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agosto 11, 2014 8:52 am

Desde este espacio siempre nos referíamos a Víctor Fayad como El Lord, palabras que le provocaban risas al intendente, según dicen sus allegados más íntimos. Es que muchos pensaban, tal vez sin saber, que el Viti era sólo un político cascarrabias y testarudo, pero en realidad tenía un excelente humor, algo de lo que pueden dar fe todos sus amigos íntimos.
Cenar con su compañía era estar en todo momento súper entretenido, se daban conversaciones por demás amenas, donde demostraba toda su cultura general y, en especial, su conocimiento en temas ligados a la historia argentina .Otros recuerdan las mesas de café que Fayad compartía con sus amigos de Mendoza, y el escritor Jorge Asís en Capital Federal, las cuales se convertían en verdaderas competencias de fino humor y muchas ironías. Asimismo, era común que incorporara a su mesa a algún amigo que de casualidad coincidía en ese lugar, lo que resultaba en mesas realmente numerosas y los mozos se veían obligados a agregar más mesas y sillas.
Así era en su vida particular, amiguero, amante de las buenas reuniones, largas tertulias acompañadas de un buen champán. Pero no todas las charlas eran necesariamente de temas políticos, el Viti era un gran consejero de las personas a las que apreciaba, y se interesaba en los problemas de los demás.
Un amigo recordaba que hace varios años había perdido su trabajo, y Fayad, que sabía que tenía tres hijos y acababa de adoptar una nena, inmediatamente hizo llamados a algunos funcionarios de ese momento y le solucionó su necesidad laboral; por eso no resultó raro ver a ese agradecido amigo en el velorio, despidiéndolo con mucha pena y dolor, en silencio, en forma anónima. Casos como estos hay cientos, de ahí la gran cantidad de gente de a pie que sintió su muerte como la pérdida de un pariente cercano.

El político
Según sus propias palabras, últimamente notaba un cambio en la forma de hacer política, y no se cansaba de decir que antes había más códigos. Era común que pusiera como ejemplo el trato con viejos adversarios, y recordaba, añorando viejas épocas y amigos: “Con José (Genoud) nos dábamos la mano y arreglábamos una interna, ahora das la mano y al segundo se te dieron vuelta”.
Seguramente, la gobernación fue su asignatura pendiente, y talvez también lo haya sido el Senado de la Nación, al que siempre se refería con humor diciendo: “Cuántos salones afrancesados, alfombras rojas, choferes, si parece un spa”.
Era un lector compulsivo y siempre aconsejaba a sus amigos a leer. El humor ácido lo dejaba para chicanear a algunos amigos más cercanos con la complicidad de los demás.

Sin rencores
No era de rencores eternos, se enojaba, pero finalmente terminaba olvidando. Talvez uno de sus mayores disgustos fue allá por el 2001, en plena crisis, cuando un restorán de Mendoza puso en su puerta un cartel que decía: “Prohibida la entrada a políticos y sindicalistas”. Los que vivieron esa época acompañando a Fayad fueron testigos de cómo le dolió esa prohibición, ya que los dueños del lugar eran personas a las que él les tenía un gran afecto.
Fue por esta acción que en esos momentos aciagos de la Argentina, el Viti, como muchos radicales, peronistas y gansos, se refugiaron amistosamente en el restaurante del Bebe Fara, ubicado en Perú y Sarmiento. Allí no sólo los recibían con mucho cariño, sino que mostraban con orgullo fotos de todos los políticos que asistían a esa esquina, entre las que se encontraba la de Raúl Alfonsín, que también en alguna oportunidad cenó en esa tradicional parrillada.

hombre de fe
Pocos saben que Víctor Fayad era un ferviente creyente. Los que alguna vez viajaron en avión con él, saben que era común verlo persignarse y rezar en los despegues y aterrizajes. Otra anécdota que recordaba con simpatía fue cuando le efectuaron los cuatro by pass. Internado en la Clínica del Diagnóstico de Capital Federal estaba bajo el cuidado afanoso de su sobrino, quien también era un funcionario municipal. El joven nunca se percató de que sus zapatos de amplias plataformas de goma provocaban una fuerte descarga de corriente eléctrica cada vez que se le acercaba a la cama de hierro en la que se encontraba el Viti. El intendente, convaleciente y de muy buen humor decía: “No me mataron los infartos, y me va a matar el Guille con estos choques eléctricos”.

Sentido adiós
Desde la Cocina política, quisimos recordarlo con algunas anécdotas que lo pintan de cuerpo entero, tal como fue: un gran político, mejor amigo, gran padre, siempre elogiando a sus hijos delante de sus amigos; un verdadero hacedor, alguien que vivió haciendo lo que le gustaba. Hasta siempre Lord Mayor de la Capital.

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