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mayo 26, 2016 9:54 am

Mario López Vié es docente, específicamente profesor de geografía, pero quizás muchos lo conocen como la persona que los recibe en Tequm, la institución en la que se prepara a los alumnos que buscan un buen rendimiento en algún examen de ingreso, o por quienes desean afianzar conocimientos en alguna de las disciplinas que más les gusta, o –como en el caso particular de esta cronista– para afianzar la vocación sobre la carrera a estudiar.

A Mario lo identifican con la voz amable que recibe a los estudiantes en su centro de estudios, pero lo que no todos conocen es el perfil solidario que este hombre posee. El Ciudadano conoció a través de terceros esta inquietud que Mario tiene desde hace tiempo y decidió visitarlo para charlar con él. He aquí el resumen de la extensa experiencia.

El click social

Nos sentamos y mate amargo mediante, hacemos el intento de bucear en el inicio de la actividad solidaria que, fuera del entorno cercano de Mario, pocos conocen. “Hace 16 años pasé por la puerta del comedor Virgen del Valle, en Villa Marini. Era un día como hoy: gris, frío, estaba lloviendo y había una fila de niños entrando a un comedor. Eso me dio vuelta la cabeza”, relata el entrevistado exponiendo lo que fue el inicio de una sana costumbre para él y sus amigos: colaborar con quienes menos tienen.

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Durante un tiempo, la ayuda estuvo dirigida a esa organización, pero años después Mario comenzaría a involucrarse con otro proyecto, un tanto más pequeño, más lejano, y por eso menos visible. “Mi amiga Sandra Oliva Trujillo es docente y vivía en México, pero volvió a Mendoza y empezó a trabajar. Pero no se encontraba en Mendoza capital y se fue a vivir a Uspallata, donde empezó a trabajar en la escuela.

Ahí conocí la escuela Valle de Uspallata y participé en un primer momento, como todos los amigos, con la mudanza para después ir conociendo el lugar y su gente”, dice Mario explicando lo que significó una nueva actividad para Mario que a poco de llegar se encariñó con esa comunidad educativa.

‘La escuelita’

La escuela especial Valle de Uspallata tiene una matrícula de 23 alumnos, de entre 6 y 14 años, todos con algún tipo de discapacidad, como parálisis cerebral, síndrome de Down, y debilidad mental moderada y severa. Por eso, en ella trabaja un plantel de docentes y profesores capacitados para brindar aprendizaje y rehabilitación, pero sobre todo mucho amor en plena cordillera mendocina.

“Me saco el sombrero con las personas que trabajan con estos chicos”, asegura orgulloso el profesor, y agrega: “Mi amiga me había dicho que me iba a gustar la vista que tiene la parte de atrás de la escuela, hacia la cordillera, y que iba a mostrar el invernadero donde los ‘changuitos’ que tienen movilidad propia hacen actividades como sacar yuyitos, plantines de flor o cultivan plantas, como lechugas, que luego le venden a la gente de la Villa de Uspallata y de esa forma juntan un billetito más para una bicicleta fija o para una estufa”.

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“Pero eso fue lo que yo vi cuando fui un fin de semana con la escuela vacía, sin pescaditos”, relata Mario sobre su primera visita al lugar, aunque reconoce que “todo cambia cuando conocés a cada niño y su historia, lo que te lleva a pensar que vale la pena que en esas condiciones tengan los pies calentitos y la panza llena antes de ir a dormir cada noche, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de estos niños con discapacidad vienen de hogares muy humildes lejos de todo”.

“Los chicos desayunan y almuerzan en la escuela, y si sobra comida del almuerzo se llevan la comida en un tupper a su casa”, explica.

Suma de esfuerzos

Mario se considera “de lo más insistidor” a la hora de conseguir todo lo que pueda hacer la vida más fácil, más llevadera y más confortable a los ‘changuitos’ y sus familias. “Soy molesto, monotemático, soy TOC y cuantas veces veo a las personas les recuerdo que no se olviden de colaborar. Subir hasta Uspallata significa que vas con mercadería o ropa”, dice, y cuando le preguntamos cómo consigue ayuda para poder llevarla a la escuela, cuenta que “aparecen los amigos, los conocidos, los alumnos del Instituto y cuanta persona se haya cruzado” por su vida. Incluso en su familia tiene a su mamá Noemí, de 86 años, que no sólo colabora, sino que además suele acompañarlo a llevar las donaciones. “Trato de juntar lo que mas puedo, para que rinda el viaje”, comenta.

Acortar distancias

Por lo que Mario nos cuenta, nos enteramos que la comunidad educativa –docente y no docente– de la escuelita es proactiva a fin de buscar diariamente soluciones a las necesidades de los niños, aunque a veces no alcanza para todo. Una de las preocupaciones mayores está relacionada con el transporte para los niños. “Algunos de los alumnos viven lejos y otros un poco más cerca, y aunque no lo he visto directamente, me lo imagino y de solo pensarlo duele: una mamá llevando a su hijo a la escuela, en silla de ruedas, en pleno invierno y con 8 grados bajo cero”, dice.

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Es por eso que solicitaron el año pasado un vehículo para trasladar a todos los niños a la escuela, para que después, una vez terminada la actividad al medio día, los deje en sus domicilios. El único “detalle” es que el vehículo en cuestión nunca estuvo listo para cumplir con esa tarea, y hoy “es parte del paisaje”, según las propias palabras de Mario, lo que podríamos definir como “un milagro a medias en tiempo de elecciones…”.

Lo urgente y lo importante

Por estos días los voluntarios están abocados a la tarea de levantar paredes y techar lo que han proyectado como el área de Psicomotricidad, una ampliación en la escuela que les va a dar la posibilidad de mejorar el trabajo que se hace con los niños.

Pero para lograrlo necesitan dinero, que piensan conseguir a través de una rifa para comprar materiales de construcción y la ayuda –del Ejército o de algún transportista– para trasladar los materiales, ya que el flete encarece aún más la obra.

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A estas grandes necesidades se suma la de todos los días, la de cualquier niño al que se puede motivar más y puede estudiar mejor no sólo cuando está abrigado, sino también bien nutrido, en un ambiente agradable, limpio y con todos los elementos necesarios para que tenga un aprendizaje adecuado. “Sería bueno tener una buena provisión de mercadería, ropa, artículos de limpieza y de higiene personal y que los docentes, que son los que conocen al grupo familiar de cada niño, puedan hacer entrega de eso, porque no pensamos la campaña sólo en función del ‘changuito’, sino de la familia y el entorno”, indica Mario.

Anecdotario personal

“Tengo un tema con la escuela y con Uspallata. Una cosa es cuando salgo para allá en mi vehículo tomando mate y escuchando a Mercedes Sosa. Voy contento, pero cuando llego a la altura de los túneles ya estoy más contento porque estoy próximo a llegar. Cuando llego a la escuela y empezamos a descargar estoy tres veces más contento, estoy feliz. Aunque cuando dejo la escuela y Uspallata la idiotez que me cargo es impresionante: me molesta la ruta, me molestan los autos y hasta el camión que me quiere pasar”, explica el hombre que encuentra la paz en esta parte de la geografía provincial, pero sobre todo en la posibilidad de hacerles la vida más linda a un puñado de niños que, aunque olvidados, también mendocinos.

Recepción de donaciones:
San Martín 1190 Godoy Cruz (en horario de comercio).
Teléfono: 4247301
Email: tequm@hotmail.com

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