Pol Fernandez

mayo 16, 2016 1:06 pm

En base a trabajo, sacrificio, humildad y compromiso, el Tomba sigue escribiendo su exitosa historia. Esta vez, enceguecido en conseguir uno de los logros más importantes a lo que un equipo de fútbol puede aspirar: salir campeón del fútbol argentino. La parada es difícil, pero el equipo del “Gallego” está dispuesto a todo.

Los fundamentos para el cometido son amplios. Desde la seriedad dirigencial hasta el trabajo de un entrenador que, aunque él lo soslaye, ya ha entrado en esa rica historia del club; pasando por un grupo de jugadores comprometidos con el proyecto como hacía mucho tiempo el fútbol mendocino reclamaba. Este equipo bodeguero ya no asombra ni causa sorpresa, es una hermosa realidad que hace disfrutar a miles de hinchas cada vez que pisa un campo de juego.

Entonces, casi sin quererlo, surgen los recuerdos y las comparaciones. A casi diez años de aquel 20 de mayo de 2006, Godoy Cruz Antonio Tomba vuelve a ser noticia nacional. Con un plantel plagado de “hombres” en búsqueda de un objetivo, como aquel del Tanque Giménez, el Pipa Villar o Mauro Poy para ganar en suplementario en el Malvinas a Nueva Chicago y obtener el primer ascenso a la élite del fútbol argentino.

O como aquel del ´94, con una gran cantidad de emblemas encabezados por el “Gato” Oldrá, el “Rafa” Iglesias y el “Cachorro” Abaurre, entre muchos otros. Y como no acordarse de ese gol del “enano” Naves en el Gambarte para ganar el primer chico ante Guaraní; y las atajadas del “Buby” Manchado en Misiones para lograr el ascenso al Nacional B y teñir de azul y blanco todo el trayecto desde el Plumerillo hasta la plaza departamental. Imposible no comparar la historia, porque tiene denominadores comunes en la entrega y la rebeldía de un grupo de muchachos dispuestos y convencidos que con esfuerzo, solidaridad y convicción se puede pelear de igual a igual con cualquiera, aún en las condiciones más adversas. Embriaga la emoción.

Aquí es donde uno empieza a recordar toda la historia. No sólo la de los grandes éxitos, sino la de la pasión por los colores en todo momento, sin importar los resultados. La de salir temprano de la casa y caminar hacia el “Gigante Tombino” con mis hermanos y los “Franciscos”, el abuelo y el padrino, y los amigos de la vida, comprar las mandarinas y ubicarse en la “grande” para ver la reserva y esperar el partido de primera. Viajar hasta Lavalle con un frío tremendo para festejar un torneo de Liga Mendocina y obtener la clasificación a un Regional.

Este equipo de jugadores, cuerpo técnico y dirigentes del Expreso, les devolvió a los simpatizantes la posibilidad de rememorar la pasión. De volver a ver las bicicletas “estacionadas” en la tribuna chica, la de debajo de la platea, la de los “viejos” sentados en las sillas metálicas; o al “flaco” Rodríguez hacer flamear el trapo azul y blanco arriba del mítico tanque, o escuchar el relato de un gol del “Ruso” Marcucci en la voz inigualable de Jorge Germán Ruíz. Quizás aún no se den cuenta, pero este puñado de hombres ha enamorado nuevamente al hincha del Tomba. Les han devuelto la confianza de ir a ver un equipo que deja absolutamente todo, que no guarda nada y que siempre saca algún argumento válido y sólido para seducir a su gente.

Cuando “Pol” Fernández sentenció con esa pincelada al ángulo izquierdo de Olave el triunfo contra Belgrano, seguro que a varios se les pusieron los ojos brillosos y húmedos. Son de esos goles que emocionan, por la espectacularidad, por la ocasión, por lo que representan. Pero sobre todo porque al hincha pasional lo traslada a otros tiempos, al de los recuerdos. En el rostro de felicidad del volante vi la cara de mi abuelo, la del Ángel, la del Juan, la del Ale, la del Sandro, la del Pipí, la del “Cabezón”, la de los Muñoz, la del Diego; que se yo, de tantos! No fue un gol más, fue un gol de esos que quedan en la retina para siempre. Me estreché en un abrazo profundo con mi hijo. Se me piantó un lagrimón.

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