don Castillo

mayo 13, 2015 10:39 am

Para la charla elegimos los jardines de la bodega Marqués de Montecristo en Cruz de Piedra, Maipú, y no sólo por la belleza del lugar, sino porque en gran parte esa belleza es obra de don Castillo, un albañil que a sus 79 años se siente orgulloso de todas las cosas que hizo en su vida y que lejos de ostentar título no le gusta que lo llamen maestro mayor de obras, sino albañil a secas. Dueño de una sencillez enorme y de un amor por su familia que realmente contagia.
“Hice el servicio militar, terminé y me subieron a una máquina para nivelar campos en nueva California, San Martín, y durante casi un año y medio lo único que veía, mientras hacia ese trabajo, era el tren en la mañana y en la tarde, nada ni nadie más”, contó Ítalo. El servicio militar le sirvió a este hombre no sólo para aprender a manejar el tanque que sostiene la ametralladora, lo que le permitió conseguir trabajo nivelando campos con un vehículo pesado, sino que además fue su primer acercamiento a la albañilería. 

Primeros pasos
Don Castillo nació en Villa Seca, vivió su infancia en La Primavera, pero una vez adulto, regresó al lugar donde dio sus primeros pasos de vida y en el mundo de la construcción. Siendo muy jovencito trabajó como ayudante de albañil en reparación de una bodega en la que una vez terminada esa tarea, los mismos dueños de la empresa le ofrecieron quedarse trabajando en el mantenimiento de la misma. “Estuve como un año y medio y de ahí empecé a trabajar en la empresa Módica, en Luján, haciendo uno de los primeros barrios que se empezaron a construir y me iba a trabajar en bicicleta desde Villa Seca a Luján. Si me acordaré de la subida de Tres Esquinas”, dijo sonriendo, y reflexionó: “Ahora no se hacen esos sacrificios para ir a trabajar”.

Sólo se trata de aprender

“Con Módica trabajé como dos años. Un día me pidieron que levantara un baño con ladrillos cerámicos y yo nunca había hecho eso, pero lo intenté y cuando volvió el capataz la pared se movía para todos lados. Yo había hecho mantenimiento, pero nunca había levantado paredes, pero el capataz que era muy bueno me enseñó, y en la tarde ya hice un baño; al día siguiente, dos baños y así empecé. A los seis meses me mandaron a revocar frentes con un frentista y ese hombre que era muy humilde me enseñó a hacerlo. Poco tiempo después me dejaron haciendo ese trabajo porque era muy prolijo. En ese tiempo no era como ahora, luego me llevaron a trabajar a otro barrio para la misma empresa y ahí aprendí mucho más, porque no sólo había albañiles excelentes que te enseñaban, sino que además eran buenas personas. Por eso siempre digo que he sido un elegido, mucha gente me ha ayudado a ser lo que soy”, agregó Ítalo.

Oportunidad, el mejor regalo
“En ese momento había un hombre de apellido Vanella que me seguía para que me fuera a trabajar con él, porque quería empezar a hacer casas para vender y, yo que ya estaba casado, le conversaba a mi esposa sobre la propuesta de este hombre, y pensaba: ‘este es un palangana’. Me siguió como seis meses, y un día, antes de las 7 de la mañana, cayó a mi casa y me dijo que tenía dos casas para empezar a trabajar en la Sexta Sección y, como donde estaba me debían dos quincenas de trabajo, me fui con él. Me compró todas las herramientas que yo necesitaba para trabajar, y al cabo de dos meses me dio un auto para que dejara de andar en la moto que me había comprado”, relató el albañil.
Este hombre que no fue tan “palangana” como Ítalo creía y que terminó siendo su gran amigo, no sólo le dio trabajo y las herramientas para hacerlo, sino que además le dio todas las facilidades para que Castillo tuviese su casa propia, un auto mejor, materiales para levantar su propiedad en terrenos que su esposa había comprado y hasta la posibilidad de ir a trabajar al extranjero. “Un día don Vanella me dijo de irnos a Venezuela porque le había salido la construcción de un barrio para una empresa petrolera y el pago iba a ser en dólares, mis hijos eran chicos en ese momento, me dio tres meses para pensarlo pero me quedé porque iba a extrañar mucho a mi familia, y ahí le pregunté cómo le iba a arreglar todo lo que le debía y quedamos en juntarnos al día siguiente para sacar cuentas. Esa noche no dormimos con mi esposa porque con la ayuda que el me había dado le debía muchísimo dinero. El vino a casa y le pregunté: ‘¿cómo le voy a pagar lo que le debo?’, a lo que el hombre respondió: ‘Usted no me debe nada’”, relató emocionado Ítalo. Con la misma emoción, recordó que pasados tres años, Vanella volvió a la provincia, y la casa de don Castillo fue la primera que visitó. “Con él trabajábamos mucho, cuando había que terminar una obra, no había ni sábados ni domingos”, se explayó el trabajador.

Tiempos difíciles
“Yo seguí trabajando con una empresita en el barrio Santa Ana, donde hice 25 casas. Después me agarró el Rodrigazo y pasé una situación embromada porque yo era una persona de campo y no reajustaba los contratos para poder terminar y cumplir con todos los trabajos. Luego mi esposa me consiguió trabajo como albañil, en la Municipalidad de Maipú y ahí trabajé durante 27 años hasta que me jubilé”, contó. 
Es de destacar que por muchos de los lugares emblemáticos del departamento han pasado las manos creadoras de Ítalo: “Yo hice la gruta de la Virgen que está en la entrada a Maipú, también la de la Virgen que está en la rotonda Ruttini y era capataz cuando se construyó el Parque Metropolitano”, agregó.

Bodega:desafío salomónico
“Alguien que estuvo en España con el dueño de la bodega me recomendó para hacer el trabajo de albañilería y yo nunca había hecho este tipo de columnas (estilo salomónico). Pasé mucho tiempo sacando cálculos hasta la madrugada para hacerlas, por eso yo siempre le digo a la juventud que no estudia que haga cursos de capacitación, yo he hecho capacitaciones de todo. Ésta ha sido una obra atípica porque muchas cosas las fuimos viendo y haciendo sobre la marcha”, detalló Ítalo.
La bodega Marqués de Montecristo tiene alrededor de 6.000 metros cubiertos en tres niveles, más de 13 años han pasado desde que se comenzó con su construcción y cientos de personas se han parado a observar la magnitud de la obra desde la misma Ruta 60. Otros han solicitado entrar para conocer y felicitar al maestro mayor de obras y se han sorprendido al ser recibidos por el albañil Castillo. “Una vez, un empresario portugués que pasó por la bodega con su familia me dijo: ‘He viajado por todo el mundo y he visto obras como ésta, incluso mayores pero antiguas, estas obras pesadas no se hacen más desde hace mucho tiempo…’ Me felicitó, me abrazó y me dio su teléfono para que cuando fuera a Portugal, lo visitara en su casa”, relató el albañil.

Ella
Ella en silencio acompañó a su esposo durante la charla y ante la pregunta de cuál era su nombre, la mujer respondió ‘Rosa’ y, en ese mismo momento, Ítalo le dio un beso en su mejilla derecha y sonriente agregó: “Cada vez que ella se acuerda de algo, yo le doy un beso, porque Rosa ha sido siempre una mujer de armas tomar”. Más allá de encargarse plenamente de su casa y la crianza de sus hijos, la mujer siempre tomó las mejores decisiones: ha comprado los lotes de la familia, era quien lo esperaba a su esposo con los ladrillos mojados cuando llegaba de trabajar y se predisponía a construir su casa,  era la “curandera” del barrio y ha sanado a todo aquel niño que ha pasado por sus manos. Sufre Alzheimer y recuerda sólo algunas de las cosas que don Castillo contó. Pero si algo nos queda claro es que Ítalo sabe muy bien quién es esta mujer con quien está casado desde hace 49 años. “El amor es la vida”, dijo él al comenzar la charla, y Rosa sonrió.

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