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mayo 18, 2016 3:53 pm

Hacía tiempo que El Ciudadano quería charlar con esta mujer que ha sido reconocida en varias oportunidades por organizaciones públicas y privadas, no sólo por su desempeño profesional, sino también por su vocación de servicio.

María Antonieta Martinis de Tuninetti, entre muchas otras cosas, fue secretaria de Turismo con rango ministerial cuando la actividad en Mendoza parecía más una promesa que una realidad. También llegó a ocupar cargos jerárquicos en el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), después de haber ingresado como cadete y, entre muchas otras actividades, fue miembro representante de la colectividad Ítalo-Argentina. Además, creó la Comisión de Reinas Nacionales de la Vendimia (CORENAVE) y fue una pieza fundamental en los inicios de la Fundación Zaldivar.

En busca de paz

“Yo nací en Italia en 1944, en plena Segunda Guerra Mundial. El día que cumplía 4 años me embarqué con mi familia para venir a la Argentina”. Con esa frase, Antonieta nos introduce en su historia, dando detalles sobre la resistencia italiana y cómo la ocupación nazi incendió Forni di Sotto, el pueblo donde vivía su familia, por lo que su mamá se refugió en un hospital de otra localidad para que, entre bombardeos, ella llegara al mundo.

“A mi padre, de pequeño le tocó vivir la Primera Guerra Mundial. Como era una guerra de fronteras, los únicos que quedaban en el pueblo eran ancianos, mujeres y niños, así que se fue a Roma con su mamá, donde ella murió de fiebre amarilla. Cuando su padre volvió de la guerra, tres años después, lo encontró en un orfanato con sus hermanos. Después le tocó la Segunda Guerra, lo mandaron al frente ruso y fue el único que sobrevivió de su batallón. Así que él vivió las dos guerras mundiales, por lo que lo único que quería era vivir en paz, y se vino a la Argentina porque le habían dicho que acá había posibilidades”, explica María Antonieta.

La tierra prometida

“Llegamos a Godoy Cruz, y a mi padre le dieron un contrato en la finca de Filippini y le tocó hacer las casas de los contratistas. Hasta los 6 años estuve ahí, pero a los 7 empecé a asistir a una escuelita de Tupungato, donde la maestra nos daba clases a todos los niños de todos los grados juntos. Como mi madre quería lo mejor para sus hijos, me trajo al colegio Padre Claret, como pupila, y sólo me venía a visitar dos veces al año”, relata, y agrega: “De julio a diciembre hice primer grado. Luego en diciembre me quedé en la escuela durante las vacaciones e hice primero superior y, de marzo en adelante, hice segundo. En un año hice casi tres años escolares”, explica quien tuvo que aprender prácticamente sola a hablar el castellano, ya que en su casa sólo se hablaba italiano y friulano.

“Todo eso me dio la fortaleza para pelear de cualquier forma. Trataba de ser feliz, he sido una niña alegre y siempre le busqué el lado positivo a todo”, asegura.

Dactilógrafa, se busca

Antonieta quería estudiar piano, pero su mamá le decía que eso era cosa de gente rica. “Todas las vacaciones de verano iba a aprender algo”, cuenta la incansable mujer, que un año aprendía bordado, sobrehilado, otro artes aplicadas, y otro dactilografía, práctica que le abrió las puertas de sus primeros trabajos.

“En el INTA buscaban dactilógrafa y allá fui y me contrataron; empecé a trabajar cuando tenía casi 15 años, y mi padre, que sobrevivió a dos guerras, murió acá en un accidente de tránsito, quedando mi madre viuda con 43 años. Ahí nomás me cambié al turno noche para seguir estudiando y poder trabajar”, rememora.

Se hace camino al andar

“Después rendí en el INV en 1960 en su apertura, junto a otros muchos que se presentaron. Primero descubrieron que no tenía 18 años, y segundo, que tenía nacionalidad italiana, pero como fui una de las que mejor rindió me guardaron el puesto hasta que cumpliera los 18 y me hiciera ciudadana argentina”, cuenta.

Pero hasta que cumplió sus esperados 18, Antonieta tuvo otros trabajos que le permitieron seguir aprendiendo y ayudar en su casa, como cuando ingresó al Banco Nación y fue la única mujer entre 1.200 empleados. “Siempre que he cobrado mi sueldo se lo he dado primero a mi mamá y después a mi esposo”, explica entre risas quien llegó a ocupar el cargo de subgerente de Administración, Finanzas y Servicios del INV y sus 43 sucursales en el país, pero nunca le gustó administrar su propio dinero.

Promoción turística a bajo costo

Corría el año 84 cuando Antonieta, siendo esposa del primer intendente de la democracia de Godoy Cruz, Roberto Tuninetti, el gobernador Santiago Llaver la eligió para ocupar el cargo de secretaria de Turismo. Entonces pidió licencia en el INV y no desestimó el desafío. “Yo quería dar continuidad a lo que se había hecho, pero no había nada. Entonces tuve que iniciar un plan de acción a corto, mediano y largo plazo para introducir las distintas temáticas que hacían al turismo”, explica, y agrega que al llegar a su oficina no encontró un solo papel que diera cuenta de lo hecho, lo que no fue excusa para no hacer, sino todo lo contrario.

“El turismo invade todo, la conciencia turística de la población y todas las áreas”, fue la premisa sobre la que empezó a trabajar. Así fue como se reunió con funcionarios de la Policía, y al respecto dice: “Ella es la primera que tiene que tener conciencia turística”, y recuerda que también planificó reuniones con las colectividades de Mendoza. “Fue la primera vez que se organizó algo con ellas y fueron incluidas en actividades para que dieran a conocer su cultura”. También fue una marca distintiva en su gestión que cuando se iban a celebrar los 50 años de Vendimia propuso reunir a todas las reinas vendimiales, y ahí nació la CORENAVE.

De su paso por la Secretaría de Turismo recordó su despacho con las puertas abiertas y los acuerdos con los artistas. “Tenía tan poco presupuesto que les prestaba la sala a los artistas a cambio de tarros de pintura, y cuando venían periodistas de otros lugares les conseguía todo prestado. Hice promoción turística de Mendoza gratis”, destaca.

El trabajo social

Si bien durante toda su vida profesional Antonieta nunca dejó de capacitarse y aceptar desafíos, también es cierto que cada una de sus acciones siempre estuvieron atravesadas por una vocación de servicio, desde tomar licencia en su trabajo para acompañar a su esposo Roberto durante el cruento terremoto de 1985 en la planificación del operativo de asistencia a los damnificados. También colaboró en la creación de la Fundación Zaldivar, específicamente en la planificación de los operativos a través de los cuales la institución facilita la atención a niños de zonas urbano marginales.

Aunque en los últimos años, esta multifacética mujer ha encontrado una nueva forma de sentirse útil: en el 2006, Rosita Modarelli, quien fue mucho tiempo su secretaria en Turismo, tuvo la idea de llevar la imagen de la Virgen de la Carrodilla, Patrona de los Viñedos, a las viñas para que las personas que trabajan en ellas –tanto empleados de las bodegas como los viñateros–, que no tienen posibilidad de ir a la Fiesta de la Vendimia pudieran recibir la visita de la imagen. Por eso, la Virgen va a buscarlos una vez al año y recorre los departamentos, incluyendo este año a todo el Valle de Uco. “Lo hacemos a través de la Pastoral de Turismo del Arzobispado. La Virgen entra en las fincas, en los viñedos, en las bodegas y el cura imparte una bendición. Es muy emotivo ver cómo los cosechadores se acercan a su patrona. Esta es la parte espiritual que le faltaba a mi vida”, concluye convencida.

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