Agro industria

mayo 2, 2016 4:55 pm

Decir que la República Argentina tiene por estos tiempos más de 150 mil desocupados, no es decir todo, mucho menos mostrar todo lo que sucede en torno al trabajo y el profundo daño que se le produjo en las últimas décadas.

Hablar con cifras sobre quienes tienen trabajo, condiciones ocupacionales, despedidos y desocupados, sirve para mostrar cómo está el país. Mas no para hacer o aplicar políticas de estado que hagan del trabajo el “digno puntal del crecimiento y el vivir de todo ciudadano”. Por eso las cifras en los últimos tiempos solo han servido para que la población aprecie con magnitud el desdén laboral argentino. Mientras para los gobiernos y sectores privados las cifras constituyeron para unos (gobiernos) molestias por algo que no se debería hablar, o especulación para atraer adeptos a sectarios intereses políticos-partidarios. Para los otros (muchos privados) aceitar la ingeniería de precarización, gambeta previsional o despidos.

Nuestro país contiene legislación laboral en abundancia. Del mismo modo violaciones sistemáticas a la misma, aspecto que en los últimos años ha sido tan grave como grotesco. El ejemplo de los contratos usando la modalidad de monotributista es uno de los más visto con gobiernos que los utilizaron (¿los siguen utilizando?) para mantener por años a empleados en diferentes reparticiones con los denominados “contratos basura” y así no abonar escalas salariales, tal cual determinan escalafones del trabajador del estado y hasta el de los profesionales, sea cual fuese la modalidad. Punto “extremadamente grave” y hasta se diría “descarado” del que no tuvieron tapujo alguno para aplicar muchas administraciones, tanto municipales, de provincia y la misma nación. Donde otro calificativo no cabe, ya que se trata de una parte del estado que debe hacer cumplir esa ley que “él está violando”. Por lo que era de esperar que el resto del esquema laboral del país no solo mostrara dolorosa precarización, sino profundidad en las arbitrariedades e inadmisibles manoseos del trabajo.

El campo laboral en el sector privado con toda su magnitud muestras más miserables que buenos ejemplos. Estos últimos existen, hay que resaltarlos y son esos horizontes donde el sentido común de Argentina debe reflejarse para los tiempos que vienen. Mientras que ese sucio proceder del grueso tiene tantas facetas oscuras como víctimas ciudadanas. Allí el trabajador argentino debe sortear todo tipo de arbitrariedades, donde las más recurrentes son: trabajo clandestino, por consiguiente pago en negro y duras condiciones, que en muchos casos han costado vidas humanas. La construcción y labores rurales en diferentes emprendimientos productivos muestran con desgarro todo lo expresado. Encabezando las duras estadísticas porque allí convergen “esas inadmisibles” actitudes y procederes de lo público y lo privado. Lo público porque no puede ser organismo de contralor de legislación que él viola y lo privado porque amparado por el primero aplica maniobras que beneficia sus dineros, que en muchos casos comparte por debajo de la mesa de la impunidad con ciertos sectores de lo público. Repugnante maniobra que se realiza sobre las espaldas de ese ser que buscó por medio del el trabajo el legítimo crecimiento de su familia y por ende de su comunidad. Ni hablar de aquellos ciudadanos que padecen diferentes discapacidades y que en Argentina son muchos. A ellos se les niega el acceso al trabajo con una discriminada actitud que no solo viola legislación sancionada recientemente, sino que muestra hasta qué punto se puede llegar con viles actitudes en el escenario laboral de la nación

Las cifras de muertes en emprendimientos clandestinos en áreas urbanas como rurales, no solo de trabajadores en sí, sino de integrantes de sus familias deja claro que nuestra nación está lejos de ser ese paraíso laboral que muchos conciudadanos encontraron en otras latitudes del planeta. Allí donde emigraron cansados de tanto manoseo y falta de reconocimientos a su oficio o profesión.

Todo lo expresado deja al descubierto solo una parte de la difícil situación del trabajo en nuestro país. Porque el problema laboral argentino es de vieja data y jamás tuvo una mirada generalizada de solución alguna. Por eso la desocupación y lo que ella conlleva, mayor pobreza e indigencia no ha tenido el sensato tratamiento gubernamental y por ende privado para morigerarla hasta la mínima expresión. El país muestra tremenda desidia a la hora de decidir “qué hacer con el trabajo”, si es que se quiere hacer algo por él y quienes lo necesitan.

En los últimos días el gobierno nacional ha encarado una serie de acciones para comenzar a perfilar soluciones ante el dantesco panorama que exhibe el trabajo argentino. Los programas de mi primer empleo y de reactivación de la obra pública con la construcción de más de 120 mil viviendas en todo el país, vislumbra un camino más sensato y en conjunto entre lo estatal y privado. Este último beneficiado por el primero con medidas de exención e inversión. Ambos imbuidos en recrear fuentes de trabajo. Acciones que todavía no son suficientes para revertir el déficit laboral argentino y que deberían estar acompañadas por sensatas políticas de estado que revierta todo lo anteriormente expresado.

Mientras tanto millones de argentinos subsisten desocupados entre changas mínimas y mal pagas. Entre paupérrimas condiciones de un trabajo en negro. Entre un desvalorizado salario los que formalizados trabajan en el estado o en el sector privado. Todos sometidos a una despiadada inflación y aquellas políticas económicas y financieras que se están ejecutando con éxito muy lejos de pensar en el sacrificio de ese honorable ciudadano- El mismo que apuntala en las tormentas o que hace crecer en la bonanza a esa nación que el primero de mayo de 2016 le recordó una vez más que el trabajador tiene su día. Ojalá que esa memoria le diga alguna vez lo que para la Argentina significa el trabajo y para quienes ejercen. Quizá en ese momento haya lugar para festejar con esa alegría perdida en el tiempo de inequidades y desigualdades, como desanudando el daño infringido.

Daniel Gallardo – Periodista y Productor Estudio Cooperativa 91.7 y Diario El Ciudadano

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