Lobos solitarios

junio 17, 2016 8:17 am

La reciente masacre ocurrida en un disco gay, en Orlando, EE.UU., perpetrada por Omar Saddiqui Mateen, un ciudadano estadounidense de 29 años, de origen afgano, con residencia en St. Port Lucie, Florida, ha disparado una serie de interrogantes.

Su padre, al ser entrevistado por la prensa, sostuvo que los motivos de su hijo para producir esta matanza no radican en la religión de Omar –el islam–, sino en su homofobia.

Nos preguntamos si se puede hacer tal distinción, pues sabemos que grupos extremistas islámicos como Daesh son conocidos por su persecución a los homosexuales; de hecho, ese grupo reivindicó, luego, la autoría del ataque.

Lo extraño de todo esto es que, al parecer, Omar no tuvo ningún contacto personal con la conducción de Daesh, ya que se limitó a visitar sus páginas web para obtener ideas e instrucciones tácticas.

Llegado a este punto, es válido preguntarse varias cosas. La primera, qué es lo que lleva a un ciudadano respetable, aparentemente asimilado a su nueva cultura, a perpetrar tremendo ataque. La segunda, es interrogarnos si hoy en día, nociones propias de la guerra clásica, tales como ejércitos, territorio y conquista, tienen algún valor.

Empezando por responder la segunda de ellas, podemos afirmar que, en estos días, se puede librar muy bien un conflicto, una guerra y hasta plantear una conquista sin la necesidad de disponer de un ejército formal.

Esto se viene comprobando no sólo en Levante, donde el mal llamado Estado Islámico conquista espacios, riquezas y ciudades. Particularmente, en Europa y ahora en los EE.UU., donde un puñado de individuos o un simple lobo solitario se alzan con el control de una zona a merced del uso del terror.

No importa que esa ‘conquista’ dure unas pocas horas hasta la llegada de las fuerzas de seguridad, el hecho central es de carácter simbólico y reside en que nadie, ni en su propia casa, pueda sentirse seguro a partir de ese momento.

A la par, de que el Estado atacado, a partir de ese acontecimiento trágico, deberá emplear ingentes medios humanos y materiales para tratar de evitar que esos ataques se repitan y, de esta forma, mantener la precaria lealtad de sus ciudadanos.

La primera de las preguntas, el por qué un individuo decide alzarse en armas contra una cultura que lo acoge, presenta mayores dificultades para ser respondida. En principio porque nuestra mentalidad moderna nos impide comprender lo que para un integrante de una sociedad tradicional sería algo normal.

Podemos empezar citando a Martin van Creveld, quien nos dice: “Desde los tiempos de Josué a los Ironsides de Cromwell, quienes verdaderamente se consideraban a sí mismos como israelitas reencarnados, la principal razón por los cuales los hombres se han despanzurrado unos a otros no ha sido el ‘interés’, sino la mayor gloria de Dios”.

Ese mismo autor nos explica que es el surgimiento del Estado moderno, materializado con la Paz de Westfalia, en 1648, el que pone fin a las guerras de religión, sin embargo, sabemos que el Islam es la religión de mayor crecimiento en el mundo.

Seguramente habrá muchas razones para ello, pero no puede descartarse que su conocido espíritu guerrero no sea una de ellas. De hecho, gente en muchos lugares del mundo, especialmente grupos postergados, han encontrado atractivo al Islam precisamente porque los prepara para luchar. Con esta afirmación no queremos acusar a nadie en particular: sabemos que todas las religiones y todas las ideologías políticas tienen sus propias historias de violencia.

Es más, creemos firmemente que este resurgimiento de Mahoma bien puede traer el del Dios de los cristianos y no como el dios del amor, sino el de las batallas.

Tal como las altisonantes declaraciones, tras el ataque, de Donald Trump, el candidato republicano a la presidencia de los EE.UU. hacen prever qué ocurrirá si es electo presidente de ese país, y más allá de lo criticable que pueda parecernos esta postura, no deja de tener su lógica y su atractivo, pues las personas cuando deben defender sus ideales y sus formas de vida, y hasta la propia, sólo pueden hacerlo bajo el amparo de una gran y poderosa idea, que bien puede tener un origen pagano, como sería el caso de la democracia, pero el simple hecho de que se luche por ella a muerte, causará que adquiera implicancias religiosas y que reciba una adhesión similar al fervor religioso.

Lo que es importante para nosotros resaltar, desde el punto de vista estratégico, es que este tipo de enfrentamientos, por su propia mecánica hará que las distinciones entre combatientes y no combatientes se disuelvan, con la trágica consecuencia que ello podrá llevar modificaciones sustanciales de lo que hoy denominamos ‘guerra civilizada’.

Otra consecuencia indeseable será, sin duda alguna, el colosal incremento de medidas estatales pero también corporativas y hasta privadas de contrainteligencia, destinadas a prevenir este tipo de ataque. Pero las que en realidad conformarán un formidable aparato, el de otros efectos indeseables, nos conducirá a una irremediable pérdida de nuestra intimidad.

Llegado a este punto, no es difícil alarmarse, especialmente si uno recuerda las palabras del político italiano Cavour, quien dijo, después de haber conseguido la unidad italiana, alrededor de 1860: “Si hubiéramos hecho lo que hicimos por nosotros mismos, en lugar de hacerlo por nuestra patria, qué grandes delincuentes seríamos”.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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