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abril 2, 2015 8:49 am

Conocimos su nombre y parte de su obra cuando, desesperada por las consecuencias de las fuertes lluvias de febrero, Susana Velázquez se comunicó con algunos medios para pedir ayuda y ese mensaje se multiplicó, gracias a las redes sociales.
También por esos días, y con la misma angustia, le escribió una carta al papa Francisco para pedirle su bendición y, si podía, su ayuda también. No ha recibido respuesta, pero como es una mujer de fe no pierde las esperanzas de ver crecer la organización que diariamente lea da comida, contención y educación a más de cien niños del Bajo Luján.
Se trata de Rinconcito de Luz, un espacio donde diariamente desayunan, merendan y almuerzan 140 niños, además de recibir apoyo educativo y clases de plástica y música, entre otras actividades. Algunos de los niños asisten acompañados de sus mamás, lo que para Susana no sólo es saludable, sino que además es parte del “educar en afectividad”.
Susana es docente o “profesora de Educación Primaria, como se le decía antes…”, asegura entre risas y agrega que ejerció su profesión dentro de la escuela tradicional hasta que nació su cuarto hijo, y desde entonces se dedicó de lleno a “ser mamá a tiempo completo”. Pero siempre que pudo, ayudó desde su lugar: de hecho fue coordinadora de Solidaridad Marista en Mendoza y eso le permitió conocer y colaborar con otras realidades menos auspiciosas.

Momentos educativos
Para hacernos conocer mejor lo que significa Rinconcito de Luz en su vida, “retrocede” hasta fines de 2011. “Yo estaba trabajando en la Secretaría de Cultura como monitora de las orquestas infantiles de Las Heras y Guaymallén y la de Lavalle, que estaba en formación, me ofrecieron ser parte de un SEOS (Servicios Educativos de Origen Social) que se instalan en las comunidades que los necesitan dadas las características de vulnerabilidad de la población. Yo entendía el concepto de escuela pero no el de educar en este tipo de contextos”, relató Susana, y siguió: “Fui a ver el lugar porque el proyecto ya estaba aprobado; empecé sola, pero ya tenía cuatro cargos docentes”.
Si bien para muchos el año lectivo había terminado, para esta docente estaba empezando el desafío. “Mi primera Navidad en ese lugar fue hermosa. Estábamos en la habitación de una casa y la pasamos con los chicos en el barrio San Cayetano. Conseguimos donaciones, compartimos la mesa y a pesar de llevar diez días de conocernos fue realmente lo que siempre hemos propuesto, que sean momentos educativos, que sirvan, que no sean momentos vacíos y que el chico se lleve algo de esa experiencia”, explica la mujer.
Una vez que Susana y el grupo de docentes llegó al Bajo Luján estrecharon lazos tan fuertes con niños y grandes de los barrios San Cayetano, Jardín Costero, Juan XXIII, Patrón Santiago y Costanera Sur, que su compromiso fue más allá de un mero acto educativo: se trató de un compromiso de cuerpo entero.

Espejitos
“En nuestros primeros encuentros con los chicos solía sacarles fotos y mostrárselas para que se vieran y ellos al mirarse no se reconocían. Ahí me di cuenta de que muchos de ellos nunca se habían visto en un espejo y otros tantos ni siquiera tenían baño en sus casas. Eso me enseñó que hay muchas cosas que no puedo dar por sentadas, que son muy diferentes a lo que uno vive”, lo que para ella fue una “cachetada”, resumió Susana. Pero lejos de lamentarse colocó espejos a la altura de las caritas de los chicos y un medio tacho para que se higienizaran antes de merendar, todo esto en la cochera que le presta Yolanda, una de las señoras del barrio donde funciona el Rinconcito.

Paso a paso
A medida que pasaba el tiempo las inquietudes y las ganas de dar más sumaban adeptos, y así en el invierno de 2012 –y gracias a los que se sumaron con un pequeño aporte– nació ‘La movida de Antonio’, una acción de amigos anónimos que colaboran con lo que pueden y así a los chicos del Rinconcito no les falta el almuerzo de cada día.
“La ayuda de la gente, tanto de los familiares y amigos como de las personas que no conozco es importantísima para nosotros y estoy muy agradecida a todos los que nos ayudan”, dijo la mujer con una sonrisa enorme. “He tenido días donde he salido de mi casa sin nada para preparar el almuerzo y en el camino hasta el Rinconcito me han ido llamando para que pase a buscar mercadería por algún lado y, mágicamente, de repente, he tenido todo para preparar una rica comida. Se multiplican las cosas, no se cómo pasa, pero es mágico que suceda”, explicó.

Compartir, esa es la historia
“Lo único que quiero es tener un espacio donde estos niños puedan encontrarse. En el Bajo no hay una plaza, ni una institución, posta sanitaria o un lugar donde puedan hacer un velorio o un cumpleaños, no hay nada. La conducta de la gente es individualista; piensan sólo en ellos porque no tienen incorporada la idea de vivir en comunidad, de compartir. La tristeza más grande es que no puedan compartir ni las alegrías ni las tristezas…”, explicó Susana y, quizás movilizada por esto y muchas cosas más, es que logró un terreno para construir ese lugar del encuentro del que habla, que les permita no sólo seguir desarrollando las actividades educativas y artísticas que realizan, sino también desayunar y almorzar dignamente. “Tener un baño digno”, dice Susana, y explica que “se pudo construir gracias a que una de las mamás juntó ladrillos del río y los llevó al Rinconcito con ese fin, lo que fue muy útil”. Además, la docente sueña con sanitarios con duchas, ya que muchas de las familias del Bajo no cuentan con ese “lujo”.
Susana también sueña con un lugar donde las mamás puedan continuar alfabetizándose, tal como hizo un grupo el año pasado con el Plan Fines, o donde poder recibir al Móvil de Documentación Rápida, ya que al menos 30 niños de los que allí viven no tienen su DNI, lo que significa, ni más ni menos, que no existen para el sistema.

Cooperadora
“Con los docentes vimos la necesidad de organizarnos para poder acceder a financiamientos de proyectos, subsidios y ayudas. Entonces se organizaron y creamos la cooperadora Comedor La Morada del Rinconcito. Tenemos proyectos para realizar con los chicos y las mamás, como emprendimientos textiles, economía familiar etcétera”, contó la mujer.
Desde que la docente se hizo cargo de llevar adelante este espacio educativo, no ha parado de conectarse con distintas personas con la única finalidad de mejorar la calidad de vida de miles de personas que viven en el estigmatizado Bajo Luján y que no forman parte de las estadísticas de crecimiento y prosperidad.
Así ha logrado trabajar con alumnos de la carrera de Odontología de la Universidad de Mendoza, con la Fundación Conin derivando casos de desnutrición, con el Banco de Alimentos accediendo a productos de buena calidad y a bajísimo costo, aunque la gran meta es construir la sede de Rinconcito, por lo que quienes lo deseen puede sumar su ayuda./ Rebeca Rodriguez

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