Macri Cornejo

marzo 12, 2016 11:57 am

La economía mendocina atravesó en 2015 lo que podría llamarse una tormenta perfecta. A los problemas de rentabilidad, exceso de costos, cierre de mercados, pérdida de competitividad, presión tributaria y todos los desaguisados del fin de ciclo kirchnerista se sumaron condiciones internacionales críticas y, como frutilla del postre, la naturaleza causando daños, en lo que algunos relacionan directamente con el fenómeno global de cambio climático.

Pero el 2015 fue solo corolario de una década de retroceso, a juzgar por las estadísticas de la agencia ProMendoza. En 2005, del total de las ventas al mercado externo el 65% eran manufacturas de origen agropecuario, índice que se elevó al 74 en 2015. De ellos, más de dos tercios fueron fruto de la vitivinicultura. Entonces, la matriz se hizo más primaria, la industria perdió contenido y participación, en un esquema que afectó a todas las economías regionales.

Frente a esos datos, que en algunos rubros alcanzan niveles dramáticos, como en la fruticultura del sur provincial, donde los secaderos se han reducido a un puñado cuando fueron decenas, las expectativas cifradas en el nuevo gobierno son muy altas, y la respuesta a esas expectativas aún se hacen desear.

Las primeras medidas tomadas por el gobierno fueron bien recibidas, especialmente la baja de retenciones, y hay estudios que permiten medir ya su efecto. El último índice FADA muestra la tendencia: “Los recientes cambios en la política económica y agropecuaria generaron impactos positivos en la producción agrícola. Se mejoró el tipo de cambio real y se eliminaron los derechos de exportación para todos los productos agropecuarios a excepción de la cadena de la soja. La eliminación/reducción de los derechos de exportación que pasaron del 35% al 30% para la soja, del 20% a 0% para el maíz y del 23% a 0% para el trigo; y la consiguiente mejora de precios incrementaron la renta agrícola y redujeron la participación del Estado sobre la misma, que pasó del 94,1% en septiembre a 66,3% en diciembre de 2015” señalan en sus consideraciones, y agregan el dato que explica gran parte del malestar anterior: “Cabe aclarar que el valor de septiembre había sido récord desde el comienzo de esta medición en 2007. Para diciembre de 2014 el índice FADA marcó un 83,4%, para el mismo mes de 2013 73,6% y de 2007 71,6%”, es decir que de cada cien pesos que producía el campo 83 eran para el fisco.

La apertura comercial y el levantamiento del cepo también muestran unos primeros números positivos. “Según el Intercambio Comercial Argentino (ICA) publicado por INDEC, en enero de 2016 la balanza comercial registró un déficit de USD 160 millones, cifra que implica una reducción de 60,8% con respecto al rojo observado en enero de 2015”, marca un informe de la consultora Abeceb, que agrega “En este sentido, las exportaciones registraron un comportamiento dinámico, al marcar un leve crecimiento del 2,3% interanual luego de 30 meses de retrocesos. Esta suba fue impulsada por el sector agropecuario a partir de las mayores ventas de sus productos primarios”.

Pero tal como se dijo, hasta ahora son solo medidas que atacan problemas y demandas concretos. No hay como tal el diseño de una política completa y de largo aliento, que contemple las variables de precios, cadenas de valor, estrategias de comercialización, sistemas crediticios, acceso a la tecnología y demás, que permitan trazar una ruta que de las prometidas garantías a las economías regionales. Y parece que esa es la demanda concreta de los distintos sectores.

Párrafo aparte merecen los otros problemas que aquejan a los sectores productivos, en primer lugar la logística, que aparece como descabellada. No solo porque cuesta más dinero trasladar un container desde Mendoza al puerto de Buenos Aires, que desde ahí a la China, sino también porque la infraestructura de transportes está destruida y es obsoleta: sin trenes, rutas en mal estado, peajes inaccesibles, combustibles a precios exorbitantes, son parte de un desafío que no podrá tener final feliz en plazos breves. Por lo menos una década llevaría contar con herramientas acordes, pensando también en corredores bioceánicos, imprescindibles en cualquier programa serio.

Mendoza atravesó, como dijimos, una tormenta perfecta. Harán falta excelentes pilotos de tormentas para salir de un presente difícil. Solo el tiempo tendrá las respuestas.

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