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julio 1, 2015 9:53 am

Carlos es enólogo de profesión, además de ser el responsable de un emprendimiento agrícola, y desde hace más de diez años decidió darle un giro espiritual a su vida. El hombre, divorciado hacía tiempo, pero confiado en que tenía mucho para brindar, al formar una nueva pareja decidió buscar la bendición de la Iglesia católica que un día lo casó.

El sacerdote le dio instrucciones de acudir al Arzobispado, donde se encontró con un portazo: “Me trataron mal y me dijeron que por qué iba a pedir una bendición si yo ya no pertenecía a la Iglesia. Eso me hizo muy mal, me sentí desprotegido completamente”.

Tiempo después, canalizó esa búsqueda espiritual en talleres de metafísica y leyes universales, hasta que llegó a los talleres del psicólogo transpersonal Daniel Taroppio, con quien trabajó en desarrollo personal. “Eso fue durante cuatro años. Ahí conocí a muchas personas espiritualmente lindas; hasta que motivados por la crisis de 2002 el grupo se disolvió y el responsable emigró a trabajar a Chile en una de las universidades y la persona que se hizo cargo en Mendoza armó todo para mujeres y ahí me quedé en banda sin poder hacer ese tipo de cosas que me gustaban”, recuerda Corvalán

El arte de vivir

“En el 2009, Octavio Videla le recomendó a mi pareja que hiciéramos un curso de la fundación internacional El Arte de Vivir. La acompañé por curiosidad, hice ese curso y sentí como si empezaran a correr cortinados en mi vida, y de a poco empecé a ver todo más claro”, relata Carlos, y fundamenta: “El peor enemigo es uno mismo, porque uno es el que se frena en un montón de cosas, los miedos te superan en otra, entonces no te das oportunidad de vivir en plenitud y no es que la vida no nos presente cosas lindas, sino porque nos boicoteamos. Al darme cuenta de que me estaba boicoteando, aprendí a frenar la mente y, en ese caso, es algo que no se hace de un día para otro, es un ejercicio permanente”.

Ese descubrimiento lo llevó a Corvalán a repetir el mismo curso en varias oportunidades y después pasar a un nivel más avanzado hasta llegar a ser uno de los instructores que esta fundación internacional tiene en Mendoza.

Dar conocimiento y amor

“El curso te ayuda a tomar conciencia del lugar en el que estés, qué sos y cuál es tu potencial. A ese potencial lo podés explotar aún más, o  dejar donde está. El mío es darme cuenta que puedo brindar amor y así las cosas salen bien”, reflexiona, quien a medida que se fue formando también iba ayudando a otras personas a recorrer un camino espiritual a través de meditaciones guiadas en distintos puntos de la provincia.

“Desde hace cuatro años doy técnicas de meditación al Refugio de los Abuelos, en el barrio La Favorita. Al principio no sabía si me escuchaban, si hacían los ejercicios o no, pero con el tiempo fui aprendiendo nombres y a preocuparme por cada uno de los que participaban y de su estado de salud, ya que considerar al otro es una forma de dar amor”, explica Carlos.

Meditación intramuros

Desde hace años se desarrollan en el mundo programas para erradicar la violencia dentro de las cárceles. Mendoza no está ajena a esta situación y también tiene personas que silenciosamente buscan la pacificación proveyéndose de herramientas como el yoga, la respiración y la meditación.

“Tuve la oportunidad de formarme como instructor en Buenos Aires y una vez que terminé me habilitaron para dar cursos en el penal San Felipe. Ahí he trabajado con jóvenes de 18 a 21 años y ahora con presos adultos. Me presento con mi nombre y sólo pregunto los suyos, además de contarles que estoy ahí para brindarles algunas herramientas que me han ayudado. Les digo que no puedo cambiarles la realidad, que es estar ahí por un tiempo, pero lo que sí les puedo ofrecer es la forma de ver cómo están ahí, y lo entienden. Son cursos que los hacen quienes quieren, en los que les enseñamos ejercicios con música y van adquiriendo confianza y los practican como si estuvieran afuera”.

Te compensa

A Carlos lo enorgullece escuchar comentarios de las autoridades penitenciarias con respecto a los cambios positivos en la conducta de los internos, pero más que nada que le confíen cosas como “usted me ha cambiado la vida”, a lo que el instructor responde que él “es un simple instrumento que ayuda a ver todo desde otro punto de vista”. “Se trata de personas que no han tenido cariño, ni contención en su niñez y  adolescencia y lo que les está pasando es consecuencia de ello. Si uno brinda afecto, ellos responden de la misma manera”.

Experiencia

Al indagar acerca del aprendizaje en cada uno de esos cursos que duran cinco días, el instructor nos cuenta: “Mientras más dura es la vida de los internos, los cambios son más notorios y eso enseña a tener más flexibilidad y comprensión. Las cosas no son como uno las quiere, sino como se presentan, y esa flexibilidad es la que me provoca ir al penal: yo voy a brindar afecto y conocimiento”, dice y agrega que no pregunta por los motivos por los que están ahí para no sentirse condicionado.

Tiempos violentos

Al encontrarnos frente a una persona que tiene la paz como estandarte personal no podemos dejar de pedirle un análisis en relación a la violencia social que se manifiesta en las casas, aulas, estadios, en definitiva, en la vida misma. “En primer lugar, no comemos sano, vivimos buscando la eficiencia y tratando de optimizar el tiempo. Estamos sobreexigidos en un montón de cosas, entonces estamos haciéndonos mucho daño a nosotros mismos con esos conceptos de ser eficientes. Queremos hacer varias cosas a la vez: manejamos y hablamos por teléfono, comemos mientras miramos televisión o leemos el diario para ver qué está pasando, pero nos esta faltando tiempo para encontrarnos con nosotros mismos. Nos vamos a acostar y en la habitación tenemos el televisor para dormirnos, aunque tenemos herramientas más sencillas, profundas y baratas, como la meditación. Está comprobado que entre 20 y 30 minutos de meditación diaria equivalen a tres horas de sueño, de descanso”.

En sintonía con uno mismo

“Siento que soy el mismo pero evolucionado: he aprendido a no quejarme, no protestar, dar las gracias, agradecer lo que la vida me brindó. Tener una sonrisa aunque tenga problemas, porque los tenemos todos, y los llevás al hombro o a la rastra; en ese caso pesan el doble, pero si los llevás con dignidad, la cosa cambia”, reflexiona el protagonista de nuestra nota.

“Los más grandes, como yo, conocimos la radio, que para escuchar con nitidez lo que decía el locutor había que sintonizarla correctamente en el dial. Eso es lo que no hacemos con nosotros mismos, no nos escuchamos, no disfrutamos de estar solos. La meditación viene a hacernos sintonizar la frecuencia que corresponde para encontrarnos”, explica Carlos.

Para ello, propone tres pasos importantes: “Primero, reconocer que tenemos herramientas, segundo, ponerlas en práctica y tercero, aprender a encontrar la diferencia”.

“Cuando veo que me equivoco menos y tengo paz, estoy adquiriendo sabiduría”, concluye.

Rebeca Rodríguez Viñolo

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