tinelli

julio 29, 2016 10:38 am

“Panem et circenses”, gritaban los romanos cuando querían señalar los ingredientes básicos necesarios para mantener en curso a un gobierno demagógico. Aunque, en esos tiempos, era un recurso empleado por casi todos, como lo testimonian las grandiosas y costosas fiestas populares dadas por el mismísimo Julio César. Posteriormente, con el surgimiento del periodismo y de los medios de comunicación como elementos independientes del Estado, los proveedores del pan y del circo se separaron.

La prensa escrita, el telégrafo, la radio, el cine, la televisión –especialmente– y, ahora, la Internet, fueron los hitos principales de este largo camino. Que, como sostuvo el famoso politólogo italiano Giovanni Sartori, nos trajo –mutatis mutandi– al Homos videns de hoy y a su correlato, la sociedad teledirigida. Si antes las clases cultas leían los periódicos de la mañana antes de salir de sus casas, hoy, la masa prefiere apoltronarse en su mejor sillón para ver la televisión como forma de conectarse con el mundo. Sucede que la imagen ha destronado a la palabra. Con ello se ha puesto fin no sólo a la posibilidad del pensamiento abstracto, sino también al crítico, conformando a la televisión en excelente formador, aunque otros proferirían el mote de manipulador de la opinión pública.

De allí las posibilidades inmensas de la tele-política. O en otras palabras, la posibilidad de influir en las decisiones políticas del electorado con mensajes especialmente diseñados para este fin, mediante el uso del mensaje televisivo. La propia naturaleza de lo televisivo impone las características del lenguaje. Obviamente, que la transmisión de ideas complejas queda descartada de antemano. Pues, sólo lo simple puede ser captado por el poder sugestivo de la imagen.

Tampoco lo trágico o lo triste parecen ser del gusto de los ‘mass media’. Sólo lo alegre, cuando no lo chabacano, es lo que mejor se comunica y más se vende. En este marco, cobra especial valor el denominado humor político, verdadera arma mediática que puede destruir prestigios en cuestión de minutos. Nadie duda que del ridículo no se regresa, sea éste autogenerado o creado por otros.

Como una, no tan lejana, prueba de ello se puede apreciar en la sátira hecha contra el entonces presidente en ejercicio Fernando de la Rúa, en el programa ShowMatch, dirigido por Marcelo Tinelli. Para el mismo de la Rúa y para no pocos especialistas, este hecho –aunque no fuera determinante– facilitó el proceso que lo llevó a su caída. Simplemente, porque la hizo ver como algo divertido. Otros supuestos expertos nos quieren hacer creer que la difusión de la imagen ridícula de una persona de autoridad no puede tener mayores efectos prácticos. Pero, son indudables sus secuelas, especialmente cuando su difusión alcanza a millones de televidentes y se lo hace en forma sistemática.

Nadie niega el valor del humor y de la posibilidad de toda personalidad sana de reírse se sí misma. Pero otra cosa muy distinta es ser objeto sistemático de la burla y de la sátira. Especialmente, cuando no es muy difícil detectar los metamensajes que con ellas se pretende transmitir. En el caso señalado, el de una manifiesta torpeza e incapacidad para ejercer funciones de gobierno. En este último sentido, no hay actos comunicacionales inocentes. Mucho menos cuando hay millones de pesos y prestigios políticos en juego.

Estos programas no son otra cosa que magnificas armas de chantaje, en lo que es muy difícil no entrar en un tome y daca. Tal como parece haber sido el caso de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, quien exacerbada por sus imitaciones en ese mismo programa, ordenó la compra de todo el canal de TV para evitar que ellas continuaran. Tampoco han estado ausentes las manifestaciones formales del propio conductor del ciclo, ya sea a favor de tal o cual política o de tal o cual candidato. Nos preguntamos si para el televidente es tan sencillo reconocer cuándo el conductor habla en serio o en chiste, mucho más cuando ambos mensajes coinciden en su significado.

Por todo ello, deploramos las recientes imitaciones hechas en ShowMatch a la figura presidencial de Mauricio Macri, quien, por su parte, ha demostrado su carácter al manifestar su disgusto, aunque esto no parece ser del agrado de los adoradores de lo políticamente correcto.

Y en línea con Sartori, afirmamos que, esta vez, el homo videns dio paso al homo cretinus.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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