octubre 16, 2015 8:57 am

Sólo los grandes navíos mueren en el mar. En la suya. Ya sea tragados por una gran tormenta; o mejor aún, hundidos tras un glorioso combate. Como fue el caso del submarino ARA Santa Fe en la batalla por la posesión del puerto de Grytviken, en las Georgias del Sur, durante la Guerra de Malvinas.


Ellos, como las personas, arrastran siempre una historia personal. Una que se inicia en tierra y termina, por lo general, también, en tierra firme.

Igualmente, esas historias nos hablan de lo que ese o aquel barco hicieron en sus respectivas singladuras. Cómo se comportaron ante ese medio, muchas veces hostil e indómito que es el mar. En ese sentido, sus vidas bien pueden ser largas como cortas, fructíferas como inútiles, abnegadas como licenciosas. Obviamente, sus cargas, sus tripulaciones y sus capitanes, pero especialmente, cuáles fueron sus destinos forman parte esencial de ellas.

En estos días, en relación al tópico que estamos tratando –cual es el de los buenos y los malos barcos– nos vienen a la mente los periplos de dos de ellos, de dos veleros. Uno es nuestro buque escuela, el ARA Libertad, el otro, el yate La Sanmartiniana. Sabemos que ambos han pasado, recientemente, por malos trances marineros mientras navegaban en nuestros mares del Sur. Pero, ahí paran las similitudes. El primero de ellos tuvo que volver a puerto por un desperfecto mecánico. Lo hizo, seguramente a marcha lenta, pero con toda su tripulación y con su capitán al frente. Por el contrario, el segundo lo hizo sin nadie a bordo y sin un capitán visible que se hiciera responsable.

La corta bitácora de La Sanmartiniana nos cuenta que fue adquirida por una poco conocida asociación que promueve las actividades marineras, pero que contó con un amplio apoyo de la organización paraestatal conocida como La Cámpora, y su tripulación carecía casi totalmente de experiencia marinera. Y su capitán, para colmo de males, fue un marino expulsado de las filas de la Armada por asesinar a uno de sus subordinados.

Al parecer, su proyecto era llegar navegando a nuestras Islas Malvinas en un intento de hacer flamear nuestro pabellón en sus irredentas costas. Algo que parece muy loable a primera vista, pero que cae en lo ridículo cuando el velero de la pretendida hazaña debe ser abandonado y su tripulación rescatada por los propios kelpers, vale decir, aquellos mismos a los que se pretende aleccionar con nuestra superioridad moral. Ergo, no puede ni debe extrañarnos su triste final.

Por el contrario, el otro de los veleros, tiene una larga y rica historia. La Fragata Libertad es un buque de nuestra Armada que tiene como misión completar la formación profesional de los guardiamarinas. De paso, con sus largos viajes contribuye a la política exterior representando a la República Argentina en los puertos en los que recala. Por otro lado, fomenta las relaciones navales internacionales, estrechando los vínculos profesionales y de amistad con las armadas de otros países.

Por ejemplo, en 1964 participó por primera vez en una regata oceánica para grandes veleros, entre los puertos de Lisboa (Portugal) y Hamilton (Bermudas). En 1992, integró la Gran Regata Colón 92, que se realizó en conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América. En una de tantas regatas obtiene la codiciada medalla Boston Tea Pot Trophy al llegar en primer lugar en su categoría y establecer el récord mundial de velocidad para cruce del Atlántico Norte a vela en tan solo 8 días y 12 horas. Un récord que se mantiene hasta la fecha.

Embajadora de los mares
Desde su botadura, la Libertad ha recorrido más de 800.000 millas náuticas alrededor del mundo y ha pasado fuera de su apostadero el equivalente a 17 años en el mar. Esto ha permitido que por sus cubiertas hayan pasado y se hayan formado alrededor de 11.000 marinos de la Armada Argentina. Obviamente que su vida no ha estado libre de percances. Por ejemplo, el 2 de octubre de 2003 sufrió un incendio mientras se encontraba anclada frente al puerto español de El Ferrol. Y otro 2 de octubre, pero del 2012, por un pedido a la Justicia ghanesa por el incumplimiento de pago de deuda de parte del Gobierno argentino, debió permanecer retenida por 77 días.

Como dijimos al principio de este artículo, esta semana, la Fragata Libertad volvió a puerto a marcha lenta, pero con toda su tripulación y con su capitán al frente. Por el contrario, La Sanmartiniana lo hizo sin nadie a bordo y sin un capitán visible que se hiciera responsable. Esto nos lleva a la siguiente reflexión: los barcos, como las instituciones, tienen por delante una odisea, un viaje. Lo importante no es tanto su puerto de partida como el de su destino. Y, especialmente, su derrotero; vale decir, su trayectoria. En este sentido, la Fragata Libertad es un buque escuela cuyo puerto de destino figurado es la educación de sus tripulantes, a la sazón futuros oficiales de nuestra Armada.

Por el contrario, La Sanmartiniana navegó su corta vida en pos de un objetivo político mezquino. Lo grave es que lo hizo con apoyo oficial. Uno que ha demostrado querer, no mandar, sino apropiarse de nuestras Fuerzas Armadas en su larga década de gestión.

Lamentablemente, hechos como el señalado en este artículo no han sido extraños a esta administración. La que siempre, en cuanto ha podido, ha tratado de menoscabar a nuestras Fuerzas Armadas. Como, por ejemplo, cuando no reconoce su labor en las emergencias y catástrofes y prefiere mostrar en los medios la presencia de sus militantes con las remeras de La Cámpora antes que a los propios soldados de sus Fuerzas Armadas. Precisamente, la misma agrupación que patrocinó a La Sanmartiniana.

Aunque viendo los recientes resultados, estas fuerzas no pueden menos que estar agradecidas ante tal actitud, por aquello de que no se puede engañar a todos todo el tiempo.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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