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septiembre 23, 2016 12:44 pm

No cabe duda que la realidad se compone tanto de cuestiones materiales como de inmateriales. Entre las primeras, encontramos cuestiones que, por lo general, son aceptadas sin mucha discusión, aunque su calificación pueda variar de persona a persona.

Por su parte, las segundas son más difíciles de evaluar, pues no tienen una existencia concreta aunque tengan sujetos y gestos que las encarnen. Como tales, ellas se conforman en torno a una percepción más o menos compleja.

Parecería ser que los argentinos damos la imagen de guiarnos más por las segundas que por las primeras. Muchos creen que hacemos mejor las cosas cuando éstas tienen la doble característica de que agradan a nuestro orgullo y que a la vez son difíciles de obtener, imponiéndonos un desafío.

Por ejemplo, tal como lo sostiene Jorge Castro, “La cuestión Malvinas no es menor para la Argentina. En un país tan frustrado históricamente y tan dividido internamente…”. Al respecto, agrega: “En este camino de logros, realización, y unidad, la recuperación de Malvinas, para la Argentina y América del Sur –integrando un proyecto de protagonismo global de la región– puede convertirse en el punto de inflexión de una larga trayectoria nacional, tantas veces frustrada, que llevaría finalmente a su culminación.”

Todos los gobiernos argentinos han percibido o al menos intuido la importancia de Malvinas. Creemos que es nuestra obligación comenzar a solucionarlo, asumiendo que la lucidez es la principal característica de una política de Estado.

Pero nada hay más perverso en política que desear algo y no poner los medios efectivos para obtenerlo. Ya que, por un lado, perdimos una guerra destinada a recuperarla, y por el otro, nos hemos embretado en una larga negociación que no progresa desde hace años.

¿Cuál es el camino?

Entonces, ¿cómo salir de esta situación? Desde un principio, la posición argentina se ha basado en la existencia de un conflicto bilateral por la soberanía de las Islas Malvinas, otras islas cercanas y sus aguas adyacentes entre la República Argentina y el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Por su parte, Gran Bretaña sostiene que existe un tercer actor: la población local. Una que recientemente, mediante un referéndum, expresó su voluntad de formar parte de un territorio británico de ultramar.

La postura argentina ha negado siempre la existencia de este tercer actor, agregando que las resoluciones de la ONU solo la obligan a tener en cuenta sus intereses. Esta postura ha asumido, a priori, que los intereses de los isleños estarán siempre del lado de la Gran Bretaña. Por historia y por tradición. Pero, ¿qué sucedería si esto pudiera ser modificado?

Para reforzarla, algunos han llegado a la exageración de considerar como traición a la Patria cualquier contacto con esta parte y la intención de querer modificarla. Llegando a extremos ridículos como el del fetichismo de sostener que es un acto de aceptación de soberanía británica el simple trámite administrativo de hacerse sellar el pasaporte por las autoridades isleñas.

Sin embargo, no pareciera haber otro camino que este. Conquistar la mente y los corazones de los isleños. En principio, para que acepten la presencia argentina, sea esta laboral o bajo la forma de servicios que puedan prestarse en las Islas o en el continente. Y finalmente, en un status que vaya reconociendo los derechos soberanos argentinos en forma progresiva.

En estrategia, el contexto lo es casi todo. Analicemos el que rodea al conflicto Malvinas.

Para empezar, hay que tener en cuenta que Gran Bretaña, nuestra enemiga del pasado y la contendiente de hoy, como lo afirman sus mejores expertos militares, carece de las capacidades militares de antaño. Ya no es lo que supo ser.

Además, la reciente resolución de la Convención de la ONU sobre los Derechos del Mar en relación a los fondos marinos nos ha dado la razón reforzando nuestros argumentos geográficos acerca de la soberanía argentina sobre Malvinas, las islas del Atlántico Sur, sus dependencias y nuestro sector Antártico.

Más importante que lo anterior es señalar que la América del Sur es importante para la política exterior británica, aunque sus funcionarios reconocen que el principal obstáculo para una mejor integración con nuestra región es el conflicto Malvinas. Un dato más a nuestro favor, ya que su remoción implicaría una ganancia para nuestros adversarios.

En este último sentido hay algo que admitir, y es que el Brexit nos puede ayudar al respecto. Mientras los británicos perderán el aporte de la UE para sus reclamos, nosotros, por el contrario, contamos desde hace algún tiempo con el apoyo de nuestra región. En pocas palabras, la postura de ellos se debilita, mientras que la nuestra tiende a fortalecerse.

Muy importante es analizar la postura de los kelpers. Hay que comenzar diciendo que no cabe duda de que ellos necesitan de la proximidad argentina más que nadie. Una presencia que tendrá que ser benéfica, basada en la posibilidad de que ellos usen nuestros sistemas sanitarios y educativos, por lejos, los mejores en esta parte del mundo.

Finalmente, nos toca ponderar nuestra situación. Casi desde siempre la Argentina ha basado su reclamo, casi exclusivamente, en una cuestión de soberanía territorial. Hoy este sólido argumento no basta por sí mismo. Los conflictos y los contextos evolucionan para todos.

Nos encontramos en una posición favorable para negociar, pero siempre y cuando la basemos en apreciaciones realistas y que transformemos a las mismas en políticas de Estado.

Ello no implica dejar de lado lo territorial, pero sí ponerlo en contexto. Especialmente con los escenarios presentes y futuros y que siguen en secuencia al de Malvinas.

Empezamos diciendo que hay cuestiones tangibles e intangibles. Terminamos afirmando que si bien las segundas parecen jugar a nuestro favor; no excluyen a las primeras. A nuestros derechos hay que sumarles la presencia efectiva que los materialice, para lo cual es ineludible disponer de una Cancillería informada y eficaz en la defensa de nuestros intereses. Pero, también, de fuerzas armadas con una capacidad de disuasión creíble, ya que ambas, la diplomacia y lo militar, son la necesaria contracara de nuestra política exterior.

Probablemente, algún mal intencionado o alguien mal informado podrían confundir esta posición con una caracterizada por el facilismo.

Nada más alejado de la realidad. Ya me lo decía un diplomático versado en estos temas: la cuestión Malvinas no será fácil de resolver, ya que nos enfrentamos a una de las mejores diplomacias del mundo.

Doctor Emilio Luis Magnaghi
Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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