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diciembre 22, 2016 10:25 am

Los argentinos vivimos abominando el accionar de los funcionarios elegidos o designados para cumplir funciones en el Estado, muchas veces con razón, pero en definitiva ellos son los que tienen en sus manos meternos o sacarnos de los grandes líos

A pesar de las diatribas permanentes que desde todos los sectores recibe la política como accionar genérico, es esta misma la que en forma permanente funciona dirigiendo nuestras vidas, provocando los grandes conflictos y luego dándoles solución o, las más de las veces, barriéndolos debajo de la alfombra.

Somos una sociedad en la que a la mayoría poco menos le ofende cumplir con las normas básicas que garantizan la convivencia. La palabra orden todavía produce escozor en muchos mendocinos, se la asocia inmediatamente con persecución, vigilancia y represión. Este es el inmenso daño que causó en los espíritus la larga y trágica noche de la dictadura militar.

Quizá por ello, ante la falta de acuerdos tácitos, al escaso sentido del respeto por el semejante y por los bienes materiales, es la política con todas sus deficiencias y fallas la que termina acudiendo a remendar lo que se puede. En los pequeños, medianos y grandes conflictos que han afectado a la Nación y a la Provincia, las cosas no terminaron en tragedias por los arreglos, generalmente alejados de la vista pública, a que llegaron las partes interesadas.

Por estos días se recuerdan las terribles jornadas de diciembre de 2001 que provocaron una treintena de muertes completamente inútiles por la brutal represión desatada por quien fuera secretario de Seguridad del gobierno de De la Rúa, Enrique Mathov, y parte de la cúpula de la Policía Federal, quienes fueron condenados a prisión e inhabilitados.

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Sin embargo ha quedado casi en el olvido que las jornadas de los ‘cinco presidentes’ posteriores a esos amargos días pusieron a la Argentina a prueba de su dirigencia política, en esa ocasión casi exclusivamente limitada a los partidos con representación parlamentaria. El “que se vayan todos” respondía al hartazgo de una clase media frustrada después de haber confiado, primero en Menem, y luego en una Alianza que prometía moralizar la gestión de gobierno. Pero si se iban todos quién debería venir. ¿Las Fuerzas Armadas otra vez, un gobierno de asambleas populares en pueblos y ciudades?, como se ve, no había alternativas.

El vacío de poder era evidente y la reacción popular descontrolada y sin ningún tipo de conducción llevaba al país no a una guerra civil, sino a su disolución, porque nadie contaba con suficiente autoridad. La salida de semejante entuerto comenzó a tejerse desde lo que aún tenía algún viso de representatividad democrática: los legisladores de ambas cámaras y los gobernadores, estos últimos quizá más cercanos a sus representados.

Dejando de lado los acontecimientos de Chapadmalal y San Luis, un pacto entre las principales fuerzas reencauzó a la Argentina en la senda de los países civilizados. El senador Eduardo Duhalde, que ya había pasado por la vicepresidencia y la gobernación de Buenos Aires, cubrió el vacío presidencial con el respaldo de la UCR alineada detrás de Raúl Alfonsín.

Superado el tramo más peligroso, las cosas se empezaron a encarrilar, siempre demasiado lentamente para los que más sufrieron los efectos del desastre. Pero otra vez se fue dejando de lado el consenso y el acuerdo y volvió a primar la autocracia y la soberbia. Innecesario sería ahora hacer nombres por todos conocidos, inútil sería también pedir autocrítica a quienes no la conocen.

En los últimos meses, la vacilante política económica de Cambiemos se ha estado ganando cada vez más críticos, desilusionando a muchos de sus votantes y dando argumentos a una minoría que quiere ver otra vez al helicóptero saliendo de la Casa Rosada. El acuerdo de Sergio Massa con el kirchnerismo estuvo a punto de asestar un golpe al macrismo gobernante del que le habría sido muy difícil recuperarse. Con los indicadores económico-sociales negativos y las elecciones legislativas encima estuvo al borde del KO.

Otra vez la política y las habilidades para negociar de algunos, junto a la sensatez de otros y el susto de unos cuantos, volvió a traer calma con la readecuación del Impuesto a las Ganancias. Esto es sólo una parte de los tantos problemas que el oficialismo debe afrontar, demás está decir que falta mucho, muchísimo por hacer.
Como en toda negociación, hay quienes deben ceder un poco para que no pierdan todos, como también los que no se resignan a que las cosas cambian y se aferran a métodos extremos como paros sorpresivos, cortes de rutas y calles, que no les asegura ningún tipo de solución, los deja cada vez más aislados ante la sociedad.

Al revés de considerar que para negociar hay que tener mucha fuerza para asegurar el triunfo, lo lógico es estar seguro de representar intereses genuinos y presentar alternativas razonables y, de una buena vez por todas, no esperar a las grandes crisis o a los conflictos más graves para que la verdadera política se ponga en acción en sintonía republicana.

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