noviembre 20, 2015 8:47 am

Suena contradictorio que un hecho que declama la imposición de una idea religiosa se globalice en un mundo que proclamó, no hace mucho, la muerte de las ideologías y de las religiones. Pero es así nomás.


El 13N parisino se parece demasiado al 11N norteamericano. Es una película que ya vimos y que sabemos cómo termina. Empieza con un atentado terrorista, sigue con represalias atroces por parte de los afectados, se profundiza con una invasión terrestre a un Estado que pasa a convertirse en fallido y de allí en más en una cantera inagotable de nuevos terroristas, listos para que el ciclo perverso se reinicie por sí mismo.
Pero, esta vez, la versión francesa puede tener un twist más dramático. En el interior del país galo viven varios millones de potenciales simpatizantes de los atacantes. Entonces, ¿suena lógico llevar la guerra y el exterminio a lejanas ciudades, cuando uno tiene las propias ya ocupadas?
Es un tema complejo. Para empezar, hay que decir que esto no es una guerra. Al menos, en su sentido clásico, occidental, clausewitziano. Es otra cosa, más retorcida, más antigua.
El Estado moderno surgió, precisamente, con la Paz de Westfalia (1648), para ponerle fin a este tipo de fenómenos: la matanza de no combatientes por motivos no estatales. Fueron los franceses quienes, en la riqueza de su lengua, la bautizaron como la guerre gueroyante, para diferenciarla de la Guerra con “G” mayúscula.
Siempre hemos sostenido que para entrever el futuro tenemos que fijarnos en el pasado. El terrorismo no es la excepción, ya que no es un fenómeno nuevo como mucha gente cree. Ya lo practicaba Rashid ad-Din Sinan, mejor conocido como
‘El viejo de la montaña’ en época de las Cruzadas. Líder de la secta de los Hashshashin y que diera nacimiento al vocablo moderno de asesino.
¿Cómo terminó esta historia de un grupo de asesinos que mataban por encargo? Muy sencillo: un príncipe musulmán, Saladino, atacó la fortaleza que los asesinos tenían, precisamente, en Siria. ¿Otra coincidencia? Luego de varios meses de infructuosa campaña llegó a la conclusión que debía negociar con ellos. Dicen que tomó esta prudente decisión tras advertir signos de la presencia de los asesinos en su propio lecho.
Probablemente, el presidente francés François Hollande sienta que tiene la fuerza para superar el pobre desempeño de Saladino. Si es así se equivoca gravemente. En principio, en las épocas de Saladino, nadie se andaba con remilgos a la hora de saldar cuentas. No existía eso que hoy llamamos derechos humanos. Es más, habría que recordarle al presidente galo que fue su Revolución la que los inventó y los expandió por todo el mundo conocido.
Otro dato no menor es que Saladino compartía, al menos formalmente, la misma religión que sus perseguidos. Este no es el caso de Hollande y de Francia. Tampoco tenía a Saladino viviendo en los territorios que controlaba a millones de simpatizantes de Rashid ad-Din Sinan.
Todos estos datos le dan contexto a lo sucedido en París y deberían llamar a la prudencia a los decisores galos. Sabemos que una campaña aérea no es, ni siquiera, el mejor medio técnico para lograr el aniquilamiento físico de un enemigo, lo que demandaría una invasión y una ocupación en toda regla del territorio enemigo. Es más, la sola búsqueda del aniquilamiento del mismo evidencia una grave torpeza estratégica.
En ese sentido, nos encontramos ante un conflicto que no tiene solución física, porque es profundamente moral. Ya que es muy difícil distinguir las diferencias éticas entre un ataque terrorista suicida con un ataque aéreo de precisión conducido por un avión robot.
Seguramente, los defensores de los segundos dirán que esa diferencia existe y estriba en que los ataques terroristas son dirigidos –ex profeso– contra inocentes, mientras que los ataque aéreos lo son contra blancos militares legítimos y que las víctimas inocentes con consecuencias no queridas, denominadas “daños colaterales”.
Pero, muy probablemente, habrá otras formas de razonarlo. Y llegado a este punto, Occidente en general, y Francia en particular, no podrán evitar la condena moral que caería sobre ellos. Lo estratégicamente relevante con este hecho es que dada la naturaleza moral de esta campaña, no reconocerlo y no proceder en consecuencia es haber perdido de antemano.

¿Y por casa cómo andamos?
Este ejercicio de reflexión sobre el 13N no tendría mayor sentido estratégico si no extrajéramos algunas enseñanzas para nuestra realidad argentina. Vamos a ellas.
La primera, es reconocer que el Estado francés, cuando se sintió amenazado apeló, en forma inmediata, a todos sus medios disponibles. Incluyendo a los de sus Fuerzas Armadas. La tierra de las libertades civiles no tuvo pruritos legales al respecto.
Lo segundo y más importante, es advertir que uno de los terroristas portaba un pasaporte sirio y que éste había ingresado a la Unión Europea, meses antes, por Grecia. Lo que nos debe llevar analizar con seriedad nuestra política y nuestros procedimientos migratorios pues sabemos que hay un flujo de refugiados del Levante, no sólo hacia nuestro país, sino también hacia nuestra región. Especialmente, hacia el Brasil y el Uruguay.
No se trata de cerrarles las fronteras a ellos. Simplemente decimos que hay que controlar esos ingresos, porque son potencialmente muy peligrosos. En este sentido, hay causas que justifican ser precavidos. Siempre se sospechó del vínculo que jugaron comunidades radicadas en la Triple Frontera con actividades non sanctas en Levante. Por ejemplo, ya sufrimos en el pasado dos atentados vinculados con los problemas de esa parte del mundo. Una sana prudencia estratégica nos llama a ser precavidos para no sufrir un tercero.
Pero, como lo señalábamos en nuestro artículo anterior (http://ciudadanodiario.com.ar/debate-presidencial-los-temas-que-faltan/), no volveremos a estar seguros hasta que estos temas no se integren a nuestra agenda política y se les dé el tratamiento serio que se merecen.

Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

Dejá tu opinión

comentarios