TURISMO MENDOZA

julio 29, 2016 5:27 pm

La diversidad de la matriz productiva de Mendoza es una de sus grandes ventajas comparativas, y su complejidad es bien conocida pese a atravesar épocas de vacas flacas a la par de muchas de las denominadas economías regionales, presas de una macroeconomía que atentó contra ellas por lo menos durante un lustro, junto a la debilidad de la infraestructura y su notable deterioro –cuando no su abandono.

Pero uno de los sectores más dinámicos en cuanto a su crecimiento en la última década ha sido el turismo, esa industria sin chimeneas que merece más atención de la que se le brinda. Es una de las actividades económicas más importantes de Mendoza, y no hacen falta demasiadas pruebas para semejante aseveración: lo demuestran las estadísticas –aunque su confiabilidad ha sido puesta en cuestión- y también el recorrer la provincia y caminar las ciudades en fines de semana largos o vacaciones.

Mendoza posee el 4,5% de las plazas hoteleras y parahoteleras del país, pero si nos remitimos a la región cuyana, alcanza el 50,3%, mientras que los visitantes fueron el 61,5% del total de los que se movilizaron a la región y el 5,5% de los que se desplazaron por todo el país.

Además, el sector del turismo es el segundo aportante al Producto Bruto Geográfico (PBG) de la Provincia, detrás de los hidrocarburos, que se ubican con 28%, y en los últimos diez años su evolución creció, aproximadamente, una vez y media, ya que en el 2003 se ubicaba en 5,9%, y en la actualidad es de 15%, según un informe de la Uncuyo.

Pero ese crecimiento e importancia merece varias consideraciones, porque da la impresión de que aún no se produjo el clic que determine pasar de ser una provincia con turismo a una provincia turística. Esto implica una concepción del negocio que modifique drásticamente la actitud de servicio, de saber que en un lugar turístico, cuando los que vienen descansan los locales trabajamos en hacer esas estadías más agradables. Sobra el potencial, hay posibilidades infinitas, falta la toma de conciencia.

Vale también considerar que en algunos sectores sí existe esa conciencia, como en el turismo vitivinícola. La oferta en ese sector es notable en su calidad, en sus prestaciones, en el compromiso con el visitante. Pero flaquea en el turismo medio, el masivo, que es el que presenta más falencias en sus servicios y a la vez el que más dinero mueve por su número.

Valgan dos ejemplos. Uno tiene que ver con la gastronomía: en estas vacaciones fue notable observar a los turistas esperando horas para comer en el centro –plena peatonal- por falta de capacidad de los prestadores, por locales que tienen muchas más mesas de las que pueden servir correctamente (son solo dos en la cocina, si le llevamos muchos pedidos no dan abasto, confesó una camarera explicando las demoras) sin que nadie parezca controlar este tipo de cosas.

Otro ejemplo tiene que ver con los alquileres de departamentos o casas temporarias. Faltas de equipamiento, comodidades que no  cumplen con lo que se promete y precios sin control son algunas de las dificultades observables. En algunos casos, sobre todo en microcentro, los turistas se ven obligados a convivir en edificios que son verdaderos telos encubiertos.

A esta altura parece cada vez más necesaria de fiscalización de los servicios ofrecidos, ya que todas las dificultades que el visitante encuentre terminan, a la larga, repercutiendo no contra el prestador sino contra la imagen general de la provincia, teniendo en claro que la mejor publicidad en estos casos es el boca a boca.

Mendoza -su población, los prestadores, los comerciantes- deberán entender que hay una fuente de recursos y riquezas muy importantes a la mano, pero para recibir los beneficios hay una actitud necesaria: ofrecer mucho más y, no pensando en la ganancia inmediata: la inversión en la industria sin chimeneas es a largo plazo.

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