PAnaderia

junio 3, 2016 3:44 pm

Cuantos recuerdos enterrados en el fondo del baúl de mi memoria afloran sin querer y me retrotraen al lejano ayer haciéndome añorar mi niñez.

Nací y me crie en una panadería de barrio, las de horno a leña y del trabajo de madrugada, Una de esas donde el pan, las tortitas y las facturas debían ganarle al reloj; sus puertas se abrían a las seis de la mañana, no vaya a ser que el guarda tren se quedara sin sus tortitas para el mate y la vuelta a casa de la enfermera, después de dejar la guardia, su familia no la esperase con las facturas para el desayuno, había que anticiparse a todos los madrugadores: obreros, empleados, estudiantes, y cuanto trasnochador apuraba el paso escapándole al sol.

Aún me veo apenas dos cabezas más alto que el mostrador ayudando a mi padre atendiendo los clientes, todos vecinos del barrio que demoraban su compra para disfrutar un rato más del tentador aroma a pan caliente y de paso chismorrear un poco.

Pero aún falta a mi relato la sagrada liturgia del final de cada compra: “LA YAPA”, institucionalizada vaya uno a saber por quién y que el progreso acabó por matar, atención que si no se daba podía ofender de por vida al destratado.

Cajón de madera bajo el mostrador rebosante de bizcochitos de anís horneados con un único fin: agradecer al cliente y satisfacer su alma de pedigüeño inconforme, el que no se iba sin antes pedir algunos más para su señora, otros para sus hijos y hasta  para la suegra olvidando que esta ya había fallecido, de no cumplir sus deseos se retiraba ofendido, no sin antes mascullar un: “hijo de gringo tenías que ser por lo egoísta y avariento, ya va a llegar el día que falte el pan y me vayas a pedir, ¡minga que te voy a convidar”!, olvidando que le hablaba al panadero.

Mayo 15 del 2016                                                                              Felipe H. Rizzo

*Nota: El pedir y dar la Yapa después de cada compra era costumbre en los negocios de barrio y se saldaba con un par de caramelos, galletitas, perejil, un ramito de apio o una tortita. En mi caso, los bizcochitos de anís eran parte de lo que se elaboraba para vender, pero siempre se hacían varías docenas de más para cumplir con tan simpático rito, el  de la Yapa, que no diferenciaba entre ricos y pobres y que todos pedían por igual.

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