septiembre 5, 2015 1:33 pm

Entre los males que nos dejarán los populismos en la Región, uno de los más difíciles de curar, será el miedo a las palabras. No el miedo a lo que ciertas palabras significan, sino al simple hecho de pronunciarlas. Una especie de superstición política que se ha transformado en un trauma social. Un fetiche que está relacionado con la negación de la realidad.

Bonanza económica o acierto político

Desde hace apenas unas semanas afrontamos un mundo que ha cambiado y esto no debería sorprendernos. El mundo de las finanzas y la economía está en continua mutación; mercados que en un momento están para arriba y de pronto se contraen. Los precios de las materias primas fluctúan por períodos más o menos prolongados, según el juego de la oferta y la demanda y que, a su vez, son influidos por diversos factores políticos y sociales.

La economía, como las mareas, los vientos y los terremotos, es parte de la naturaleza y como tal, también suele dar señales de alerta. Durante las últimas semanas se ha manifestado desde el extremo oriente y, en nuestro caso, la principal víctima es el precio de las materias primas. La preocupación por el deterioro de la economía mundial que está produciendo la situación de la economía china, en muchos casos, ha agravado los problemas de los países emergentes y, particularmente, golpeará sobre aquellos proveedores de productos agroalimentarios.

Hubo un largo período de bonanza en el que la economía china hizo florecer el precio de los commodities, favoreciendo a una gran parte de los países emergentes, entre ellos el nuestro. Muchos gobiernos se vieron tentados a adjudicar esas bonanzas a aciertos políticos de sistemas que, en realidad, están desactualizados y en gran medida perimidos. China se convirtió en estos últimos años en el gran consumidor de esas materias primas y, seguramente, lo seguirá siendo.

La crisis que viene atravesando Brasil, con un gobierno cada vez más jaqueado por las denuncias de corrupción y azotado por una persistente crisis económica que muestra una creciente recesión, caída de la recaudación y un considerable aumento de la inflación,  tiene algunas particularidades que nos gustaría resaltar.

La principal ventaja del Brasil con respecto a algunos socios del Mercosur es tal vez su sinceridad y franqueza política, hacia adentro y hacia afuera del partido gobernante. Aunque la alianza que han sabido construir, Luiz Inácio Lula primero, y Dilma Rousseff después, se encuentre en franco deterioro, tanto los políticos del gobierno (PT), sus aliados del socialista PSB y el democrático laboral PDT, como los de la oposición del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), utilizan reglas de juego limpias en el debate político y en el ejercicio de la función pública. No son carmelitas descalzas, nada de eso, pero todavía mantienen ciertas reglas de juego que transparentan la contienda política.

Pero para Brasil no hay solamente un dato positivo. Uno de ellos -que no es poco- es que la economía del Brasil mantiene una importante capacidad de maniobra y libertad de acción, dadas las reservas que posee su Banco Central. Los distintos gobiernos que se sucedieron supieron aprovechar en algo estos años de bonanza y acumular reservas por encima de los 360 mil millones de dólares.

Los parches y los plazos

Esto nos está hablando que, en el fondo, la crisis brasileña es más política que económica, con el escándalo de corrupción como principal motor del deterioro económico. También indica que, así caiga el gobierno del PT, envuelto en una grave crisis de corrupción -a su vez es política-, quién asuma un nuevo mandato, tendrá recursos que le permitirán hacer frente a los graves desajustes económicos.

El uso de la “chicana política” parece no ser una norma tan frecuente en Brasil. El presupuesto enviado al congreso en estos días por el gobierno, para el año próximo, es un presupuesto deficitario. Y la principal oposición puso de manifiesto el mérito que tiene el sinceramiento del gobierno y de su ministro de economía Joaquim Levy en reconocer los graves problemas económicos y políticos por los que atraviesa el País.

Ruborizarse por tener un 9% de inflación es, para quienes nos hemos acostumbrados a cifras que rondan el 25%, un extraño e incomprensible caso de sincericidio político. Justo es decirlo, para nuestros políticos esto sería como una flagelación política sin sentido. En Brasil, al parecer las reservas, no se tocan con tanta facilidad.

Ha sido pública esta semana la falta de sintonía –como dice el diario O Globo- entre los ministros de Economía, Joaquim Levy y el ministro de planeamiento, Nelson Barbosa, que mostraron un claro desacuerdo entre ellos. Se trata del verdadero y saludable juego de poder en una democracia plena. Levy insistió en recortar aún más el gasto público, al extremo de hacer que los propios integrantes del gobierno lo acusaran de pretender acabar con la asignación familiar y dejar de pagar a los jubilados; y afirmar que el ministro de economía pretende ser “más realista que el rey” (más papista que el Papa) al no comprender que el gobierno vive una crisis de gobernabilidad.

Los parches en la economía tal vez sirvan para salvar momentáneamente un error de gobierno, pero no son de utilidad en el mediano y largo plazo. Diríamos, por el contrario, que siempre ayudan a empeorar la situación. Nuestra ignorancia nos hace creer que, si no se pronuncia eso que nos infunde temor, no se producirá. Otra forma de negar la realidad.

Circunstancias que nos hacen sospechar, que las razones por las cuales Brasil no rompió definitivamente con el Mercosur no son económicas, sino casi exclusivamente políticas y estratégicas.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional “Santa Romana”. Autor de “El Momento es Ahora” y “El ABC de la Defensa Nacional”.

 

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