Historia de ciudadanos

abril 13, 2016 1:00 pm

En Mendoza se multiplican los grupos de personas que, sin banderas políticas ni religiosas, se unen con la finalidad de dar a quienes menos tienen. El Ciudadano habló con un grupo que desde hace tiempo lleva alegría y amor a la Casa Cuna de Mendoza, y en esta nota lo conocemos de cerca.

La cita es en casa de Antonella Vergara, una de las fundadoras de Pintando Sonrisas. Ella tiene 22 años, es estudiante de abogacía y como cada uno de los voluntarios, dispone de su tiempo para organizar las visitas y las actividades que llevan cada semana a la institución. 

Siempre empezar…

“Nosotros venimos de otro grupo que también hace cosas solidarias, que se llama No Más Niños con Hambre. La mayoría del primer grupito nos conocemos de ahí, y para el Día del Niño fueron tantas las donaciones de juguetes que nos preguntamos a dónde derivarlo. Y se nos ocurrió la Casa Cuna, que es como una fija, porque siempre se piensa en ese lugar. El tema es que ahí arrancamos y no podemos dejar de ir. Pasaron ya tres años de ese momento”, cuenta Antonella, y agrega: “Al principio nos costó insertarnos en las actividades de la institución: tuvimos que pedir mil permisos, lo que está bien porque se trata de cuidar a los chicos; el tema es que fue tan fuerte el vínculo que ya nos quedamos, y de a poco empezamos a tomar más días de la semana, a darles más forma a las actividades”.

“Al principio era ir a estar con los chicos. Nosotras éramos seis y los chicos de la colonia eran menos, pero se fue generando una dinámica tan interesante que dijimos ‘de acá no nos movemos y empecemos a construir para arriba’. Nos separamos un poco para poder concentrarnos sólo en la Casa Cuna”, relata.

En un primer momento, el grupo se llamó Toma mi Mano, pero al quedar sólo tres integrantes decidieron ampliar la convocatoria, abrir el juego y empezar de nuevo, pero con la experiencia adquirida hasta ese momento.

Pintando sonrisas

“En la primera convocatoria donde pedíamos gente para colaborar en la Casa Cuna éramos 25 integrantes, y como hay mucho ‘morbo social’ con algunas instituciones y nosotros pretendemos que el interés en colaborar sea genuino, empezamos a hacer reuniones previas para conocer a la gente que quería colaborar, pero también para contar cuáles eran nuestros límites como grupo y cuáles los de la institución”, explica Anto. 

Pero aclara que para algunas personas la experiencia puede resultar triste. “Se da que hay gente que se suma y descubre que no es lo que esperaba, hay gente a la que le impacta a nivel emocional, hay muchos que empiezan con todas las pilas y después se van. Hay que ponerle el cuerpo a la cuestión y eso no es fácil, sobre todo cuando se trata de niños”, dice, y agrega: “En la Casa Cuna, con total naturalidad los chicos te cuentan aberraciones y uno tiene que empezar a manejarlo con la mejor cintura, porque no tiene las herramientas para lidiar con todo eso siempre”. 

Crecer… siempre crecer

“Allá, por junio de 2015, empezamos a crecer para afuera, a sumar recursos humanos, pero veíamos que también necesitábamos recursos materiales. No sólo nosotros crecíamos en número como voluntarios, sino que los chicos de la colonia también empezaron a ser más. Por estos días hay más de 50 niños en la institución, que por distintas razones están al cuidado del Estado.

Hoy son 27 voluntarios que se organizan para que tanto los viernes en la tarde como los domingos en la mañana haya un grupo regular de personas para realizar actividades con los más chiquitos –de 0 a 4 años– y los más grandes, que van desde los 4 a los12 años. Las necesidades de cada grupo son distintas y, por lo tanto, las actividades también. Mucho de lo que hace Pintando Sonrisas tiene que ver con lo lúdico recreativo, pero siempre dejando un mensaje. Además, se festejan los cumples de cada uno de los niños.

En este sentido, Antonella explica: “Tratamos de respetarles el sentido de individualidad, y por eso cada uno tiene su torta de cumpleaños con su nombre. Por ejemplo, este mes había ocho cumpleaños, hicimos ocho tortas y también les llevamos una ‘foto cabina’; terminamos los voluntarios sacándonos fotos con los chicos y nos divertimos mucho”.

De novata a ‘casi’ experta en niños

Durante la charla no sólo aprovechamos para hablar con Antonella, una de las fundadoras del grupo, ya que se suma Leticia Sarrouf: ella también es estudiante e ingresó a Pintando Sonrisas el año pasado. “Siempre fui catequista, trabajé con niños de todas las edades y justo en un momento en el que andaba buscando algo más llegó la convocatoria a través de una conocida”, cuenta Leti, y agrega: “Las chicas me explicaron cómo es el funcionamiento y empecé con el grupo de los bebés”.

“Yo nunca había cambiado un pañal y no sabía ni calcularle el tamaño de ropa a un niño”, comenta sonriendo la joven, mientras recuerda que en su primer día, cuando llegó, varios de los más chicos salieron a abrazarla con tanto énfasis que tambaleó y por evitar la caída de los chicos al piso, terminó fisurándose el dedo que usó de apoyo. “Ése fue mi bautismo”, dice Leticia, y recuerda también que meses después, exactamente para Navidad, la institución le concedió la posibilidad de llevarse a su casa a tres hermanitos durante cinco días.

Para ella fue una experiencia única, y para los chicos no sólo unas hermosas vacaciones, sino el inicio de un vínculo precioso con una nueva ‘madrina’.

Profesionales solidarios, se buscan

Si bien en todas las actividades que realizan semanalmente en la Casa Cuna utilizan materiales de librería, papeles, pinturas y colores, quienes lo deseen también pueden colaborar con juegos que sirvan para realizar actividades recreativas, como pelotas, aros, etcétera.

Pero lo más importante en cuanto a las necesidades de este grupo de voluntarios viene de la mano de la capacitación para llegar con una mejor calidad a los niños. “Queremos capacitarnos en temas relacionados a la niñez, al maltrato, a la prevención de la violencia, etcétera, por lo que los profesionales por estudio o por experiencia que quieran sumarse y capacitarnos para que tengamos más herramientas, bienvenido serán”, dicen las voluntarias. 

“Siempre tratamos de aprender. Si hay un congreso, vamos, hacemos cursos… Además, queremos capacitarnos para poder a su vez ofrecer talleres a los niños y trabajar con adolescentes. Para eso necesitamos un respaldo teórico: por ejemplo, nos interesa trabajar con maternidad en conflicto con adolescentes, que es súper importante para evitar que sigan entrando chicos a la Casa Cuna”, explica Antonella.

“Tenemos demasiados proyectos en los cuales queremos trabajar. También hay un hogar en Carrodilla que está necesitando mucho y queremos hacer un voluntariado ahí. Los chicos de la Casa Cuna no son los únicos niños que necesitan ayuda en Mendoza. Y a nosotros nos interesa crecer, hasta ser referentes en lo que respecta a la niñez”, concluye.

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