nota-enrique

noviembre 17, 2016 10:30 am

El agua se cansó de pasar bajo los puentes y el pescado sigue sin venderse. Así percibimos los argentinos este tiempo de reacomodamiento de un gobierno que va gastando su gestión, sin los efectos concretos del cambio

Hace ya casi un año que no se puede definir con certeza quién está en el centro de la escena y qué quiere hacer con la economía y qué política aplicar decididamente.

Pareciera que hay quienes siguen pensando en una era idílica que comenzó con el solo desalojo del poder kirchnerista de la Casa Rosada y la llegada de una especie de redención. En casi doce meses, lo que más sobre sale es el cambio de ánimo y los modales que bajan desde las esferas del poder político, las decisiones consensuadas y el diálogo con la oposición y los gobernadores sin imposiciones.

Como se ve, no hay alguien que se considere autorizado para enseñarles a vivir a los demás desde un atril. Eso posiblemente parezca debilidad, sobre todo en algunos sectores desacostumbrados o no proclives a vivir en un sistema verdaderamente republicano.

Pero sacando la mirada de las declaraciones políticas y de los intercambios de cortesías, para los ciudadanos de a pie nada ha mejorado, o incluso ha empeorado. La pobreza cero, si bien es una consigna jamás alcanzada en ningún lugar del mundo, acá sigue sumando dígitos, y no dicho por la furiosa oposición del núcleo duro ‘K’, sino por el mismo INDEC y las mediciones de la Universidad Católica.

Pasó el segundo semestre y no se ve nada en el horizonte que anuncie que la ‘revolución de la alegría’ va a llegar a fin de año. Es más, desde el Gobierno se están tratando de cubrir por lo que pudiera llegar a suceder durante las Fiestas, es decir, desórdenes y saqueos. En cuanto a esto último, es poco probable que sean movimientos espontáneos de los más pobres, sí puede venir del ala más dura y fanática de los allegados a Luis D’Elía y el quebrachista Esteche. Ellos están en una instancia donde deben probar su supuesto poder de movilización que materialice la virulencia de sus insultos al Gobierno.

El sindicalismo, lejos de unirse contra la ‘derecha’ macrista, mantiene su fragmentación de acuerdo al nivel de pragmatismo de sus dirigentes. Con un Hugo Moyano aparentemente fuera del circuito de decisiones, todavía se está lejos de una central de trabajadores unificada. Más bien lo que se observa es un enfrentamiento entre los gremios estatales que se sienten más seguros de su estabilidad laboral, y los del sector privado, más cautos en sus acciones. Claro ejemplo es el de Mendoza, donde los dirigentes de los gremios del Estado son los más ásperos, oponiéndose a cuanta iniciativa surja del oficialismo.

Con todo este panorama, los decisores de la política económica siguen dando marchas y contramarchas, lo que no permite percibir hasta ahora un cambio que brinde más seguridad y previsión sobre lo que va a pasar en materia económica. Ante esa incertidumbre, el Gobierno ha profundizado algunas de las políticas sociales preexistentes, como la ampliación de los AUH, los juicios de los jubilados y la extensión de otros beneficios. Sin embargo, no lo ha logrado instalar en la percepción popular aturdida por la prédica kirchnerista de que Macri vino a arrasar con todas las conquistas sociales y políticas populares de la era ‘K’.

La paciencia, ante las promesas demoradas o incumplidas, no se sabe qué límites tendrá. En este tiempo transcurrido sólo se han visto expresiones de deseos de que todo mejorará, disidencias entre la mirada a largo plazo del titular del Banco Central, Federico Sturzenegger, que ahora sí se maneja con la debida autonomía que le dan sus estatutos, y las urgencias que deben salir a solucionar la dinámica ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley; el ministro de Hacienda, Alfonso Prat-Gay, y el de Interior, Rogelio Frigerio. Entre estos nombres también se observa una dicotomía aún no definida entre los ‘derechosos del ajuste’ y los ‘moderados desarrollistas’ que alberga el Presidente en su Gabinete.

Pero ahora da la impresión que habrá que barajar y dar de nuevo, aunque el horno no está para bollos, en medio de la incertidumbre por el advenimiento de Donald Trump. Habíamos dicho aquí –la semana pasada– que una vez en el despacho oval, este hombre va a conocer sus limitaciones, sobre todo en el campo de la economía y las finanzas, que allá tiene su propia dinámica. Eso es lo que parece o ha acontecido hasta ahora en la Casa Blanca, por eso quizás el futuro presidente de EE.UU. se está dedicando a los mensajes políticos apoyados en su racismo y xenofobia para hacerse fuerte después en las decisiones económicas.

El resto del mundo, del cual un minúsculo puntito somos nosotros, todavía mira azorado o se va en vaticinios de lo que es mejor o peor. Que el proteccionismo yanqui nos va a dejar patas arriba o que es nuestra oportunidad para surgir en otros mercados, que los industriales están chochos porque el cierre de fronteras con aranceles es contagioso y van a seguir haciendo lo que quieran con los precios, o que los ruralistas no saben qué va a pasar si caen los precios de los commodities.
Mientras tanto, el optimismo y el pesimismo se neutralizan esperando las decisiones de las que va a depender en serio lo que nos pase a los argentinos de ahora en más, siempre dependiendo de los avatares del mundo y de nuestras ineptitudes.

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