción de los interceptores antimisiles nucleares de ambos países (sistemas ABM).

En 1987, Ronald Reagan y Mijail Gorbachov firmaron el tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio, que llevó a reducir el número de misiles con capacidad de ”teatro”. En 1991 se firmó el START I, que limita el despliegue de cabezas nucleares. En 2002 EE.UU. y Rusia acordaron reducir sus cabezas nucleares desplegadas a entre 1.700 y 2.200 cada uno. La marca bajó a un máximo de 1.550 en el New START pactado en 2010.

La vuelta de Vladimir Putin a la presidencia de Rusia, sin embargo, ha congelado la ejecución de esos planes, conjugado con la reticencia del “ala dura” de la política americana, a pesar del interés de la Administración Obama en su implementación.

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