ejército

agosto 5, 2016 8:30 am

El genial psicólogo que fue William Shakespeare supo poner en clave poética la angustia que aqueja a quien debe tomar una decisión grave y que puede afectar su propia supervivencia en las famosas palabras del Príncipe Hamlet cuando debía optar por la acción o la omisión frente a los asesinos de su padre.
Salvando las distancias, las organizaciones humanas pueden pasar por circunstancias similares cuando enfrentan una crisis importante que amenaza su supervivencia.
Tal parece ser el caso de nuestras Fuerzas Armadas, las que luego de sufrir en primera persona la derrota de Malvinas y las consecuencias de haber ejercido el poder con resultados desastrosos en la década del 70, no parecen –aún– haber encontrado un lugar que les devuelva la tranquilidad de saberse útiles para la sociedad que las cobija.
Hasta no hace mucho, las fuerzas armadas del mundo se preparaban para un fenómeno social extremo denominado guerra, en la que se enfrentaban las fuerzas militares de Estados rivales. Su psicología organizacional, su educación, su equipamiento se orientaba para enfrentar esta situación límite.
Luego, diversas causas –que no viene al caso enumerar–, han hecho que eso que llamábamos “guerra” se haya extinguido a sí misma. Lo que no implica que ella no se haya transformado y mutado en diversas formas de agresión, como el terrorismo y el crimen organizado.
Ergo, las Fuerzas Armadas que niegan esta realidad y no se adaptan para enfrentarla sufren el síndrome de su propia irrelevancia, tal cual es el caso de las nuestras, las que vienen soportando desde hace décadas la inanición de la falta de una misión relevante y de un adiestramiento y de un equipamiento acorde.
Concretamente, ha sido el propio papa Francisco, quien nos ha advertido de que estamos en guerra. Mas no se trata de una tradicional, sino de una que se libra al margen del protagonismo de los Estado y que es librada por diversos actores no estatales. Los que van desde organizaciones terroristas globales a los señores de la guerra del narcotráfico.
En consonancia con este pensamiento, nuestro Presidente ha enunciado, aunque en forma muy sucinta, la necesidad de que nuestras Fuerzas Armadas luchen contra el flagelo del narcotráfico. Luego, su ministro de Defensa aclaró que dicha participación no sería directa, sino en tareas de apoyo.
Planteadas así las cosas, vemos que el Gobierno se encuentra frente a un dilema. Cual es el de cómo emplear a estas Fuerzas en uno de los imperativos fijados por el propio Presidente en su mensaje inaugural y repetido recientemente.
Llegado a este punto, resaltan los tres factores que integran a toda fuerza militar y que deben ser analizados cuando se debate su empleo operacional. Estos son, en orden de importancia: su personal, sus ideas y su equipamiento.
Empezando por las ideas, podemos decir que entre ellas resalta, por su importancia, el marco legal que regula el uso de las Fuerzas Armadas en conflictos internos. La actual legislación, la que –dicho sea de paso– tiene muy poca coherencia interna, permite que estas Fuerzas presten tareas de apoyo logístico y técnico a las fuerzas policiales y de seguridad. Pero exige la vigencia del estado de sitio para que ellas realicen operaciones de seguridad interior.
Como la realidad supera siempre a la legislación, vemos que las acciones que prevén el control de nuestros espacios aéreos y marítimos anunciados por el Gobierno, de hecho conforman, propiamente, operaciones de seguridad interior realizadas por elementos de las Fuerzas Armadas por afuera del marco legal referido. Ya que, por ejemplo, el derribo de un avión narco supera, claramente, a una mera tarea de apoyo.
Pasando al factor más importante, que es el del personal, una apreciación superficial errónea nos indicaría que las Fuerzas Armadas no disponen de personal preparado para participar de operaciones de contención del narcotráfico, pues se ha preparado para otra guerra. Esta visión pasa por alto que un elevado número de integrantes de esas fuerzas, especialmente sus cuadros, tienen experiencia en operaciones de paz, las que se desarrollan en un ambiente muy similar al que sería el propio de operaciones contra el narcotráfico.
Finalmente, el equipamiento es el factor de menor importancia. Pero es uno que adquiere importancia para nosotros por la creciente obsolescencia del material bélico de dotación de nuestras Fuerzas.
Llegados a este punto, no hemos optado, aún, por algunas de las puntas del dilema planteado: ¿emplear o no emplear a las Fuerzas Armadas en la lucha contra el narcotráfico? Antes de hacer esta opción es vital remarcar que ellas necesitan prepararse con buena anticipación a los conflictos que pretenden enfrentar. En ese sentido, es absolutamente cierto que las batallas se ganan en los preparativos. Gana, por lo general, quien se preparó mejor.
Decimos esto porque si la decisión presidencial fuera la de emplearlas en esta particular lucha –o como creen muchos, entre los que me encuentro, que tal envolvimiento es inevitable–, deberíamos prepararlas para que lo hagan bien.
En primer lugar, será necesario –al menos– adaptar la legislación vigente que regula el empleo de las Fuerzas Armadas en situaciones de seguridad interior.
En segundo lugar, habrá que aprovechar la vasta experiencia en operaciones de paz, ya que las mismas proveen a los que participan en ellas los filtros mentales necesarios para usar el propio criterio antes que su arma frente a una situación crítica.
En tercer lugar, hay que diseñar un plan de reequipamiento para ellas, el que no deberá estar centrado en los tradicionales medios de combate sino en elementos de uso dual, tales como camiones, helicópteros y aviones de transporte.
Sabemos que Hamlet, finalmente, optó por la acción. Vale decir, por enfrentar los puñales de los asesinos de su padre. Quiso la trama dramática montada magistralmente por Hamlet que él dudara cuando no tenía otra alternativa.
Igualmente, creemos que tampoco la tiene el presidente Macri si quiere cumplir con una de las tres promesas de su administración. Pero, a diferencia de Hamlet, él tiene detrás a todo un país y a una de las organizaciones fundamentales como lo son sus FF.AA. Lo lógico sería que las prepare para la batalla que se viene.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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