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agosto 12, 2014 5:45 pm

Los cristianos que huyen del horror yihadista relatan las atrocidades de los radicales islámicos. Mujlis Yusef Yajub, 35 años, cuenta que el día que los yihadistas tomaron su pueblo, no tuvo tiempo de huir. “Nos habían dicho que no pasaba nada, que no había peligro, que no iban a llegar hasta aquí. Pero cuando atacaron, las autoridades huyeron y nos abandonaron”.

Mujlis trabajaba como cuidador de la iglesia local y cuenta cómo los yihadistas empezaron a golpearle mientras le exigían que se convirtiera al islam. Amenazaron con matar a su mujer y a sus hijas. “Cuando les dije que jamás lo haría, me arrancaron un ojo con un cuchillo”, relata. Después lo llevaron a una antiguo edificio oficial abandonado y lo dejaron allí, ensangrentado, sobre el suelo.

Es otro de los cristianos que huyen del horror implantado por los yihadistas en las localidades que han conquistado en el norte de Irak. “Escapamos en cuanto entraron en el pueblo”, explica a su vez Loay Korkis, quien hace una semana huyó con su familia de la ciudad asiria de Bartella. Uno de sus parientes trabajaba con el servicio de seguridad kurdo, lo que les exponía a las represalias de los yihadistas. «Si llegamos a quedarnos media hora más, ya estaríamos muertos», asegura. Los Korkis -un clan de unas cincuenta personas- ya habían huido de Bagdad en 2006. Entonces empezaron de cero, y ahora lo han perdido todo. «Lo quemaron todo, nuestras pertenencias, nuestras casas. Entraron en casa, robaron lo que quisieron y quemaron todo lo demás», indica Loay, señalando dos bolsos negros de plástico. «Esto es todo lo que nos queda», se lamenta.

En Bartella trabajaba también Hussam Qiriakos, que hace años ejerció de traductor en un puesto de control de las tropas estadounidenses y habla inglés con un fuerte acento norteamericano. Durante varios años ha estado esperando uno de los visados especiales para los trabajadores que cooperaron con el Ejército de EE.UU. sin éxito. Hasta que la desgracia le alcanzó.

Cuando el pasado 7 de agosto la ciudad cayó en manos de Estado Islámico, huyeron a toda prisa en un coche hasta Erbil. “No podíamos quedarnos allí”, dice. Todo el dinero ganado con las tropas estadounidenses -decenas de miles de dólares, asegura- se quedó en Bartella, igual que los ahorros de varios miembros de su familia.

 

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