maestra aula 2

diciembre 1, 2016 6:11 pm

Sandra Coria es docente de enseñanza común, especializada en niños con problemas de aprendizaje y licenciada en Gestión Educativa. Justamente de esta última especialización nació el colegio Juan Salvador, que atiende las necesidades de niños y adolescentes que son excluidos de la escuela común por diferentes razones.

“Es un colegio que tiene la característica de ser enseñanza personalizada porque se atiende a la singularidad y particularidad de cada niño”, explica la docente, y asegura que la atención de este tipo de necesidad educativa no puede perderse.

Sandra ejerce como docente desde hace más de 20 años y siempre buscó la forma de que ningún alumno se quede sin aprender, ya sea con los propios o con los de otros grados. Todo ese aprendizaje de tantos años y la experiencia fueron de suma importancia a la hora de fundamentar una tesis de licenciatura en Gestión Educativa, y así nació el colegio Juan Salvador, ubicado en Carrodilla, Luján de Cuyo.

Del proyecto al hecho

“El proyecto nació en mi casa, la que dejé para alquilar otra y recibir a 32 alumnos”, relata, y asegura que la mayoría de los niños llegaron porque sus padres conocían de qué se trataba y reconocían en el colegio lo que sus hijos necesitaban. “Mucha gente conoce lo que hacemos, cada vez tenemos más demanda y la misma legislación está pidiendo más escuelas de este tipo, porque la diversidad es cada vez mayor”, asegura Sandra, y explica que “cada vez hay más casos de Asperger, alumnos con trastorno obsesivo compulsivo, niños con problemas del lenguaje… y esto tiene que ver con la crisis social que se dio en los últimos años, cuando los bebés nacían con un grado de desnutrición muy fuerte. Lo estamos viendo ahora en los adolescentes que no logran aprender y eso está relacionado con un mal desarrollo. A algunos de esos chicos los tenemos acá”.

“Otros factores que inciden en los problemas de aprendizaje son lo genético, el consumo de sustancias en los padres o algunos factores relacionados con las nuevas familias”, indica la educadora.

La charla nos permite también arribar al concepto de inclusión en el sentido más amplio, ya que entre los casi 200 alumnos que tiene el colegio hay chicos que no tienen ningún tipo de trastorno, pero igual eligen esta escuela, y también chicos que tienen síndrome de Down, que están perfectamente integrados con el resto.

Equipo de primera

“Acá hay un equipo de trabajo, no como en otras escuelas donde el profesor termina su clase y se va. Acá el profesor les dedica tiempo extra para que aprendan y eso lo hacen sin cobrarlo. Es que para nosotros, lo emocional es fundamental, porque cuando el chico levantó la autoestima puede lograr todo. Aquí hay chicos que han levantado su cociente intelectual, por eso el espíritu del colegio no se puede perder”, sintetiza Coria al detallar el trabajo que realizan desde 2008, que ha permitido que muchos chicos encuentren un espacio de aprendizaje y crecimiento acorde a ellos, desafiando frases como “este chico no sirve para el estudio”, “el alumno no puede aprender” o “molesta toda la clase”.

“Nosotros ayudamos a los alumnos a que confíen en sus capacidades específicas, a que encuentren su mejor talento y brillen en eso. Por ejemplo, si un chico sabe pintar, a través de la pintura nos va a enseñar todo lo demás, porque esa fortaleza le da seguridad y autonomía para aprender el resto. Por eso trabajamos con grupos reducidos, con un profesor cada diez alumnos. Tenemos alumnos que tienen dispersión, hiperactividad o algún otro trastorno específico del lenguaje o que le cuesta más escuchar, y antes eran medicados, mandados a escuelas especiales o sacados del sistema de educación porque con 30 alumnos no se puede aprender”, asegura Sandra, que entre muchas de las gratificaciones que tienen día a día, una es que en este colegio no existe el bullying.

Nuevos desafíos

Con el paso del tiempo, el lugar fue quedando chico para todos los alumnos que llegaban derivados de otros colegios, que no podían asistir a la escuela común porque no aprendían pero por su diagnóstico tampoco lo iban a hacer en una escuela especial. Podríamos decir que quedaban en un limbo en el que solo este tipo de proyectos aseguraba a través de la educación personalizada, un aprendizaje basado en los tiempos y fortalezas del alumno.

“Al principio cobrábamos una pequeña cuota para llevar el proyecto adelante, después nos prestaron dos salones en la parroquia de Carrodilla y en el 2013, un día en que paseaba con mis hijos en Vallecitos me encontré a quien era la directora general de escuelas. No la conocía pero me pareció que era una buena oportunidad y me acerqué a contarle lo que hacía”, recuerda Sandra, que si bien tenía todo su trabajo avalado por el gobierno escolar, ya que todos sus planes estaban aprobados, suponía que en detalle la DGE no conocía exactamente el grado de esfuerzo y compromiso que había detrás de este colegio.

La funcionaria se interesó por lo que la docente le contó, y dos meses después recibió la visita de funcionarios de la DGE en la parroquia, y más tarde citada por el organismo para explicar en detalle el proyecto en el que trabajaba.

“El 27 de septiembre de ese mismo año me comunicaron que nos habían elegido para adjudicarnos un subsidio para la primaria y secundaria, que se iniciaba por primera vez en 2014. No había muchas escuelas secundarias con estas características”, explica Sandra.

El subsidio les permitió crecer como escuela y llegar así a mayor cantidad de niños y jóvenes, pero la existencia de esa ayuda estatal invalidaba cualquier posibilidad de cobrar una cuota, aún cuando no fuera suficiente para cubrir todos los gastos de una comunidad educativa que tiene particularidades como un docente cada diez alumnos.

El año en curso supo de reestructuraciones y recortes en todas las dependencias del Estado, y esos ajustes llegaron al colegio Juan Salvador, donde también debieron ajustarse el cinturón y salir a buscar soluciones con ayuda de docentes y padres para sostener la estructura. La docente recuerda que fue muy difícil en una comunidad que no tenía cultura de pago empezar a explicar que contando sólo con la ayuda estatal estaban condenados a bajar la calidad, achicar la matrícula y dejar de ofrecer un servicio educativo acorde a las necesidades de niños y adolescentes, aunque reconoce que sin el subsidio estatal no podrían funcionar.

Puertas abiertas

“Nuestro trabajo es motivar a los niños, pero también a sus padres, porque la mayoría llega acá después de pasar por dos o tres escuelas en las que les cerraron las puertas, excepto los que ya vienen desde la salita de 4 con nosotros”, explica la directora de Juan Salvador al hablar de las características del colegio.

Padrinos, se buscan

Hoy, luego de algunos meses de búsqueda, lograron que el hecho de recibir un subsidio no invalide la posibilidad de cobrar una cuota modesta, pero como dentro del colegio hay chicos cuyos padres no están en condiciones de pagar, es que buscan padrinos y amigos que puedan ayudar becando a un niño o bien enseñando lo que saben hacer de manera voluntaria.

“Estamos buscando padrinos para algún chico que sus papás no pueden pagar una cuota. Nos comprometemos a informarles mensualmente los avances del chico, que pueda venir a visitarlo y a conocer el trabajo que hacemos”, explica. También invitamos a docentes jubilados o profesores voluntarios que quieran venir a dar un taller de arte, música o jardinería, por ejemplo. No queremos que los profesores que se han formado humanamente para estar acá dejen de trabajar y tampoco queremos que los chicos pierdan la posibilidad de aprender”, dice Sandra a modo de corolario.

Contacto
Facebook: Colegio Juan Salvador
Dirección: San Martín 5166, Luján de Cuyo, Mendoza, Argentina.

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