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noviembre 5, 2016 12:45 pm

Aficionado a la electrónica, hoy se gana la vida diseñando, adaptando y reparando equipos

Leo Martí apenas ha superando las cuatro décadas. Aún así lleva más de 20 años experimentando en el mundo de la electrónica, las telecomunicaciones y la radioafición. “Me defino como diseñador electrónico”, dijo a El Ciudadano, que se metió en su taller para conocer cómo se trabaja en un laboratorio en el que se resuelven problemas y se crean nuevas cosas a pedido de clientes y amigos.

Las cosas tienen movimiento

Leo viene de familia de inquietos: su abuela era ingeniera, su madre es la reconocida artista plástica Laura Hart y su padre, un ingeniero experto en caminos de montaña, hoy jubilado, que dedicó su vida a Vialidad.

Leo se crió entre los patios de Vialidad y el taller de su abuelo, donde siempre encontraba alguna nueva aventura por descubrir. Se interesó desde muy chico en el funcionamiento de las cosas y para ello empezó por desarmar todo lo que llegara a sus manos. “Mis abuelos siempre nos regalaron cosas técnicas, juegos como rastis, ladrillos, legos, cosas con motor y otras para armar. Tengo recuerdos de haber desarmado los juguetes que me regalaron para el Día del Niño. La familia no lo podía creer, pero a mí me gustaba curiosear, mirar qué tenían adentro”, asegura.

“A los 12 años sabía cómo funcionaba un motor de cuatro cilindros”, explica el joven que repartió sus tardes de infancia entre Mendoza y Catamarca, siempre cerca de un taller, herramientas y máquinas de Vialidad. Los intereses de Leo eran claros: quería estudiar algo relacionado a las telecomunicaciones, la tecnología y el idioma inglés.

“Me gustaban las cosas a control remoto y quería hacerme un helicóptero, así que empecé a preguntar y entonces pude ver que algunos de los circuitos que yo creaba hacían interferencia con el grabador de mi casa, y ahí se me voló la cabeza porque empecé a experimentar con sonidos. De hecho, la señora Sala –pobre, mi vecina– me gritaba: ‘¡Hasta cuándo vas a estar con esos ruidos!’ Es que jugaba en la siesta e iba al colegio en la noche”, recuerda entre risas.

Hoy Leo se gana la vida diseñando, adaptando y reparando tecnología. Sus clientes llevan las ideas y, a partir de la experiencia ganada en toda una vida dedicada a aplicar la electrónica y la tecnología a lo cotidiano, ha desarrollado mecanismos para relojes urbanos dentro y fuera de la provincia –como el que actualmente funciona en la catedral de Catamarca–, balanzas inalámbricas que se usan para pesar los autos que corren carreras profesionales en Mendoza o sistemas de automatización para bodegas.

Tecnología para aprender 

“Empecé dando charlas de tecnología en una escuela. Me encanta explicarles a los chicos, mantener su atención. Mi mamá es artista plástica y da clases a niños desde que yo era pequeño y con ella desarrollamos el concepto de tecnoarte, donde les damos tecnología aplicada al arte”, detalla el joven, que tiene hoy un alumno en su laboratorio pero podría tener a más. La idea es que “a través de la tecnología la gente se pueda encontrar con su creatividad, consigo mismo, a través del juego, de la radio, generando el entusiasmo y la motivación y, principalmente, abandonando la queja y el aburrimiento”, asegura, y reconoce que a él le brindaron las herramientas para ser libre y feliz y desea que otros chicos vivan esa misma experiencia.

Honrar a los ancestros

“Esta inquietud y este amor por las cosas que se hacen vienen de mis abuelos. Mi abuela fue una de las primeras ingenieras del interior del país, mi abuelo fue radioaficionado, aprendí mucho de él y disfruté mucho pasando tiempo en su taller. Creo que sostener actividades que sean buenas para formar buena gente, compartir el vínculo padre-hijo, o abuelo-nieto, disfrutando de ese encuentro, es una buena forma de honrar a mis ancestros”, reflexiona.

Aprender a relacionarse con la tecnología, según Leo, sirve para “que los chicos sepan cambiar un enchufe, pero también para conectarse con su creatividad, con su entusiasmo, para que no sean chicos adormecidos y para que mejoren su autoconocimiento. Uno en un laboratorio de tecnología aprende a esperar, a tener paciencia y además se divierte. No es lo mismo comprar una linterna que hacerla con un par de componentes, porque esa la hiciste vos y funciona”, explica y, de esa forma, también habla de fortalecer la autoestima de chicos y no tanto amor por la radioafición

“Soy aficionado desde los 90, aunque sin licencia. Siempre me gustó el tema de las comunicaciones y de la radio, en particular. Tengo una historia familiar muy linda sobre eso. “Mis abuelos maternos eran radioaficionados, estudiaban en La Plata, pero cuando uno de ellos se fue a vivir a Bariloche por un tiempo y el otro se quedó en La Plata, continuaron su relación a través de la radio, hasta que mi abuelo terminó de rendir sus materias”, recuerda la historia que una vez le contaron y que no va a olvidar nunca. “Mi abuelo paterno también fue radioaficionado, y creo que fue uno de los fundadores del Cuyo Radio Club; con él empecé”, asegura Leo, pero claramente sus abuelos no fueron la única razón por la que hoy continúa cultivando esta actividad, ya que de pequeño solía observar mucho la tarea que realizaban los operadores de la radio de Vialidad Nacional.

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“En los 80 empecé a experimentar con mis circuitos de radio para hacer un sistema a control remoto. Un compañero del secundario me dijo que me hiciera radioaficionado y, al final, me enganché. Rendí, aprobé el curso y justo cambiaron el sistema de licencias, así que me enojé y seguí trabajando en comunicaciones. He sido radioaficionado durante años, pero al no tener licencia no puedo salir en las bandas legales de los aficionados”, relata el joven que aún conserva el equipo de su abuelo.

La radioafición hoy

Uno, a partir del desconocimiento, imagina que desde que estamos inmersos en un mundo hiperglobalizado, los radioaficionados estarían casi en peligro de extinción. Pero al parecer no es así, ya que son muchos los jóvenes y adultos que cada año deciden incursionar en ese mundo. “Siempre lo comparo con la gente que va a pescar. ¿Para qué irán a pescar si tenemos pescaderías? Lo mismo pasa con esto. ¿Para qué armar un equipo de radio si existen el celular, WhatsApp o Facebook? La respuesta es que aunque existe un modo fácil de tener las cosas, también está la posibilidad de que tengamos un logro personal, un grupo de pertenencia en el que se aprenden muchas cosas que sirven para la vida”, asegura el joven que dentro de todas sus actividades también se hace tiempo para capacitar en comunicaciones a los jóvenes que se preparan para ser guardavidas.

“Una de las cosas que se dicen es que los radioaficionados son los que van a salvar al mundo en caso de una emergencia. Puede ser, pero no sé… Hoy en día hay muchas cosas más potentes, como lograr que los chicos se desarrollen, que tengan un hobby, una actividad donde se aprende de seguridad, a tolerar la frustración, a cultivar la paciencia y, sobre todo, a aprende valores como el respeto”, explica Leo Martí.

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