diciembre 4, 2015 8:55 am

Durante el apogeo de la Cristiandad, se conoció una teoría, la de ‘las dos espadas’, por la cual los poderes políticos de esa época reconocían en el Papado una suerte de supremacía espiritual que les servía de guía.

Así, los papas en Roma, alejados geográficamente del poder imperial ubicado en Constantinopla, a partir de las reformas de Constantino (Siglo IV), comenzaron a diseñar una doctrina destinada a la delimitación de los dos poderes. El espiritual para el Papa y el temporal para el Emperador, los que funcionarían en forma coordinada, con el segundo subordinado al primero.
Si bien se les reconocía a ambos una autonomía respecto del otro, se admitía que el espiritual debía servir de guía al temporal por su carácter universal y porque, además, debía responder por el alma del Emperador. Ergo, el Papado gozó en esa época de un dominium mundi que le permitió mediar ante conflictos regionales y globales o de investiduras entre iguales.
Rota la unidad de la Cristiandad con la Reforma Protestante, la teoría cayó, lógicamente, en desuso. Sin embargo, la idea central de contar con un poder espiritual que sirviera de guía a las potestades civiles siempre fue una tentación nunca abandonada del todo. Pero, con la Paz de Westfalia, los Estados nación se configuraron como unidades autónomas y, en ese sentido, como los únicos interlocutores válidos de las relaciones internacionales.
Sin embargo, muchos siglos después, con el estallido de las guerras globales –primero, con la Gran Guerra (1914/18) y luego con la Segunda Guerra Mundial (1939/ 1945)–, la comunidad de naciones vio la conveniencia de contar con un organismo supranacional que, en alguna medida, velara por un bien superior a la soberanía de los Estados. Tal como era la paz y la seguridad mundial.
La Sociedad de Naciones fue el primer intento fallido por establecer a ese organismo. Posteriormente, se lo logró con la ONU en 1945, tras la firma del Tratado de San Francisco.
Con ya más de 70 años de existencia, la ONU es, hoy, un organismo establecido. Uno, que en ese sentido, ha tenido sus aciertos; pero, también, sus resonantes fracasos. Para hacer corta una larga explicación, podemos concluir que la ONU funcionó relativamente bien cuando sus cinco grandes –vale decir, los miembros permanentes de su Consejo de Seguridad con derecho a veto– lograron algo parecido al consenso y se pusieron de acuerdo para tomar decisiones concretas.
Esto, por ejemplo, se logró tras el colapso de la Unión Soviética, ya que, entre otras cosas, llevó a Rusia –siempre proclive a usar su veto– a un cierto ostracismo político. Recuperado Moscú, recientemente, de esa caída y de regreso a su tradicional protagonismo, los mecanismos de decisión globales han vuelto a trabarse por la mutua impugnación.
Sin embargo, son numerosos y variados los problemas que exigen, hoy como ayer, una perspectiva global; a saber y entre otros que podrían mencionarse: el cambio climático, la crisis de los refugiados, la pobreza, el narcotráfico y, ahora, el resurgimiento del terrorismo.
El primer problema a resolver es que habría que preguntarse cómo se podría recuperar esa necesaria guía espiritual que, colocada sobre las agendas regionales y nacionales, pueda imponer una idea superadora. Aún a un organismo supranacional y específicamente diseñado para cumplir esta tarea, como lo es la ONU.
En este sentido, no dudamos en proponer a la figura del papa Francisco, pues como señala Jorge Castro: “La Iglesia se ha transformado en la principal esperanza del mundo moderno”.
Ya su accionar concreto se manifestó en el 2013 en ocasión de la masacre de Ghouta en la guerra civil siria, donde se hizo uso de armas químicas. Cuando EE.UU. quiso intervenir militarmente, Francisco organizó una jornada mundial de ayuno y oración. En forma paralela, envió una carta a la cumbre del G20 en San Petersburgo, donde afirmó que la guerra no era la respuesta al problema.
En el campo de la doctrina se destaca la publicación de su segunda encíclica ‘Laudato si’ (Alabado seas), que tiene por tema central la conservación del medioambiente, con particular énfasis en la búsqueda de una “ecología integral”. Lo que constituye una seria advertencia tendiente a evitar las nefastas consecuencias del cambio climático. Lo ha dicho con total claridad: “Si no se hace algo pronto, estamos al borde del suicidio”.
Más recientemente, su accionar internacional se manifestó en las negociaciones que llevaron al descongelamiento de las relaciones entre Cuba y los EE.UU.
Esto ha sido posible, porque como lo explica Jorge Castro: “La política en el siglo XXI ya no se refiere simplemente a la puja por el poder. Se refiere, fundamentalmente, a la creación y al impulso de valores destinados a fundar y a legitimar el nuevo sistema de convivencia mundial que ha surgido de la revolución de la técnica”.
Ha sido el propio pontífice, en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, quien explicó: “La historia de la comunidad organizada de los Estados, representada por la ONU (…), es una historia de importantes éxitos comunes, en un período de inusitada aceleración de los acontecimientos. (…) se puede mencionar la codificación y el desarrollo del derecho internacional, la construcción de la normativa internacional de derechos humanos, el perfeccionamiento del derecho humanitario, la solución de muchos conflictos y operaciones de paz y reconciliación, (…). Es cierto que aún son muchos los graves problemas no resueltos, pero también es evidente que, si hubiera faltado toda esta actividad internacional, la humanidad podría no haber sobrevivido al uso descontrolado de sus propias potencialidades”.
¿Cómo piensa Francisco imponerle su agenda a la ONU? Sabemos que es un lector de textos de Estrategia y, en ese sentido, apreciamos que tendrá la suya. Pero, esa respuesta la podremos deducir analizando los próximos pasos que en este sentido dé el Papa.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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