marita

septiembre 22, 2016 12:30 pm

Detrás de cada microemprendimiento hay sueños, incertidumbre, desafíos y, sobre todo, muchas ganas. Cuando a todo eso se le suma oportunidades y herramientas para crecer, el resultado es una dignificante forma de hacer lo que a uno le hace feliz.

Algo similar le sucedió a Marita Rodríguez, a quien siempre le gustó preparar dulces y mermeladas para sus familiares y amigos, pero luego de formar parte de la incubadora de empresas de Maipú, capacitación y un fondo de inversión crediticia, hicieron de su hobby una salida laboral.

Sin ir más lejos, hace un año atrás esta maipucina no imaginaba estar vendiendo sus productos de feria en feria, como lo hace hoy. El Ciudadano visitó su casa en Colonia Bombal y compartió una tarde con la protagonista de la historia de esta semana.

Amor por la cocina

“A mí siempre me gustó cocinar”, arranca diciendo Marita mientras prepara un té con jengibre. Y continúa: “Empecé hace mucho tiempo con el tema de las mermeladas, siempre para la familia o para regalar, pero no pensaba en venderlas”.

“Siempre he vivido en fincas: en San Martín, Tunuyán y después acá. Somos familia de inmigrantes que venían escapando de la guerra civil española, mi mamá se vino cuando era adolescente de España. Creo que está en mi ADN eso de ‘hacer para comer’, mi mamá no envasaba hormigas sólo porque no sabía qué utilidad podía tener el ácido fórmico”, dice entre risas, y remata con una idea central: “Vengo de una familia donde se aprovechaba todo”. Y en eso de aprovechar, dicen que las crisis son oportunidades. Quizás haciendo honor a eso de “aprovechar todo”, Marita vio la oportunidad detrás del problema. “Hace unos tres años mi marido se había quedado sin trabajo…

Habíamos vendido un negocio, pensé que quizás podía vender lo que sabía hacer y empecé con mis compañeras de yoga, les hice bomboncitos de membrillo y como les gustó, empezaron a encargarme… y así arranqué”, explica la artesana.

Esfuerzo con amor

“Mi hermana tiene cabras y un emprendimiento de quesos de cabra y estaba inscripta en ‘Agricultura familiar’. Me invitó a una feria en la Nave Cultural y allá fui con algo de producción y mis etiquetas hechas con la impresora de casa… y se vendió”, explica Marita, y recuerda que la sorpresa de haber vendido todo lo que llevaba la impulsó a seguir produciendo y mostrando sus productos.

Así participó de la Feria de Logros y hasta de la Feria de las Naciones, en Oberá, ciudad a la que partió con cajitas llenas de exquisiteces y volvió sin un solo frasco.

Después llegó el Green Market, y si hay algo que esta mujer destaca de todas estas ferias, es la calidad de personas con las que se ha ido encontrando. “Uno se encuentra con mucha gente linda, todos emprendedores, todos locos que queremos trabajar y hacer cosas, y es un esfuerzo pero no un sacrificio. Es un esfuerzo que se hace con amor porque el producto que uno hace gusta, es sano…”, comenta Marita.

Maipú incuba

Y a mitad de camino entre feria y feria nos vamos a detener en lo que podríamos considerar un trampolín, un empujón, o simplemente un manojo de oportunidades.

“Nos enteramos del programa ‘Maipú incuba’ y dijimos: ¿Qué será eso de estar incubados? Aceptamos la invitación para la presentación que se hacía en el teatro Imperial y fuimos”, relata, y recuerda que escuchar disertar a los emprendedores la motivó a anotarse en las capacitaciones. Y así empezó otra etapa en la vida de esta artesana: la de aprender, compartir y crecer. “Nos encontramos un montón de gente linda, dispuesta a enseñarnos desde cómo diseñar las etiquetas hasta cómo hacer el packaging de nuestros productos, calcular costos y hasta a levantar la autoestima en esos momentos en los que uno cree que no va a poder hacerlo”, comenta.

Las capacitaciones se extendieron durante once meses, donde cada mañana de sábado el grupo de emprendedores se acercaron cada vez más a cumplir el sueño de producir lo que quieren y además lograr que ese producto guste y sea rentable.

También dentro de ‘Maipú incuba’ se brinda la información y el apoyo necesario para que los artesanos puedan acceder a préstamos de dinero a devolver con o sin tiempo de gracia y con bajos intereses. “Al final de las capacitaciones tenés que defender tu emprendimiento como si fuera una tesis. En ese momento estaba produciendo mucho y participando de varias ferias, así que le avisé a Diego Oropel –responsable del programa para emprendedores de Maipú– que no iba a poder hacerlo, pero me dijo que fuera con lo que tuviera. Así es que llevé mis productos, les hice una degustación y cuando me preguntaron por qué consideraba que tenía que estar incubada respondí que amo lo que hago, que me gusta hacerlo porque defiendo la alimentación sana”, relata y se emociona esta mujer que hace casi diez años estuvo al borde de la muerte cuando los médicos le diagnosticaban todo tipo de enfermedades, excepto la que padece: celiaquía.

Lo cierto es que culminó esa etapa de capacitaciones y pudo acceder un préstamo de Mendoza Fiduciaria, lo que le permitió “capitalizarse”, como le recomendaron sus colegas, y así adquirió su paila dulcera, la que le va a permitir elaborar en mayor cantidad.

Entre pailas

A Marita le gusta llevar a la práctica las recetas de su abuela, a veces tal como las aprendió y a veces dándole su toque especial: el secreto es no agregar conservantes, ni químicos. Como vegetariana y celíaca, elabora sus productos como si fueran para ella.

Defiende la comida sana porque considera que es “la primera medicina”, y es así como gran parte de la materia prima que utiliza para elaborar dulces, mermeladas, jugos de frutas, arrope de uva o zapallitos en almíbar, la cultiva en su propia casa y el resto la compra a agricultores de la zona, a los que les tiene confianza.

“Con las frutas que tenemos en Mendoza, es un sacrilegio alterar los sabores, que son tan intensos por el clima, que no se puede desaprovechar y es hermoso poder transformarlas en un alimento saludable”, razona la emprendedora.

‘Entre Pailas’ empezó como el simple gusto de preparar dulces y mermeladas y hoy es un microemprendimiento que a fuerza de voluntad, dedicación y acompañamiento municipal se transformo en una tarea que enorgullece y dignifica. “A la gente le gusta que le cuente cómo hago mis productos y a mí me encanta contarlo… Me gusta cuando un niño, después de probar una mermelada casera, me dice esta riquísimo su dulce” o cuando un adulto prueba una de mis mermeladas y me dice que le hace acordar a la de sus abuelas”, dice la mujer que tuvo la posibilidad de preparar una degustación para productores y elenco de la novela Vecinos en guerra, que eligieron Mendoza como escenario.

En esa oportunidad Juan Gil Navarro, uno de los actores que filmaba en nuestra provincia, luego de probar la mermelada de manzanas de Marita, resumió todo diciéndole que su mermelada “lo había llevado hasta Pilar, a la casa de su abuela”. Por supuesto que esto no sólo significó un gran halago para la emprendedora, sino también una excelente venta colectiva.

“Uno puede lograr que tenga los grados brix que establece el Código Alimentario, pero si no se respetan los tiempos de cocción o se apuran no se consigue el sabor de los verdaderamente caseros. Es que el amor también queda plasmado en los alimentos”, asegura.

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