Tomba

abril 11, 2016 3:53 pm

El fútbol argentino es una clara expresión que cuando las cosas se encaran con orden, seriedad y compromiso institucional, los resultados deportivos comienzan a devolver sonrisas a sus simpatizantes.

Transcurridas diez fechas del torneo de Primera División, los equipos denominados chicos, o más chicos, comandan ambas tablas de posiciones. Y no es casualidad, es producto de la causalidad.

Hoy, los grandes están abocados a la Copa Libertadores de América, y, salvo San Lorenzo de Almagro, todos con chances ciertas de ingresar en los octavos de final del certamen sudamericano. También hay que agregar a Huracán en ese lote, quizás la única excepción del eje de este comentario.

Lo cierto es que con planteles superpoblados, los grandes de nuestro fútbol no pueden encarar dos torneos al mismo tiempo, o por lo menos dar pelea concreta en las competiciones que les toca disputar. No hay jerarquía individual suficiente que le alcance a un entrenador para poder diseñar dos formaciones para los partidos de cada torneo. Son enormes las diferencias entre titulares y suplentes en la mayoría de los casos, poniendo de manifiesto que a esta altura de los acontecimientos ya no alcanza con calzarse la camiseta de Boca, River o Rácing. A muchos no le da la talla, entonces el hincha empieza a confundirse: exige más de lo que la riqueza técnica y táctica puede brindarles. Este deporte que tanto nos apasiona a los argentinos, demuestra jornada tras jornada que hay demasiada escasez de “jugadores de fútbol”. En gran parte son atletas con una gran respuesta física y obediencia táctica. Nada más que eso.

A partir de todo este panorama, ya no debe sorprender que tanto Lanús por una zona, como Godoy Cruz por la otra, estén en la cima de cada una de las tablas. Si a esto le agregamos, que los perseguidores son en gran parte equipos de similar renombre, la ecuación cuadra por todos lados.

Instituciones que respetan el presupuesto a como de lugar, en algunos casos con un orden financiero y económico envidiable, y sin grandes figuras que empañan o estorban en el trabajo de un cuerpo técnico. Además, cuentan con un plus sobre el resto: ponen por delante de todo el grupo, con generosidad, solidaridad y respeto por el compañero, elementos que en los grandes cuesta mucho encontrar. Ahí sólo sobran egos.

Es el tiempo de los chicos. Y lo demuestran.

¿O es el tiempo de los ordenados, los serios y los prolijos?

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