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julio 16, 2014 9:08 am

El Ciudadano llegó hasta la casa de Mabel Di Pietro (mamá de Néstor) y allí dialogamos con Alberto Zurano y Verónica Miranda (papás de Ignacio) Natalia Kukuief (mamá de Gerónimo), Carolina Vich (mamá de Matías) y Alejandra Cubillas (mamá de Vanina). Algunos son más activos que otros dentro de Renacer, y más allá de que han creado un vínculo, hubiesen preferido no conocerse nunca.

Renacer de una tragedia
El grupo nació como una iniciativa de Alicia y Gustavo Berti en 1988, quienes seis meses después de la partida de su hijo Nicolás decidieron abrirse a la vida e iniciar las reuniones con papás y mamás que habían perdido a sus hijos y así ayudarse entre todos a sobrellevarlo. Hoy, más de 25 años después, Renacer tiene sedes en varias provincias del país y en el extranjero. En Mendoza se reúnen desde hace más de veinte años y ya hay grupos en la Zona Este y el Valle de Uco.
Hay papás que llegan solos, otros por invitación de amigos, incluso algunos lo hacen por recomendación profesional, lo único cierto es que a ninguno le hubiese gustado llegar, pero “ese huésped no invitado”, como se la conoce a la muerte, les cambió los planes en algún momento del recorrido.

Historias comunes
Cada uno tiene su historia, tan personal como irrepetible como el dolor mismo, pero todas hablan de una pérdida, una cama vacía, una habitación donde faltan respuestas y risas y donde sobran preguntas y lágrimas. El dolor, la búsqueda de sentido a la vida y la empatía los llevó a conocerse, incluso a quienes no participan activamente de los encuentros de los lunes en el Concejo Deliberante de Capital.
Néstor, más conocido como el Japonés, murió a causa de una bala que no era para él, en el mismo lugar donde se ganaba la vida; Gerónimo vivió fuera de la panza de su mamá apenas unos días por lo que se supone fue una negligencia médica; Ignacio falleció luego de darle batalla a la leucemia; Vanina y Matías perdieron la vida en accidentes de tránsito que conmocionaron a Mendoza; ella en uno que ocurrió en calle Bandera de los Andes, de Guaymallén, junto a cuatro amigos, y Matías en el accidente conocido como ‘el del Zoo’.
Sus papás los extrañan, los necesitan y los lloran, pero también les rinden homenaje de varias maneras: ayudando a otros padres que pasan por lo mismo, dando una mano en alguna organización social, colaborando en acciones de prevención para que otros padres no sufran o simplemente no dejándose caer frente a una pérdida que no tiene nombre.

Ese maldito momento
Luego de la peor noticia que puede recibir un padre, las reacciones son diversas pero en el fondo se parecen: dolor que desgarra el alma, incertidumbre, enojo, depresión, culpa… pero las mismas preguntas: ¿Por qué a mi hijo? ¿Por que a mí? “Estoy enojada, fastidiada, en la negación total. En primer lugar está mi hijo, después yo y el resto no existe, he bloqueado a todo el mundo pero es el proceso del duelo, de mi hijo hablo con seguridad con alegría, con amor” me cuenta Carolina Vich, mamá de Matías, el rugbier que hace unos días hubiese cumplido 18 años y que murió en el “tristemente célebre” accidente del Zoo, en noviembre del año pasado y que se enteró de lo que pasó porque su marido al ver que su hijo no llegaba, salió a buscarlo.
Alejandra recuerda: “Es un momento en la vida que el horizonte se achica tanto que el resto es todo negro y no ves nada ni a nadie. Ese día me gustaría borrarlo de la memoria, lo borraría desde que nos levantamos hasta tres días después, porque si existe el infierno es ése…”
“Cada uno tiene su infierno en nuestro caso, (me cuenta el papá de Ignacio de 17) no hay policías ni accidente, pero tenés a tu hijo ahí y se está yendo…”, la frase la termina su esposa Verónica con una pregunta: ¿Cómo si soy la madre no puedo hacer algo? Uno espera el milagro hasta el último momento.

Ayuda mutua
Desde el primer día, Renacer se propuso ser un espacio para compartir el dolor, para ayudarse entre pares y así honrar a sus hijos en un espacio ecuménico y que goza de la horizontalidad sin líderes, ni guías…
¿Es posible ayudar desde el dolor? “Lo bueno de Renacer, es que hay papás que llevan mucho tiempo y de a poco se van sintiendo mejor, y ves otros como los que recién llegan, que están destruidos. El dolor es el mismo pero uno tiene que encontrar el equilibrio entre esos dos estados para estar mejor y pensar qué quiero para mí, para mi familia y para mi vida. No es digno para nuestros hijos que nos abandonemos, me dice Natalia que lleva el nombre de su hijo tatuado en la piel y en el corazón…
Mabel pasó por la traumática pérdida hace ocho años y aunque reconoce para cada persona el dolor más grande es el propio, quienes llevan más tiempo, sienten la necesidad de ayudar y sacarle el dolor lo más rápido posible al que llega…
“Es una necesidad, es honrar la memoria de nuestros hijos”, dice Alejandra, quien junto a Omar, su esposo, participaron de la campaña ‘Vida y Vuelta’ con el único objetivo de prevenir muertes como la de su hija y por estos días trabajan en una organización que busca que jóvenes y adultos se comprometan a conducir responsablemente.
“Hay muchas maneras de hacer cosas… Mati nos dejó pilas de hijos del corazón, sus amigos nos escriben, llaman, o pasan a almorzar por casa y ayudan mucho, me cuenta Carolina. Por su parte, Verónica sabe que necesita estar bien, dejó de trabajar porque quería pasar más tiempo con sus dos hijos y porque como maestra sentía que niños tan chiquitos no podían tener enfrente a alguien tan triste.
Mabel empezó a trabajar después de perder a su hijo, necesitaba salir de su casa y no pensar, dejó también de poner avisos con fotos cada vez que se cumplía un aniversario de Néstor. “Lo que gastaba en poner un aviso ahora lo compro en leche y lo llevo a algún comedor”./ Rebeca Rodríguez

Señales del futuro
En un momento de nuestra charla (que superó las dos horas), pregunté por los días que siguen luego de la triste noticia y si en esa mirada retrospectiva hay algún indicio de lo qué podía pasar… (arranca Ale) y dice lo que alguna vez Vanina le planteó: “Mami, no tengo la línea de la vida”. Le miré la mano y no la tenía; tuve una sensación de angustia, aunque yo no creía en esas cosas, pero desde que ella era chica siempre tuve la sensación de que algo le iba a pasar. Cuando pasó le dije a mi esposo: ‘Bueno acá estamos’…”
Ignacio, con apenas cinco años y gozando de buena salud, le dijo: “Mamá, yo no soy de este mundo”, recuerda Verónica sorprendida como si fuese hoy.
Carolina me muestra un lunar en la palma de su mano y me cuenta: “La línea de la vida de Matías se cortaba justo donde yo tengo este lunar”, y agrega: “Un día me puse a leer publicaciones de mi hijo en su perfil de Facebook y encontré una que decía: ‘Yo sólo te pido un universo paralelo donde sea eternamente sábado’. Mati partió a las 4.40, del sábado 23 de noviembre”.
“Los chicos te lo dicen y nosotros no lo queremos ver”, resume Alberto.
Ellos no sólo han sufrido la pérdida física de sus hijos, han sentido en carne propio la falta de tacto de las instituciones, los prejuicios de la sociedad a través de los medios, se han encontrado con personas que los tratan de locos y con otros que huyen de ellos como si el dolor fuera contagioso… pero también cuentan con afectos que los alimentan todos los días y personas que sienten lo mismo y eso les ayuda a salir adelante.
Sus ojos están llenos de tristeza y sólo se iluminan cuando recuerdan los buenos momentos que vivieron con sus hijos, se culpan por no haber pasado más tiempo con ellos o por haberlos retado por algo que hicieron, valoran las cosas simples, piensan que lo material ya no es importante y, sobre todo, hacen un esfuerzo enorme por mantenerse de pie, ese es el homenaje diario que hacen a sus hijos…

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