agosto 10, 2014 2:18 pm

El nuestro es un país de contrastes, por eso a veces cuesta entender el deterioro de la situación cuando ocurre en un, relativamente, corto espacio de tiempo. El siguiente es el análisis del último período presidencial.

Cómo llegamos a la situación actual

El análisis de las variables en octubre del 2011, año en que la Presidenta ganó por el 54% de los votos, nos presentaba, a la realidad de ese momento, como muy alejada de peligros. Con una economía, que sin ser lo mejor, aún disfrutaba de los beneficios del superávit de la balanza comercial (exportación de granos, especialmente la soja) y un socio como Brasil en crecimiento.

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Y a pesar de presentar una inflación que rondaba en el 20/25%, los aumentos salariales superaban el incremento de los precios, manteniendo un importante nivel de consumo. Recordemos que en aquel momento aún no se había producido el cepo cambiario.

En el gráfico podemos observar el acompañamiento de las variables políticas y sociales. Nadie hablaba de interna en el gobierno y, a pesar de que el mismo poseía capacidad para el uso grupos de choque, como lo había hecho en el conflicto con el campo (Por la 125), su empleo era de muy baja probabilidad, optando el gobierno por su política de “dilatar y conceder a medias”, ante los ya importantes reclamos sociales que lo enfrentaban en ese momento con la CGT de Hugo Moyano –recordemos que además Moyano presidía el partido Justicialista-.

Las mayores probabilidades de ocurrencia estaban ligadas a escenarios de conformidad, acatamiento a la ley, credibilidad en el modelo y una demanda social de continuidad. El País todavía crecía y las reservas superaban los 50.000 millones de dólares.
Ya a fines del 2011, el alejamiento de Moyano (diciembre del 2011) produjo la primera señal de ruptura interna del partido gobernante. El 2012 se presentaba complicado políticamente y la economía empezaba a dar algunas señales negativas, producto de la persistente inflación, la falta de inversión en infraestructura y energía (a pesar del fuerte crecimiento en los años anteriores).

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Fue en este año cuando se hizo patente el nuevo fenómeno de las redes sociales, a causa de la notoriedad que tomó el deterioro que produjo el paso de una economía basada en el apoyo a una campaña electoral, que obligó a pagar los desbalances ocasionados por el intento de equiparar fuertemente el consumo a la creciente inflación y la falta de financiamiento externo.
Este frenazo de la economía, acompañado por el creciente malestar, dio como resultado varias movilizaciones sociales que expresaban principalmente reclamos relacionados con la seguridad y la inflación. Empezó a hacerse poco probable que la demanda social fuera de continuidad (como en el año anterior) y, la sociedad, comenzó a reclamar claramente una mejora.
En junio del 2013 advertimos una desmejora en el comportamiento de las variables, que hizo que modificáramos nuestra apreciación, dado que algunas variables se aceleraban hacia el nivel de crisis. Por un lado se agudizaba la desconfianza social y el malestar ante el estancamiento de la producción causado por las permanentes restricciones a las importaciones y el control cambiario (cepo al dólar). La falta de reacción del gobierno en equilibrar los desajustes en el sector externo, acentúo la desmejora en la distribución del ingreso y comenzó a afectar el consumo.

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Hacia finales de año (2013), algunas variables ya se encontraban en el borde de un escenario de crisis. Esto produjo que el gobierno tomara decisiones sobre sinceramiento tardío, negociando con Repsol y el Club de París, y en el reconocimiento del problema de la inflación. La brusca devaluación de finales del 2013 y principios del 2014, produjo una alarma que modificó rápidamente el ánimo social y su repercusión sobre las variables. La caída del nivel de reservas del Banco Central (perdió 20.000 millones de dólares en los últimos dos años), dejó al descubierto el fuerte deterioro de la economía a causa de medidas que debieron tomarse incluso antes del 2011 y producto de otras que, como el desfasaje del tipo de cambio, restricciones a las importaciones y emisión monetaria, nunca debieron haberse implementado.
El comportamiento de las Redes Sociales, por ser un fenómeno poco estudiado en nuestro medio, podría desorientar a cualquier observador, pero no debemos dejar de considerarlo, dados los antecedentes de los años 2012 y 2013. Hoy observamos que, a pesar de mantenerse dentro de los umbrales apolíticos y presentar un marcado balance opositor, están algo alejados del umbral de protesta social que se dio en los anteriores análisis de escenarios. No lo descartamos, porque merece un seguimiento expectante.

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El problema del narcotráfico, preexistente y subestimado, al haber saltado al debate social, ha hecho que se acentuara la preocupación sobre la seguridad. El tema del narcotráfico y la convicción de que este problema sobrepasa a las autoridades nacionales, ha acentuado la percepción de que el Estado está siendo sobrepasado.
Si algo faltaba para acentuar la aproximación a niveles de crisis e incluso sobrepasarlo, era el problema de los holdouts, que dejó al descubierto la precaria situación argentina ante los organismos internacionales, la escasa credibilidad internacional con que cuenta y, la consecuente baja capacidad de negociar e influir. Si bien para algunos observadores, este problema favorece de alguna manera la percepción pública sobre las medidas de último momento, que ha tomado el gobierno para la resolución de esta crisis en particular, todo hace pensar que esta será una percepción pasajera, porque las consecuencias se harán evidentes en el muy corto plazo. La principal es, sin duda, la imposibilidad del acceso al crédito externo que la economía argentina necesita para afrontar los pagos del año 2015.
Los hechos ocurridos el pasado 13 de junio en el centro de Buenos Aires, durante la movilización espontanea con motivo de la final del Mundial, producen inquietud sobre el estado de conflictividad que presenta la sociedad. El descontento, la demanda de cambio profundo, el miedo a perder el trabajo y la inflación, que ya alcanza el 40% (para las proyecciones de este año), permiten prever un clima de conflictividad social por lo menos similar al de los dos años anteriores.
El gobierno ha apostado a ignorar el problema de fondo o, en su defecto, a encontrar un responsable (uno o más culpables). “Buitre o Patria”,”Griesa o Cristina”, son consignas que podrían funcionar en la Argentina de épocas pasadas. Hoy, a la luz de las variables que analizamos, nos permitimos dudar de la eficacia de esos argumentos.
La gobernabilidad –y este es el objeto de este análisis-, está atada al comportamiento de las variables sociales y éstas dependen en gran medida, aunque no únicamente, de la evolución de las económicas.

Conclusiones
¿Qué se puede esperar para estos 15 meses que nos separan de las elecciones de octubre del 2015?
Con tres trimestres de recesión, alta inflación e imposibilidad de obtener inversión externa, es muy probable que se acentúe el perfil regresivo de la distribución del ingreso. Esto impactará sobre el consumo haciendo declinar aún más la actividad económica. La posibilidad de pérdida del empleo se ha convertido en una de las principales preocupaciones sociales.
Esta situación tendrá un impacto sobre las variables sociales y políticas. La percepción de la población –ya no solo de clase media y media baja, sino que impactará sobre las clases más bajas de la sociedad-, podría ser de demanda de un cambio profundo y, en algunos casos, peligrosamente, sobre un creciente desapego a la ley y el descreimiento en las instituciones. No hay que olvidar el efecto negativo que han tenido los casos de corrupción (y su falta de resolución), sobre el ánimo de la gente.
El gobierno ha cambiado de política al intentar reprimir la protesta social, echando mano a las fuerzas del orden, principalmente de seguridad nacional, dada la imposibilidad de disuadir a partir del empleo de grupos de choque de los que ya no dispone. Esto es una clara señal de debilitamiento político.
El tiempo se ha convertido en la variable estrella. Lo que algunos caracterizan como fin de ciclo, significa que ya no es posible, en el tiempo que resta hasta las elecciones, esperar resultados a partir de aplicar las medidas de fondo, que debieron haberse aplicado hace más de dos años, cuando había un buen nivel de reservas, no había cepo cambiario y un gasto público manejable, a pesar de tener una inflación alta.
Todo esto está ocurriendo en un contexto de campaña electoral. Hay una ineludible necesidad de mentir para hacer frente a las elecciones. La descripción cruda de la realidad (los escenarios) podría llevar, no sólo al oficialismo, sino a cualquier candidato, a un desastre electoral. Si no se puede mentir en el diagnóstico, hay que hacerlo en el remedio. Nadie quiere asegurar que es difícil salir de ésta situación en que estamos metidos.
Los que apuntan a ganar una elección no están viendo (no quieren ver) la realidad completa y confían en su perspectiva y en la repetible e irremediable opción del votante de optar por lo menos malo. Así ha funcionado la política argentina en las últimas décadas; y ahora, con un gabinete que no se reúne, que no coordina y que no planifica. Y, lo que es peor: una oposición que no se anima.
El exjefe de gabinete (Massa), el intendente preferido (Macri) y el cuasi opositor oficialista (Scioli) –los gemelos que más miden según encuestadores y analistas bendecidos (casi todos de raíz peronista)-, como en una fantasía literaria, son imitadores de un único personaje de ficción (por eso se parecen tanto), de ese ideal de hombre nuevo del recambio generacional y de la pretendida renovación política argentina. Un nuevo estereotipo que, al parecer, la sociedad prefiere y reclama; porque le asegura un recambio no traumático. ¿Seguirá funcionando así? No lo sabemos. Sólo analizamos la realidad de la única manera posible, haciendo relaciones y conexiones entre las variables. Recordemos que, en la realidad, las variables están todas mezcladas.
Por eso nos preguntamos cuál es el umbral de dolor de la sociedad argentina, y cuál su capacidad de tolerancia. Ésta es una variable importante y no conviene hacer sobre ella una conclusión apresurada. A la tolerancia del durante, en algún momento, le puede asaltar el miedo del después, cuando ya las cosas no tienen arreglo. Por eso a veces pensamos que el umbral es infinito y otras, que una pequeña chispa es capaz de hacer estallar la dinamita de la indignación social.
En las sociedades dónde la tolerancia al delito es muy baja, la corrupción nunca alcanza niveles escandalosos como aquí. Otra cosa es el miedo a perder el trabajo, la desilusión y la necesidad de encontrar un culpable, que vienen después, siempre y cuando no se dé el “roban pero hacen”. La inflación, el desempleo, la inestabilidad laboral, la inseguridad… producen ese miedo postrero que algunos confunden con baja tolerancia a la corrupción.
No conviene estar seguro de nada, pero es probable que en el escenario que viene, nadie diga “me equivoqué”. Cuando el fin de ciclo sea ya inexorable, todos –o la mayoría-, preferirán pensar que fueron engañados, estafados. La sociedad tolerante no va a juzgar que se equivocó, va a convencerse que fue estafada y traicionada, y va a exigir juicio y castigo a los culpables. Es la forma que tiene de exorcizar sus demonios y de saltar hacia el futuro cabalgando una nueva esperanza. Siempre fue así.
Los tres candidatos que se parecen, porque encarnan al personaje ficticio deseado, transmiten ese mensaje de fe y de esperanza que la sociedad reclama hoy. Si esto es así, el escenario que viene puede ser el comienzo de un nuevo ciclo de desilusión y desengaño. ¿Quién va a votar a alguien que prometa terminar con el clientelismo, cumplir la ley y hacer cuentas claras? El fantasma del ajuste está sentado en la cúpula del Parlamento, pasa las noches rondando la Casa de Gobierno y se recuesta en los “catafalcos de caoba” de la Corte Suprema.
El análisis de las variables nos dice que hay dos opciones: hablar con la verdad o prometer lo imposible. La primera, todavía hoy parece un suicidio político; la segunda, es lo que están haciendo los candidatos que se parecen (Massa, Scioli y Macri); aconsejados por sus asesores de imagen, están mostrándose políticamente correctos para ser competitivos.
Si un candidato se decide optar por la primera opción (hablar con la verdad), el camino no le sería fácil. Tal vez, haya que esperar ese momento en que las dudas superen a las respuestas. Un momento que el análisis de las variables nos dice que no está muy lejos. Cuando la sociedad, cansada de promesas, busque a ese candidato que tenga más dudas que certezas y que le prometa trabajar para encontrar el camino. Muchos fracasos acumulados enseñan.

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