agosto 27, 2016 3:22 pm

(Especial de NA, por Gabriel Profiti) – — La Torre de la Perla Oriental es una torre de televisión de 468 metros construida en el moderno distrito de Pudong de Shanghai, la ciudad más poblada y centro financiero de China. Con tres miradores, uno con piso vidriado, y una confitería giratoria en altura, es una visita obligatoria para los turistas. En el acceso hay una secuencia de fotos panorámicas -año por año- de la torre desde su inauguración en 1995 y refleja el vertiginoso crecimiento de la ciudad: al principio se recortaba sola y 15 años después estaba totalmente rodeada de rascacielos.
En la base se encuentra el Museo de Historia de la Ciudad y tiene las facilidades de un shopping. Frente a un elegante café y a metros de un baño este columnista pudo ver en 2009 a un hombre mayor sosteniendo a un chico de unos cuatro años para que defecara sobre un cesto a la vista de visitantes y clientes.
El turismo interno, en un país con 1400 millones de habitantes, es uno de los motores de la economía. Los protagonistas de la escena parecían abuelo y nieto de visita desde el interior chino. Pero evidentemente el crecimiento acelerado del país desde las reformas económicas implementadas por Deng Xiaoping en 1978 no pudieron ser absorbidos por todos sus habitantes.
Esos contrastes habían obligado al Gobierno chino, en aquel momento a cargo de Hu Jintao, predecesor de Xi Jinping, a acuñar el concepto de “sociedad armoniosa” para ir amortiguando la colisión cultural de la nueva China.

Tarifas a la baja
Toda la introducción viene a cuento del mensaje que intenta promover el presidente Mauricio Macri para que el país avance hacia “un cambio cultural” y revalorice “el esfuerzo”. Ese cambio que pretende el Presidente tuvo su primera derrota con el tarifazo en los servicios públicos. “El país no puede derrochar lo que no tiene”, sintetiza Macri para justificar los aumentos que en el algunos casos fueron exorbitantes.
El problema fue el ritmo en el que se lo quiso aplicar y las consecuencias que podía y puede acarrear en una economía en recesión. Yendo al ejemplo chino, el Gobierno debería haber mostrado la existencia de un baño y cómo se usa.
Ya internamente los principales hombres del nuevo poder reconocen los errores y el costo político pagado por las contramarchas. Todavía hay incertidumbre sobre el porvenir. Por lo pronto, Macri parece haber avalado un nuevo esquema tarifario propuesto por su ministro de Energía, Juan José Aranguren, con topes de hasta 300% de aumento (el anterior era de 400 y 500%). La nueva propuesta parece haber prevalecido sobre otra que elaboraba el ala política del Gobierno para segmentar los aumentos por regiones y consumo, difícil de implementar.
Antes de presentar el nuevo esquema en la audiencia pública del 16 de septiembre, el Gobierno buscará el aval de gobernadores, dirigentes sindicales y opositores moderados. Macri y sus colaboradores deberán perseverar sobre ese esquema de amplios consensos para avanzar hacia los cambios que quiere imponer en otros ámbitos, como el régimen laboral, quizá el segundo eslabón de su promovido cambio cultural.
El primer desafío será el proyecto de “primer empleo” que propone exenciones y beneficios impositivos para empleadores que tomen a jóvenes de entre 18 y 25 años, la franja más afectada por la desocupación. Ya fue girado por el Ejecutivo al Congreso.
Esta semana el Indec difundió el primer índice de la era Macri y el desempleo llegó al 9,3%. En otros términos, hay cuatro millones de argentinos con problemas de empleo. Pero los cambios que el Presidente pretende son más profundos que aquella ley de primer empleo. Al encabezar un acto esta semana en Avellaneda, dijo que una mejora en la economía depende de “cada uno de los argentinos, cada uno en su lugar entendiendo que cuando no cumple, cuando hace trampa al sistema, cuando fuerza un ausentismo, cuando inventa un juicio, cuando pone el palo en la rueda está complicándole la vida a todos”.
Traducido: quiere avanzar sobre dos reclamos muy repetidos en el empresariado nacional, la litigiosidad, con un cambio en la ley de riesgos del trabajo, y la “productividad”. Ya Cristina Kirchner había tenido un cruce con los gremios docentes en 2012 por cuestionar los niveles de ausentismo. Hoy, por ejemplo, la productividad de la industria petrolera argentina llega al 30% en comparación con Estados Unidos. El nivel de
ausentismo en ese sector alcanza al 10% mientras que en la primera economía mundial es del 3%, según fuentes del sector.
Pese a que el sindicalismo reconoce el abuso en algunos regímenes laborales, advierte por el deterioro del salario y ya se puso en guardia ante lo que define como un nuevo intento de flexibilización laboral como el que avanzó en los 90 y que significó el principio del fin del Gobierno de Fernando de la Rúa con la famosa “Ley Banelco”, la eclosión de la Alianza, etcétera.
Esos antecedentes deberán ser tenidos en cuenta en medio de un escenario de recesión que todavía no muestra su punto de inflexión. La economía cayó en junio un 4,3% en la comparación con igual mes del año pasado, según un informe del Indec. Los datos negativos son caldo de cultivo para una tensión social que también es agitada políticamente por un sector de la oposición más dura, compuesta por kirchneristas y la izquierda.
El Gobierno se propone un esquema de crecimiento como el que permitió a Australia multiplicar su PBI en dos décadas desde 1983. A grandes rasgos, la reforma australiana estuvo basada en la apertura de su economía, reformas impositivas y laborales y políticas de defensa de la competencia. De allí radica también el cambio cultural que pregona Macri. Pero, claro, Argentina no es Australia y en la medida que no baje
el número de errores no forzados ni logre enderezar la economía, el Presidente deberá atender solo el corto plazo.

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