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noviembre 17, 2016 12:04 pm

A pocos días de la ¿inesperada? victoria de Donald Trump en las elecciones norteamericanas, se han hecho más especulaciones que en toda la previa, analizando y haciendo futurología, en muchos casos, desde lecturas que poco tienen que ver con los balances de poder real de la gran potencia del norte.

Más gracioso fue observar los elegantes giros de muchos dirigentes, que pasaron de la condena a dedo alzado y la descalificación grandilocuente al elogio mesurado, equiparándose en eso de sentirse un “outsider” de la política tradicional y de los establishments –luego de una vida dependiendo del erario público-.

Por eso es menester señalar una cuestión central para cualquier consideración futura, porque es central en la relación que sobrevendrá con el denostado Trump y su Nación. En Argentina desconocemos lo que se llama Políticas de Estado, que en nuestra frágil democracia han sido suplantadas permanentemente por políticas de gobierno, a tono con mandatarios que se han sentido inapelablemente refundadores. Alfonsín con su tercer movimiento histórico, Menem como su entrada al primer mundo, De la Rúa con su aburrimiento inoperante, y los Kirchner como nuevos libertadores de la Patria, todos se sintieron los iniciadores de la historia, pero jamás se consensuaron puntos que involucren un proyecto de país más allá del presidente de turno.

El caso es diametralmente opuesto al modelo yanqui. Son muy pocas las políticas de gobierno, pero muchísimas, avasallante mayoría, las de Estado. Lo que llaman los “intereses permanentes”, cosas que no se modificarán sin importar quién habite en la Casa Blanca. Por ejemplo, las bases de la relación entre USA y el resto de América, permanecen inalteradas desde hace casi dos siglos. La Doctrina Monroe –expresada en 1823 durante la presidencia del homónimo- ha sido la política de Estado para la relación con Latinoamérica sin que haya habido republicano o demócrata que se atreva a desafiarla.

Además, el poder real de aquel país se encuentra mucho más repartido, y los lobbys son demasiado fuertes para permitir voluntades absolutas. Los intereses empresarios dependen tanto de la interacción con el mundo –máxime en épocas de feroz competencia, por ejemplo con oriente- y nadie podría imaginarse que el aislacionismo prospere en tiempos donde el eje de la ganancia es la mundialización.

Hay un dato que estremece: De las 15 mayores empresas del mundo, 12 son norteamericanas, pero además entre las primeras 10, las 10 lo son. Apple, Alphabet Inc, Microsoft, Exxon Mobil, Facebook, Johnson y Johnson, General Electric, Amazon, Wells Fargo, AT&T, Procter & Gamble… alguien imagina que estos gigantes permitirían que su país se cierre, a costa de enfrentar represalias en sus negocios mundiales? Y no tiene que ver con la ideología de sus dueños, business are business.

Trump puede haber ladrado mucho en la campaña, construyendo su marketing de hombre rudo y ultranacionalista, casi sonando como un supremacista sureño de 1850, pero más allá de la pantalla es un hombre de negocios neoyorkino. Dudamos que a la hora de la verdad el perro muerda, y si muerde habrá otros poderosos cercanos que le coloquen el bozal.

De última –y que se entienda como chiste, que para patéticos alcanza con Esteche- no faltará allí mismo quien le meta bala. Cuatro presidentes americanos sucumbieron al fuego amigo por ponerse molestos, y hasta el propio Reagan zafó por un pelito.

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