Desfile militar

mayo 20, 2016 10:07 am

Para empezar, hay que reconocer que en la República Argentina la ocupación de la calle y la política van tan hermanadas que negarlo es, a la par de una ignorancia histórica, una buena prueba de candidez política.

Para seguir, podemos decir, por ejemplo, que los peronistas dicen que ellos organizaron la primera ocupación de la calle con los sindicalistas Cipriano Reyes e Isabel Ernst, inspirados por una tal Eva Duarte para liberar a quien sería pronto su marido y que estaba preso en la isla Martín García. El resto de la historia es bien conocida.

Por su parte, los radicales reclaman para ellos un hecho más antiguo. Y nos hablan de la denominada Revolución del Parque, la que –recuerdan– también comenzó con un gran mitin y una marcha, acto en el que se fundó la UCR.

Otros, aún más extremos, dicen que el mismísimo 25 de mayo de 1810 no fue otra cosa que una ocupación pacífica de las calles de barro frente al Cabildo y al Fuerte de Buenos Aires, con lluvia, pero sin paraguas, organizada por los Patricios de Cornelio Saavedra.
Lo concreto es que la calle ha jugado, siempre, un importante rol del la historia política argentina.

Mucho más recientemente, tres marchas sacudieron el escenario político local. La primera, fue la organizada por los seguidores de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner para demostrarle su apoyo ante una citación judicial de la que era objeto. Se trató de una marcha de carácter militante, que incluyó hasta el despliegue de dispositivos de seguridad propios.

La segunda, fue la marcha impulsada por las cinco centrales obreras para reclamar aspectos vinculados con su actividad. Se trató de una de carácter mucho más masivo y abierto que la anterior.

La tercera, estuvo a cargo de las tradicionales organizaciones de la izquierda universitaria en reclamo de un mayor presupuesto, entre otras cosas.

Con sus matices y con sus diferencias, no puede negarse que ellas produjeron poderosos mensajes políticos. Los que fueron posteriormente utilizados por sus respectivos organizadores en función de sus respectivos proyectos.

Por el contrario, el oficialismo parece no ser afecto al uso de la calle para la expresión de su ideario político. Probablemente, sea esto una cuestión de estilo. Un estilo que busca privilegiar la gestión por sobre las formas de la política tradicional.

Pero ello no soluciona el problema de fondo, cual la importancia política de controlar la calle. O al menos, el poder hacerlo en momentos importantes.

Nos preguntamos, en ese sentido: ¿cómo podría el oficialismo hacerse dueño de la calle para alguna ocasión importante? Una cuestión que, como sabemos, para resolverse debería disponer, tanto de un ‘knowhow’ que desconoce como de una logística partidista de la que carece.

Pero ello no significa que no pueda hacerlo. Para eso dispone de los ingentes medios del Estado que administra. Obviamente, que no estamos hablando de una ocupación de la calle de carácter partidista, sino de una superadora que incluya el festejo de una fiesta patria.

Por ejemplo, la realización de un desfile cívico-militar para la celebración del próximo aniversario de nuestra Independencia Nacional, cumpliría con los todos los efectos deseados de una ocupación de la calle, a la par de que sumaria otros benéficos de la que esta carece.

Al respecto, decían los poetas latinos que el orgullo de un pueblo se basa en el recuerdo de las glorias guerreras de sus armas. Lo que lo templa y lo anima para encarar nuevas empresas.

En este sentido, las legiones romanas eran la marca externa del poder sobre el que Senado y el pueblo de Roma ejercerían su imperium.
Hoy, en línea con esa tradición, son legión los estados que tienen su desfile anual. Desde las famosas paradas el Ejército Ruso en la Plaza Roja hasta el Día de las Glorias de Chile de nuestros amigos trasandinos en Santiago.

Nosotros, estamos como estamos –entre otras cosas– porque hemos perdido ese sano orgullo. Uno que no es producto de un belicismo enfermizo ni de un pueril jugar a los soldados. Es otra cosa. Es la posibilidad de reconocernos, nosotros, los argentinos, como un proyecto colectivo de vida en común de cara al resto de los pueblos del mundo.

Un orgullo que empieza por sostener nuestros valores nacionales como la libertad y la independencia. Que pugna por un desarrollo armónico de nuestra población. Pero que continúa en la articulación de políticas de Estado que se proyecten sobre nuestro espacio para atesorarlo y cuidarlo.

Así como el agricultor prepara sus herramientas para la labranza, el Estado debe forjar las armas para su defensa. Simplemente, porque la historia y la geografía de la Patria se lo imponen, de la misma forma que la dureza del suelo y del clima se lo imputan al labriego.

Es probable que un desfile no haga mucho para la preparación militar. Pero es una ceremonia que bien materializa ese vínculo sagrado entre el Estado, su pueblo y una de sus instituciones fundacionales.

En ese sentido, nadie cree que las banderas de ceremonias o que los uniformes históricos que encabezan un desfile sean la Patria misma.

Hoy preferirnos enorgullecernos con el crecimiento del PBI o la caída del índice de pobreza. Pero son un potente símbolo que permite mantener vivo el orgullo nacional en el corazón de las masas. Una encarnación que garantiza que el mejor de los futuros será posible más allá de las dificultades del presente. Simplemente, porque fuimos capaces de hacerlo en el pasado.

No reconocerlo sería un error, especialmente en una era que ha hecho de la representación virtual de la realidad, algo más importante que la realidad misma.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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