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Narcóticos anónimos: del infierno al cielo en 12 pasos
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Por Redacción

Narcóticos anónimos: del infierno al cielo en 12 pasos



Gonzalo, entre la vida y la muerte


“Al principio no sabía bien qué era lo que me pasaba, con el tiempo vi que era una enfermedad. Empecé a consumir de chiquito como una cuestión de distracción, para integrarme; vivía en un barrio en Buenos Aires donde era relativamente normal consumir, empecé pensando que cuando quería dejaba, que era controlable. Pasé muy rápido de pensar que era un juego de un viernes por la noche o para conocer gente, a sentir la necesidad de consumir para poder funcionar en la sociedad o en cualquier ámbito. Por ejemplo, para encarar a una chica hasta para divertirte con otra persona”. Así arranca su relato Gonzalo, quien consumió todo tipo de drogas desde los 13 a los 17 y hoy, después de 20 años “limpio”, puede evocar su historia y ayudar a otros a salir del infierno.


“Consumí bastante, dejé la escuela y todo se empezó a complicar. Hice muchas cosas que nunca me imaginé podía hacer y eso no es un dato menor: robar, faltarles el respeto a mis padres, hacer lío en mi casa. Al principio le sacaba plata a mi vieja pero en algún momento se dieron cuenta de que faltaba dinero u objetos y empezaron a tomar recaudos y ya no era posible hacerlo”, recuerda quien pasó de robar en su casa a hacerlo fuera de ella.


“Después fui teniendo muchos clicks emocionales, como culpa, vergüenza, sentirme rechazado incluso por mi familia, para quien ya no era una persona confiable”, dice Gonzalo, y agrega: “Tuve una situación complicada en la que recibí varios tiros y ahí me vi entre la vida y la muerte: era mi vida la que estaba en juego”.


Una mano amiga


“Una amiga de la familia vio una entrevista que le hacían a chicos de Narcóticos Anónimos, anotó los números de contacto y le pasó la información a mi mamá”, explica con otra mirada el hombre que por esos días sentía que nada de lo que estaba haciendo en su vida tenía que ver con las enseñanzas que había recibido en su hogar. Esto le indicó que era hora de parar la pelota y asistió al grupo para empezar su recuperación.


“Por primera vez me sentí entendido. Estaba con gente que había pasado por lo mismo y que de alguna manera sabía lo que yo no sabía y que era cómo salir”. Pero Juan tuvo, como muchos, una recaída que sirvió para valorar aún más el trabajo interior que estaba llevando adelante y volvió nuevamente al grupo por él y por sus compañeros.


“A partir de ahí empecé a sumar: nosotros lo llamamos días limpios y tienen que ver con una limpieza por dentro, la limpieza de sentirse digno”, explica.


El calvario de Juan


“Soy un adicto en recuperación y tengo dos años y medio limpio, sin consumir nada”, comenta Juan en el inicio de su historia. “Arranqué de muy chico, primero con el cigarrillo y después con el alcohol. Me gustó el efecto y a los 10 años empecé a buscar plata para comprar cigarrillos. Mi papá era alcohólico, maltrataba a mi mamá, a mí y a mis hermanos todos los días. Siempre convivió la enfermedad dentro de la casa y ahora me di cuenta de que no me hice, nací adicto”, explica.


“Fuimos acostumbrándonos a hacer lo mismo, violentar a la gente, llevarnos lo que no era nuestro, a consumir cada vez más, incluso a robar las pastillas del tratamiento psiquiátrico de mi viejo, siempre tratando de calmar ese dolor de soledad y de todo lo que pasamos con la familia, como estar aislados del resto del grupo”, explica el hombre que al día de hoy no conoce a muchos de sus familiares por ese mismo motivo.


“Con 17 años nadie me podía tocar un pelo, compré una personalidad que no tiene nada que ver con lo que yo soy”, define Juan lo que fue vivir con una coraza inventada que le evitaba sufrir más.


“Consumía lo que encontraba, siempre lo más barato y a cualquier costo, siempre andaba buscando el efecto de la primera vez, y ese efecto es único y nunca más se logra”, dice.


“A los 19 años me fui de mi casa, me ‘junté’ con quien hoy es mi señora y decidí parar un poco el tema. Pero después me di cuenta de que se multiplicó”, relata Juan, quien dejó a su familia muchas veces sin posibilidad de tener alimentos en la mesa, no pagar las cuentas y, en otras oportunidades, la necesidad de consumir lo llevó a vender las pocas cosas que tenía en su casa.


“En los últimos años que consumí, vi un montón de amigos a los que mataban, fallecían enfermos o estaban presos y sabía que ése iba a ser mi destino. Eso es la droga: cárcel, hospital y muerte, aunque a veces no llegan en el mismo orden”, resume el joven adulto que pudo evitar lo que presagiaba.


Una sobredosis, policía sacándolo de su casa y los médicos explicándole las pocas expectativas de vida en un cuerpo tan dañado, marcaron el inicio del cambio. Intentó internarse en uno de los hospitales para pacientes con problemas psiquiátricos pero no lo recibieron porque en ese momento “estaba bien”.


A través de un amigo llegó a Narcóticos Anónimos, aunque reconoce que esa primera vez no tenía el deseo de dejar de consumir, por lo que después de cumplir 90 días, incorporó el alcohol y tuvo una recaída con las drogas. Después de una gran descompostura y nueve meses sin asistir al grupo, Juan decidió volver, pero esta vez con la idea de ser un hombre nuevo, y lo está logrando.


Hoy, lejos del infierno


Tanto Gonzalo como Juan ahora son hombres nuevos, y capitalizaron toda su experiencia para seguir en recuperación, pero también para ayudar a otros a salir de lo mismo.


Ambos empezaron a sentirse orgullosos de sí mismos, a cumplir metas, a caminar por la calle sin sentir la mirada acusadora de la sociedad, logrando que los empezaran a ver como personas confiables.


Los dos aseguran que no serviría de nada dejar las drogas y ser mala persona, y reconocen que por ese motivo en Narcóticos Anónimos lo que se busca es cambiar todo aquello que los acerca a lo que eran y ya no quieren ser, compartiendo el mismo dolor y empezando a construir su vida desde tres pilares básicos e innegociables: la honestidad, la receptividad y la buena voluntad.


“En NA venimos del mismo infierno y vamos para el mismo lado: vivir mejor”, es la frase de Gonzalo que elegimos para cerrar la nota.


Reuniones de N.A. en Gran Mendoza


Grupo “Creciendo” de lunes a viernes de 20.30 a 22.30 hs y sábados de 18.30 a 20.30 en Maipú 320. Godoy cruz


En la iglesia de Carrodilla frente al calvario los días calvario martes de 20.30 a 22 y domingo en la mañana de 10.30 a 12 hs


Más información


08003334720 línea nacional


Celular 2615393629


www.na.org.ar


Facebook/narcóticos anónimos Mendoza


Por Rebeca Rodríguz Viñolo – Diario El Ciudadano on line


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Narcóticos anónimos: del infierno al cielo en 12 pasos

Gonzalo, entre la vida y la muerte

“Al principio no sabía bien qué era lo que me pasaba, con el tiempo vi que era una enfermedad. Empecé a consumir de chiquito como una cuestión de distracción, para integrarme; vivía en un barrio en Buenos Aires donde era relativamente normal consumir, empecé pensando que cuando quería dejaba, que era controlable. Pasé muy rápido de pensar que era un juego de un viernes por la noche o para conocer gente, a sentir la necesidad de consumir para poder funcionar en la sociedad o en cualquier ámbito. Por ejemplo, para encarar a una chica hasta para divertirte con otra persona”. Así arranca su relato Gonzalo, quien consumió todo tipo de drogas desde los 13 a los 17 y hoy, después de 20 años “limpio”, puede evocar su historia y ayudar a otros a salir del infierno.

“Consumí bastante, dejé la escuela y todo se empezó a complicar. Hice muchas cosas que nunca me imaginé podía hacer y eso no es un dato menor: robar, faltarles el respeto a mis padres, hacer lío en mi casa. Al principio le sacaba plata a mi vieja pero en algún momento se dieron cuenta de que faltaba dinero u objetos y empezaron a tomar recaudos y ya no era posible hacerlo”, recuerda quien pasó de robar en su casa a hacerlo fuera de ella.

“Después fui teniendo muchos clicks emocionales, como culpa, vergüenza, sentirme rechazado incluso por mi familia, para quien ya no era una persona confiable”, dice Gonzalo, y agrega: “Tuve una situación complicada en la que recibí varios tiros y ahí me vi entre la vida y la muerte: era mi vida la que estaba en juego”.

Una mano amiga

“Una amiga de la familia vio una entrevista que le hacían a chicos de Narcóticos Anónimos, anotó los números de contacto y le pasó la información a mi mamá”, explica con otra mirada el hombre que por esos días sentía que nada de lo que estaba haciendo en su vida tenía que ver con las enseñanzas que había recibido en su hogar. Esto le indicó que era hora de parar la pelota y asistió al grupo para empezar su recuperación.

“Por primera vez me sentí entendido. Estaba con gente que había pasado por lo mismo y que de alguna manera sabía lo que yo no sabía y que era cómo salir”. Pero Juan tuvo, como muchos, una recaída que sirvió para valorar aún más el trabajo interior que estaba llevando adelante y volvió nuevamente al grupo por él y por sus compañeros.

“A partir de ahí empecé a sumar: nosotros lo llamamos días limpios y tienen que ver con una limpieza por dentro, la limpieza de sentirse digno”, explica.

El calvario de Juan

“Soy un adicto en recuperación y tengo dos años y medio limpio, sin consumir nada”, comenta Juan en el inicio de su historia. “Arranqué de muy chico, primero con el cigarrillo y después con el alcohol. Me gustó el efecto y a los 10 años empecé a buscar plata para comprar cigarrillos. Mi papá era alcohólico, maltrataba a mi mamá, a mí y a mis hermanos todos los días. Siempre convivió la enfermedad dentro de la casa y ahora me di cuenta de que no me hice, nací adicto”, explica.

“Fuimos acostumbrándonos a hacer lo mismo, violentar a la gente, llevarnos lo que no era nuestro, a consumir cada vez más, incluso a robar las pastillas del tratamiento psiquiátrico de mi viejo, siempre tratando de calmar ese dolor de soledad y de todo lo que pasamos con la familia, como estar aislados del resto del grupo”, explica el hombre que al día de hoy no conoce a muchos de sus familiares por ese mismo motivo.

“Con 17 años nadie me podía tocar un pelo, compré una personalidad que no tiene nada que ver con lo que yo soy”, define Juan lo que fue vivir con una coraza inventada que le evitaba sufrir más.

“Consumía lo que encontraba, siempre lo más barato y a cualquier costo, siempre andaba buscando el efecto de la primera vez, y ese efecto es único y nunca más se logra”, dice.

“A los 19 años me fui de mi casa, me ‘junté’ con quien hoy es mi señora y decidí parar un poco el tema. Pero después me di cuenta de que se multiplicó”, relata Juan, quien dejó a su familia muchas veces sin posibilidad de tener alimentos en la mesa, no pagar las cuentas y, en otras oportunidades, la necesidad de consumir lo llevó a vender las pocas cosas que tenía en su casa.

“En los últimos años que consumí, vi un montón de amigos a los que mataban, fallecían enfermos o estaban presos y sabía que ése iba a ser mi destino. Eso es la droga: cárcel, hospital y muerte, aunque a veces no llegan en el mismo orden”, resume el joven adulto que pudo evitar lo que presagiaba.

Una sobredosis, policía sacándolo de su casa y los médicos explicándole las pocas expectativas de vida en un cuerpo tan dañado, marcaron el inicio del cambio. Intentó internarse en uno de los hospitales para pacientes con problemas psiquiátricos pero no lo recibieron porque en ese momento “estaba bien”.

A través de un amigo llegó a Narcóticos Anónimos, aunque reconoce que esa primera vez no tenía el deseo de dejar de consumir, por lo que después de cumplir 90 días, incorporó el alcohol y tuvo una recaída con las drogas. Después de una gran descompostura y nueve meses sin asistir al grupo, Juan decidió volver, pero esta vez con la idea de ser un hombre nuevo, y lo está logrando.

Hoy, lejos del infierno

Tanto Gonzalo como Juan ahora son hombres nuevos, y capitalizaron toda su experiencia para seguir en recuperación, pero también para ayudar a otros a salir de lo mismo.

Ambos empezaron a sentirse orgullosos de sí mismos, a cumplir metas, a caminar por la calle sin sentir la mirada acusadora de la sociedad, logrando que los empezaran a ver como personas confiables.

Los dos aseguran que no serviría de nada dejar las drogas y ser mala persona, y reconocen que por ese motivo en Narcóticos Anónimos lo que se busca es cambiar todo aquello que los acerca a lo que eran y ya no quieren ser, compartiendo el mismo dolor y empezando a construir su vida desde tres pilares básicos e innegociables: la honestidad, la receptividad y la buena voluntad.

“En NA venimos del mismo infierno y vamos para el mismo lado: vivir mejor”, es la frase de Gonzalo que elegimos para cerrar la nota.

Reuniones de N.A. en Gran Mendoza

Grupo “Creciendo” de lunes a viernes de 20.30 a 22.30 hs y sábados de 18.30 a 20.30 en Maipú 320. Godoy cruz

En la iglesia de Carrodilla frente al calvario los días calvario martes de 20.30 a 22 y domingo en la mañana de 10.30 a 12 hs

Más información

08003334720 línea nacional

Celular 2615393629

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Facebook/narcóticos anónimos Mendoza

Por Rebeca Rodríguz Viñolo – Diario El Ciudadano on line

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