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noviembre 18, 2016 10:25 am

Siempre ha sido importante contar con una cosmovisión a la hora de explicar fenómenos complejos, y el mundo de hoy es uno de ellos.

En ese sentido, los pensadores han ido adoptando y descartando distintos paradigmas explicativos. Los que iban desde esquemas simples a otros que no lo eran tanto. Cada uno de ellos, a su vez, encontró en una ciencia particular a aquella que mejor lo representaba. Entre los primeros se destacan, por ejemplo, la Teoría de la Gravedad elaborada por Isaac Newton y entre los segundos, las teorías más modernas de la Evolución de las Especies y de la Física Cuántica.

Usando la teoría gravitacional de Newton, por ejemplo, durante muchos años los expertos en relaciones internacionales buscaron explicar las interacciones entre los estados mediante las conexiones mecánicas del equilibrio.

Así fue que Richard Nixon, siguiendo los consejos de su secretario de Estado, Henry Kissinger, buscó desequilibrar a su enemigo de aquel tiempo que era la Unión Soviética mediante una alianza con China, creando un triángulo de equilibrio entre ellos.

Los analistas que siguen aferrados a ese viejo paradigma sostienen, hoy, que Donald Trump buscará restablecer el equilibrio de ese triángulo inestable, uniéndose –esta vez– a Rusia para contrapesar el poder de China.

No lo negamos pero nosotros, por el contrario, nos guiamos por los postulados más modernos de la Física Cuántica. Ella nos dice que, en principio, todo está indeterminado y regido, por lo tanto, por la incertidumbre. Pues al ser imposible fijar a la vez la posición y el momento de una partícula, se renuncia al concepto de trayectoria, vital en mecánica clásica para entender los sistemas de equilibrio.
En vez de eso, apela a la función de las ondas que son las que guían la evolución temporal hacia un ‘salto cuántico’. Vale decir, hacia un nuevo estado de equilibrio, no ya de unos pocos actores sino de todo un sistema.

Transpolando estos conceptos al campo anárquico de las relaciones internacionales, podemos decir que los estados son partículas que se comportan en forma ondulada. Vale decir, son influidos unos y otros por sus respectivas acciones, las que reverberan como las ondas de choque que produce un puñado de piedras arrojado en un estanque.
Aquí la piedra se llama Donald Trump. Veamos las ondas que está originando y las que puede producir.

La primera onda, es una de fuerza negativa y una que niega la mecánica determinista de la globalización como fenómeno insoslayable. En su lugar, reivindica los valores de lo local y de lo propio. Se niega a ser uniformado y encuadrado en los postulados universales. De allí su lema de: “America great again”.

Esta onda, a su vez, reverbera con otra similar proveniente de Rusia y que ya dijo antes que quiere ser la Rusia de siempre, no la del libreto escrito por los globalizadores. En ese sentido, se opone por el vértice a la postura china, una en consonancia con dichos globalizadores, los que –al parecer– la quieren productiva, sumisa y tranquila.

A su vez, otras ondas más profundas parecen desatarse. Como por ejemplo, algunas culturales que parecían estar contenidas bajo el corset conceptual de lo políticamente correcto. Trump vuelve hablar de nación; pero también de razas, de complementariedad de los sexos y de derecho a la vida.

Las repercusiones de estas piedras han sido inmediatas y profundas. Tanto las negativas como los comentarios de la canciller alemana Angela Merkel y de la nuestra, Susana Malcorra. Quienes desde la ideología de género lo han criticado con dureza.
Pero esas mismas ondas le pueden traer alianzas, vale decir ondas de simpatía, impensadas como las del propio papa Francisco y de la ya mencionada Rusia, pero no ya por motivos políticos, sino culturales, los que son siempre más profundos. También, la de los movimientos identitarios europeos.

Así como están planteados los sucesos, no cabe esperar otra cosa que un choque fenomenal de energías. Entre los que vibran en la misma frecuencia que lo hace Trump con aquellos que lo consideran poco menos que un demonio.

Lo complejo de esta situación es que si bien se pueden individualizar grandes masas como son los Estados. Ya hemos dicho que Rusia, el Vaticano y los partidos de la nueva derecha europea, probablemente, estén de un lado, mientras que los líderes de la UE y de otros tantos lugares del sistema de decisiones formal como la ONU, formarán en el otro.

El problema radica en que una gran cantidad de partículas más pequeñas, pero no desdeñables, desde ONGs hasta simples individuos se van a inclinar para un lado o para el otro. Ya sea tanto en el mismísimo interior de los EE.UU. como en el resto del mundo.

Ergo, no sólo interesará seguir la evolución de los Estados, también, la previsible evolución de la opinión pública en el interior de estos países.

Como siempre, nosotros, particularmente nuestro Gobierno, se ha mostrado incapaz de leer las señales profundas de los cambios en curso y por venir. Esperemos que el tradicional pragmatismo que nos caracteriza a los argentinos, una vez más, nos aleje de las ideologías y nos acerque a la realidad.

El Doctor Emilio Luis Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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