homenaje

mayo 27, 2016 5:53 pm

“Hace 71 años, la muerte cayó del cielo”. Con estas palabras, Barack Obama comenzó este viernes un discurso histórico en Hiroshima. Por primera vez, un presidente de Estados Unidos ha acudido a esta ciudad del sur de Japón, la primera en sufrir un ataque nuclear, para honrar a los más de 200.000 muertos que, en agosto de 1945, dejaron las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Con ambos artefactos, los más mortíferos concebidos por el ser humano, el país del norte demostró su poder de destrucción y forzó la rendición del imperio del Sol Naciente, pero abrió también una nueva época marcada por el miedo a un apocalipsis nuclear.

“Un resplandor y una bola de fuego arrasaron la ciudad, demostrando que la Humanidad había conseguido los medios para destruirse a sí misma”, recordó Obama, quien llegó a Hiroshima acompañado por el primer ministro nipón, Shinzo Abe. Tras visitar brevemente el Museo de la Paz, donde Obama abogó por “un mundo sin armas nucleares” en el libro de visitantes, ambos depositaron sendas coronas de flores ante el cenotafio que honra a las víctimas de aquella tragedia. Ante un grupo muy reducido de asistentes, entre los que había varios “hibakusha” (supervivientes de la bomba atómica), Obama homenajeó no solo a los muertos de Hiroshima y Nagasaki, sino a todos los de la Segunda Guerra Mundial.

“Hemos venido aquí a reflexionar sobre una fuerza terrible liberada en un pasado no muy lejano. Venimos a honrar a los muertos”, anunció con voz pausada mientras, a su espalda, se erigía la fantasmagórica Cúpula de la Bomba Atómica, (Genbaku), el único edificio que resistió el ataque y hoy, en ruinas, es un icono de la capacidad destructiva que tiene la Humanidad.

“Tenemos una responsabilidad compartida, para mirar directamente a los ojos de la historia y preguntar lo que debemos hacer de forma diferente para que evitar que este sufrimiento se repita”, sostuvo el inquilino de la Casa Blanca, quien indicó que “la memoria de Hiroshima nunca se apagará”. “Entre esas naciones como la mía, que disponen de armas nucleares, debemos tener el valor de escapar de la lógica del miedo y aspirar a un mundo sin ellas”, propuso Obama de forma idealista. Sin embargo, también sacó a relucir su realismo al admitir que “puede que no consigamos este objetivo en mi vida, pero los esfuerzos persistentes evitarán la posibilidad de una catástrofe porque podemos tratar de desmantelar el arsenal nuclear y evitar su proliferación”.

Obama reafirmó su discurso en pos del desarme nuclear, que le valió el Premio Nobel de la Paz en 2009. Al término de su alocución, se vivió un momento emocionante cuando se acercó a dos “hibakusha” para charlar brevemente y abrazar a uno de ellos. Para concluir esta histórica visita, se alejó caminando hacia la Cúpula de la Bomba Atómica, estremecedor símbolo del poder autodestructivo que tiene el ser humano.

 

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